ARTE

Picasso y la danza en el Museo del Parque Rodó

El sábado y el domingo (a las 15.30 y 16.30 horas) se presentarán dos obras estrenadas por Serguei Diaghilev en los años veinte y ahora, con brillante versión de 1993, por el Ballet de la Opera de París.

Picasso (1881-1973) tuvo una activa colaboración con la danza. Entre 1917 y 1924 Picasso dejó sus audaces hallazgos en el cubismo (analítico y sintético) y empezó a recorrer el camino del neoclasicismo a instancias de una invitación del poeta Jean Cocteau quien lo invitó a visitar Roma con la intención de que se comprometiera a ejecutar los decorados del ballet Parade para la célebre compañía de los Ballets Russes. Allí conoció a la bailarina Olga Koklova y unos meses después se casaron. Aprovechó para visitar Nápoles, Pompeya y Florencia, se entusiasmó con el arte helenístico-romano y los maestros del renacimiento, especialmente Rafael, que marcarán notablemente su producción. Fue un período que coincidió con el desencanto de la sociedad de entreguerras que, temerosa de un futuro inestable se aferró a un pasado glorioso o, en contrapartida, denunció la irracionalidad del mundo (dadaísmo, surrealismo). Picasso viajará con Olga a Madrid y Barcelona, volverá a París para instalarse en la rue de la Boetie, vinculándose a la alta burguesía y a la nobleza, a intelectuales ya tan célebres como él, asistiendo a estrenos importantes de teatro y fiestas mundanas, frecuentando balnearios de moda (Jean-les-Pins, Dinard, Montecarlo, Cannes).

Rico y famoso, dejó atrás la miseria del Bateau Lavoir de Montmartre y la más holgada existencia en Montparnasse entre 1912 y 1915, asiduo parroquiano de los cafés La Coupole, Le Dome y La Closerie des Lilas, hasta altas horas de la noche. En la larga y extensa trayectoria del genial malagueño, fueron años desconcertantes caracterizados por una vida rumbosa y frívola (arrastrado por los caprichos de Olga), quizá un descanso o intermedio para lanzarse a la futura etapa de enérgica creatividad que culminaría con Guernica (1937).

De la colaboración con Diaguilev quedaron, además de Parade, los ballets El sombrero de tres picos de Manuel de Falla (1919) y Polichilena (1920), de Pergolesi-Strawinski, un frustrado proyecto para La siesta de un fauno de Debussy y Mercure de Eric Satie, ambos de 1922. Las relaciones con el temperamento difícil de Diaguilev (Picasso, como buen español, no disimulaba el suyo), se deterioraron y el último trabajo para los Ballets Russes fue El tren azul (1924) de Darius Milhaud, para el cual prestó una pequeña gouache de 1922 para ser ampliada como telón de escena, conocida por los títulos Dos mujeres corriendo en la playa o La carrera, donde se advierte la influencia del carácter monumental de la pintura pompeyana.

El tren azul (Le train bleu, 1924) está libretado por Cocteau, música de Milhaud, vestuario de Coco Chanel, escenografía de Henri Laurens, coreografía de Bronislava Nijinska y telón de escena de Picasso. A pesar del título, no hay ningún tren azul. El propio Diaguilev explicó: «La primera cosa que hay que decir de El tren azul es que en él no hay ningún tren azul, estando en la edad de la velocidad, ya llegó a destino y sus personajes desembarcaron. Los vemos en una playa que no existe, frente a un casino que no es menos existente. Sin embargo, cuando la obra fue presentada por primera vez en París, la gente se sintió inexplicablemente invadida por el deseo de subir al tren azul (el color de los ferrocarriles franceses) e ir a Deauville y practicar revigorizantes ejercicios».

Es que Nijinska basó su coreografía en movimientos relacionados con la natación, el golf, el tenis y los juegos de playa, los deportes favoritos de la época (los años locos) en que se descubría la vida al aire libre, se viajaba en automóvil y en avión, la mujer cambiaba de vestuario y peinado, acortándolos, aplastaba, inmisericorde, su silueta para lucir diseños prácticos aptos para seguir los compases del tango y del charleston, trepar a la carlinga de los aeroplanos o subir a un tranvía en marcha. Muchos creadores exaltaron la incipiente sociedad de consumo, el ocio compartido y los espectáculos masivos.

Los dos protagonistas de El tren azul, la tenista y el elegante caballero, están inspirados en figuras mundanas de la época (la tenista Suzanne Lenglen y el príncipe de Gales, aficionado al golf) que aparecen deliciosamente satirizados e interpretados, en ocasión de su estreno en el Teatro de los Campos Elíseos, por Bronislava Nijinska y Antón Dolin. El resultado es una reconstrucción de la sensibilidad epocal plena de síntesis y humor.

Más conocido es El sombrero de tres picos (Le tricorne, 1919), de Manuel de Falla. La restallante música es acompañada por los magníficos escenarios y vestuarios de Picasso que sirven de manera formidable a la coreografía de Leonide Massine y al libreto (basado en una pieza de Pedro de Alarcón) de Gregorio Martínez Sierra.

La trama gira en torno a las andanzas de un Corregidor libertino del siglo XVIII que intenta seducir a la bella molinera y el castigo correspondiente a su osadía.

La entrada a las sesiones del sábado y domingo es libre y gratuita. *

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