Ajedrez por correspondencia
Con su idea ingeniosa, «Paradero desconocido» tiene mucho de la comedia policial a lo Agatha Christie y algo del encanto de los acertijos, los enigmas y hasta los problemas de ajedrez.
Se mueven las pequeñas células grises; juegan las blancas, conducidas por Max Eisenstein (Raúl Rizzo) y dan mate a Martin Schulze (Roberto Catarineu) en diecinueve jugadas, que son otras tantas cartas. Hay un asesino que ha sido víctima; una víctima que ha causado una muerte, que ha de vengarse. La venganza es dulce como la miel, dice Homero, pero aquí la amistad es la primera baja. Están también los nazis, siempre siniestros y eficaces, como telón de fondo primero y en papeles protagónicos después; conducen la acción, son envueltos por su propia necedad y al fin son heridos con sus armas. El triunfo del vengador es, empero, un tanto amargo: ¿Max siente en verdad, una pérfida satisfacción cuando sabe el siniestro paradero de su ex amigo?
«Paradero desconocido» (1938) es una novela corta de unas 60 a 80 páginas. Para adaptarla a las tablas, Lía Jelin dividió el escenario en dos: a la izquierda, en California, Max, que es judío; a la derecha su socio Martin, alemán que pronto será hechizado por el nazismo. Son propietarios de una próspera galería de arte; sin que se sepa por qué, deben separarse y en la primera escena, entre abrazos fraternos, Martin parte para radicarse en la Alemania prehitleriana de 1932.
Por casi todo el escenario y hasta por los pasillos discurre un coro, que canta, que a veces interviene en la acción y que al fin resulta sobrar. Cruza la escena, que es cruzar el Atlántico, la hermana de Max, una actriz que ha tenido un affaire con Martin y que se presentará en Berlín, en vez de quedarse prudentemente en Viena; como es judía es insultada y perseguida; busca refugio en casa de Martin, que, temeroso, la rechaza; las S.S. la ultiman. Max, cuando conoce los hechos, decide vengarse y empieza la partida a distancia.
La obra es correcta; elogio temible. La anécdota se queda en una peripecia sin significación, absolutamente inverosímil; termina la obra y preferimos, de los dos amigos, al alemán, cobarde pero no criminal. El libreto es servicial, fluye sin tropiezos; también es opaco y harto previsible, con sus momentos burdos, como la muy corta carrera de Martin hasta el nazismo o la odisea de la actriz, que hace lo justo para que la acción progrese. La interpretación de Rizzo es adecuada y es muy buena la de Catarineu. «Paradero desconocido», fuera de su original anécdota, deja muy poco. Su recuerdo promete ir, muy pronto, al paradero del olvido. *
PARADERO DESCONOCIDO, de Kressman Taylor, con Raúl Rizzo y Roberto Catarineu, coro integrado por Alicia Iacovello, Diana Pereyra, Juan Pablo Gollan, Angel Britos e Ingrid Liberman. Luces de Sebastián Blutrach, vestuario de María Marta Cicilia, escenografía de Juan Carlos Pinilla, dramaturgia y dirección general de Lía Jelin. En teatro del Movicenter, Montevideo Shopping.
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