LA REPUBLICA EN PORTO ALEGRE: "A FORÇA DO HABITO" DE THOMAS BERNHARD, EN EL INSTITUTO GOETHE DE PORTO ALEGRE

La fuerza de Thomas Bernard

Tarea en la que ha tenido los éxitos de «4.48, Psychose» de Sara Kane, con la actuación de Isabel Huppert y, muy recientemente, con las «Noites brasileiras» en el Festival del Teatro de Buenos Aires de las que presentará una de ellas (con Elsa Soares) en Valencia, España. Pero Luciano Alabarse es un artista de la puesta en escena, materia que estudió en la Universidad Federal de Rio Grande del Sur y que le valió el premio Azoriano al mejor director en el año 2002 por «Almuerzo en casa de Ludwig W.» de Thomas Bernhard. Esta segunda parte de su carrera teatral está signada por su apasionado encuentro con Bernhard. En su estilo universal e integrador que incluye una auténtica pasión por el detalle, Luciano leyó devota y concentradamente todo lo que se ha editado del autor en español y en particular su reveladora autobiografía; viajó a Austria para conocer los lugares donde vivió Bernhard y buscó hasta encontrarlo, en el caótico museo del Hoffburg en Viena, el cuadro sobre el martirio de San Sebastián de Andrea Mantegna, que aparece en «A força do habito», porque Bernhard lo menciona, obtuvo una hermosa reproducción que puede verse en «A força do habito». Y todavía el año próximo preparará y estrenará «Plaza de los héroes», la última y muy polémica obra de Bernhard, que completará una trilogía comenzada con «Ritter, Dene, Voss» o «Almuerzo en casa de Ludwig W».

«La fuerza de la costumbre», que es de las mejores de Bernhard si no la mejor, es también una de las más misteriosas; y su sola presentación evidencia uno de los axiomas más extraños del teatro, que es la «suspensión momentánea de la incredulidad» durante los diez minutos iniciales. Bernhard nos propone a un circo cuyo director, Caribaldi (Luiz Paulo Vasconcellos), quiere tocar con su «troupe» el quinteto «La trucha» de Schubert; el domador no puede con el piano y menos aún con el león, que lo muerde en una mano; los demás, el malabarista, la trapecista (nieta de Caribaldi) y el payaso parecen tan poco dotados para la música como el domador, y el mismo autoritario director, que debería tocar el violoncello, no va más allá de buscar la resina o pez con que preparar el arco. Objetivamente nadie puede creer que el circo o el quinteto puedan funcionar; pero el espectador cree en uno y en otro, porque el arte de Bernhard, siempre señorial y dueño de su tema, los hace vivir y le creemos todo. Nos viene a la memoria, irresistiblemente, Don Quijote. La empresa es similarmente imposible: eso nada significa para el hidalgo, que se lanzará a la aventura con un rocín viejo y un bacín por yelmo. Es la grandeza del hombre, su fascinación por lo imposible, por ese atar nuestro carro a una estrella que requería Emerson. Es también la inevitable y necesaria subversión del arte, que debe innovar y cambiar el mundo; que no sólo debe mostrar las cosas como son, sino también, aunque no sea más que en un diez por ciento, como debieran ser; siempre recordaremos que Wilde escribió que ningún mapamundi está completo si no contiene el mapa del país de la Utopía. En esta empresa Caribaldi seduce e induce a sus Sanchos; pero ellos están subyugados, mucho más que por su autoritarismo, por su fe y su determinación.

Todavía, porque el artista vive de las dificultades, Bernhard, que era un consumado violinista, complica su tarea, por debajo de las apariencias, que nos hace creer simples y directas, de sus diálogos. La vida del circo y la música, los volatineros, el payaso, el domador y el director han de entrelazarse y relacionarse como los diversos temas de una obra musical y como los distintos instrumentos de un quinteto. Con el apoyo de esta estructura artística, pacientemente elaborada, la obra levanta vuelo y logra ser terrestre, tangible e inmediata y al mismo tiempo leve, incorpórea, espiritual.

La puesta en escena ahondó en las relaciones personales y su compleja dialéctica. Dentro del circo se desarrollaron varios dramas secundarios, y aún pudo adivinarse que los personajes lucharon también consigo mismos. Así cobraron especial relevancia el diálogo del comienzo de Caribaldi con el malabarista (Alexandre Vargas) y la recia rebelión del domador (Lutti Pereira). La obra se humanizó, tocó mejor la tierra y como consecuencia su profundo aliento se respiró más aéreo y más tangible. La escenografía, también de Alabarse, reflejó esta concepción en varios planos de la obra: los instrumentos musicales relucían salvo el piano, tan desdentado como filosos eran los dientes del león; las partituras se arrastraban por el suelo y fraternizaban con el forraje; sillas y tanques vacíos se apilaban en las sombras, como las avanzadas de un caos que va a devorar la escena; la música que en parte es el mismo quinteto de Schubert, contribuyó a formar un marco perfecto. En la interpretación, Luiz Paulo Vasconcellos fue un Caribaldi magistral: aplomado y humano por una parte, fantástico y soñador por otro, autoritario sí, pero magnánimo como un buen rey con los patéticos súbditos a los que no puede abandonar. Alexandre Vargas y Fabio Rangel, provenientes del grupo «Falos&Stercus» y Lisiane Medeiros y Lutti Pereira, que actuaron en espectáculos del director Camilo de Lélis (como «Uma bota e sua media», de Achtenbruch), se integraron con fluidez a una interpretación armónica y coherente.

Debemos agradecer especialmente al mismo Luciano Alabarse la posibilidad de estar presentes en el feliz estreno de esta obra. *

 

A FORÇA DO HABITO (LA FUERZA DE LA COSTUMBRE) de Thomas Bernhard, con Luiz Paulo Vasconcellos, Alexandre Vargas, Lisiane Medeiros, Lutti Pereira y Fábil Rangel. Preparación de actores de Sandra Dani, vestuario de Ligia Rigo, iluminación de Fernando Ochoa, escenografía y dirección de Luciano Alabarse. Estreno del 7 de Noviembre, Teatro del Instituto Goethe, 24 de Outubro 122, Porto Alegre.

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