Un drama sobre el teatro y la libertad del artista
El filme está interpretado por un largo elenco que incluye a Hank Azaria, Rubén Blades, Joan Cusack, John Cusack, Cary Elwes, Philip Baker Hall, Bill Murray, Vanessa Redgrave, Susan Sarandon, John Turturro, Emily Watson y otros.
Esta historia se presenta a sí misma, como «casi verdadera», «a (mostly) true story». Hay de hecho un núcleo histórico y una cantidad de personajes auténticos en el centro del asunto, que recrea los acontecimientos que rodearon en 1936 a la puesta en escena teatral de la «pieza con música» de Marc Blitzstein Cradle will rock, dirigida por Orson Welles y financiada por el izquierdista Federal Theater Project.
Sin embargo, los sobresaltos de ese proyecto teatral son solamente parte de una compleja reconstrucción que incorpora otros hechos y personajes de la época evocada, y que el director y libretista Robbins (cuya esposa Susan Sarandon vuelve a acompañarlo en otra aventura creativa, como ya lo hiciera en El ciudadano Bob Roberts y Mientras estés conmigo, sus trabajos previos como realizador) utiliza para canalizar sus inquietudes liberales, otorgándole al término el matiz de izquierda que tiene en los Estados Unidos, no la muy errónea equivalencia a «derecha fundamentalista» que a menudo, con el añadido del ambiguo prefijo «neo», se le suele atribuir desde América Latina. Hay una nítida preocupación antiautoritaria en el asunto, que por una parte lidia con algún precursor del maccarthysmo (hay un congresista que quiere saber si el escritor isabelino Christopher Marlowe, muerto en 1593, ha tenido vinculaciones con el comunismo), por otra dispara algunos dardos sobre la homofobia del partido y por una tercera exagera el perfil represivo de Nelson Rockefeller en su histórico enfrentamiento con el pintor mexicano Diego Rivera, que ocupa un costado de la anécdota. Robbins celebra la libertad de expresión, la creación artística y hasta la preocupación de un gobierno en fomentar la cultura, romantizando de paso al New Deal rooseveltiano. Lo hace tomándose algunas libertades con la historia para favorecer al espectáculo: hay más música, más extras, más instrumentos de los que registran las crónicas de la época. Pero ya se sabe que el arte es una mentira que sirve para descubrir la verdad, y esos recursos le sirven a Robbins para expresar su idea central acerca de los encontronazos del artista con el poder. Los esmeros de música, color y decorados, el desempeño de su multiestelar elenco, la frecuente inteligencia del diálogo, le sirven para recuperar un pasado utópico en el que el futuro parecía posible. El filme mismo es consciente empero de la fragilidad de su utopía: del mural de Rivera solamente quedará un fragmento, del mismo modo que otras inquietudes de la época se fragmentaron en un inquietante futuro cercano. *
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