"Perdón Karma de mi vida" de Isabel Flores, en el teatro de Agadu: los papeles y los destinos
Tres amigos se autodefinen en la primera escena.
Silvester (Hebert Chocho) un policía corrupto, es el «homo faber», que para la autora no es el fabricante de objetos sino el hombre de acción; Chuck (Leonardo Pacella) es el «Homo eroticus», aunque en los hechos lloriquea por un amor perdido; Arnold (Fernando Domínguez) es el «homo religiosus», el hombre de Dios que viste de negro y usa algo similar a un alzacuello. A continuación entrelazan sus aventuras: Silvester vive en función de llamadas de teléfono, a veces amenazas que al fin se concretan a medias y a veces avisos urgentes; Arnold enuncia una dependencia ambigua con un religioso, que también ha de desmoronarse; Chuck, a cuyo cargo están las mejores líneas del diálogo, aflige a sus amigos y también a los espectadores con sus lamentos por la esquiva Marita.
La autora, Isabel Flores, se ha propuesto un tema muy ambicioso, similar al que realizara en la novela James G. Cozzens («Guardia de honor» sobre la marina, «Lo justo y lo injusto» sobre la abogacía; «El último Adán» sobre los médicos): la reverberación de las profesiones o papeles que desempeñamos en nuestro fuero interno, esa intimidad que a veces olvidamos y que a menudo sólo vuelve a despertarse en largas enfermedades y aún en las proximidades de la muerte, y que hizo que Baldasarre Silvande (en «Los placeres y los días» de Marcel Proust) añorara y quizás recuperara voluntariamente la inminencia del fin. El propósito de la autora no se logra o no se logra totalmente. El policía no muestra tanto su transformación moral por las circunstancias sino el impacto en su vida de azarosas peripecias; el hombre religioso no va mucho más allá de algunas homilías que no descubren su intimidad y el amante despechado no muestra sino una obsesión con su esquiva dama. Finalmente, una misteriosa escena en la que creímos que Silvester ha matado a sus amigos para luego suicidarse y la escena final, donde los amigos se juramentan para decidir que no ha pasado nada parecen incongruentes y superfluos. Hay todavía otras falla por exceso, que es la incoercible propensión de los personajes a las divagaciones filosóficas, que llegan a tener interés y que no suelen ser meros lugares comunes, pero que alargan y diluyen la acción, que ganaría con la brevedad.
Pero hay también, como fuerte contrapeso, varios y considerables méritos. La acción fluye en un diálogo reconocible, a menudo gracioso y con sentido dramático; hay escenas muy bien logradas, de verdadero impacto escénico, como cuando Arnold intenta y logra provocar a Silvester; los personajes se delinean con claridad, tienen peso y presencia; finalmente, la obra es entretenida y logra cautivar la atención del espectador.
En la puesta en escena de su propia obra, Isabel Flores ha tenido buen pulso, especialmente en las partes dramáticas, que son su predilección. La interpretación respondió a las expectativas de la autora, y los tres actores se compenetraron con sus papeles; dentro de la general corrección, Leonardo Pacella mostró un especial buen sentido del tiempo de las réplicas y una gracia, entre infantil y patética, que hizo vibrar a su Chuck. *
PERDON KARMA DE MI VIDA, de Isabel Flores, por Monteamérica Teatro A La Vista, con Hebert Chocho, Leonardo Pacella y Fernando Domínguez. Escenografía de Alberto Picón, iluminación de José Luis Mostarda, dirección de Isabel Flores. En Teatro Agadu.
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