Otra retrospectiva de Dumas Oroño
En Madrid, fue un fracaso la dedicada a Washington Barcala, con una veintena de obras y un colgado elemental. En el Centro Municipal de Exposiciones las esculturas de Ricardo Pascale emergieron, inesperadamente, jibarizadas, aplastadas por una deficiente iluminación y un guión curatorial errático. Algo similar vuelve a ocurrir con la retrospectiva de Dumas Oroño en el mismo lugar. El ex Subte, desde su infeliz modificación, no ha conseguido adecuarse a las posibilidades imaginativas de los especialistas locales, salvo contadas ocasiones, especialmente en muestras colectivas (salones municipales, homenaje a Kurosawa) donde es factible fragmentar el espacio y aislar, relacionando, los diferentes artistas. Lo mejor fue, sin duda, la muestra del pintor José Caballero: los técnicos españoles transformaron totalmente el ingrato lugar y supieron disimular el bosque de columnas.
No es la primera retrospectiva de Dumas Oroño. En la década anterior se conocieron dos (1991, 1995) y aunque con menos obras, la visión de la curadora Olga Larnaudie no varió, así como los textos del propio artista. El año pasado se publicó un libro (textos de diferentes autores y numerosas, excelentes fotografías) desorientador en su enfoque por la falta de rigor conceptual y una incompleta y suavemente incorrecta bibliografía. El catálogo de la actual muestra lleva el título Dumas Oroño, por negaciones sucesivas e insiste en las mismas desprolijidades (se alteran caprichosamente las referencias bibliográficas) y omisiones que en el citado libro. No hubo un proyecto sólido o se superpusieron o entraron en colisión varios, como insinúa Larnaudie en El cómo y/o el qué del catálogo, una extraña introducción que admitía un ensayo interpretativo más enjundioso, más penetrante de una crítica familiarizada con la obra.
La pintura de Oroño es una pintura intimista y como la mayoría de las derivaciones torresgarcianas (con excepción de Matto o Pailós, acaso, en cierta medida, Gurvich) exige un acercamiento, una aproximación para dialogar en comunión con el receptor. La pincelada se extiende con parsimonia o con rapidez, es lisa o a media pasta, arrastra una cierta materia que se disuelve en una gestualidad tierna, desglosa trazo y color a la manera de Dufy, estableciendo un contrapunto dinámico en la propia representación aprovechando la espacialidad del fondo blanco (serie Recolector) o dando energía plástica a la superposición del dibujo límite (serie Caballos) al potenciar la forma sin fortalecer el volumen, establece un conglomerado cromático de pequeñas teselas de color de referencia kleiana (Pintura constructiva, 1968), o la alusión a circunstancias inmediatas expresada de manera elíptica (El hombre del televisor, 1979) que constituyen, en su conjunto, los puntos altos de Dumas Oroño.
A la entrada, Autorretrato (1959) y Caballo (1967), sugieren la tónica dual de la exposición. Pero el itinerario, separado en numerosas series, se demora en insistencias monótonas, acepta flojedades (Mujer con ángeles, 1971, Hombre azul, 1972, Calle con helicóptero, 1969, Serán ceniza, mas tendrán sentido, 1986, Resaca II, 1988), se entretiene en dibujos menores, mientras faltan más calabazas decoradas, cerámicas y mejores y mayores fotografías de sus murales, una experiencia muy valiosa. Las texturas y el collage, algún acercamiento al informalismo de Tapies, no satisfacen ni parecen afines al temperamento creativo de Dumas Oroño, más cómodo en el dibujo y la levedad pictórica. Por eso necesitaba una iluminación especial que resaltara la atmósfera confesional, casi buscando una conversación en el taller y no la brutalidad de reflectores que fragmentan y ensombrecen la superficie de los cuadros, absorbidos por la inmensidad del espacio, como sucedió también, allí mismo, con Manuel Espínola Gómez. Es una lástima, porque hay un pintor de cálida personalidad, un docente comunicativo, un gestor cultural inquieto, un artista sacudidor de los dogmas estéticos partidarios que no aparece proyectado en su auténtica dimensión. *
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