BETTY FISHER, DE CLAUDE MILLER

El dolor del hijo perdido

Se trata de relatar una historia que esconde otras historias y que tendrán su punto de reunión, he ahí el nudo que se irá deshilvanando en Betty Fisher, de Claude Miller, a la manera estilística de otros ejemplos como Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, o de Magnolia, de Paul Thomas Anderson. El cineasta se apoya en la novela El hijo perdido (El árbol de manos), de Ruth Rendell, una reconocida escritora que ya ha venido trabajando con solvencia tanto para cine como para el formato televisivo.

El filme se inaugura con un flashback en que Margot (una espléndida Nicole García como madre despiadada y de andar errático, más bien psicótica) busca asesinar a su hija Betty (Sandrine Kiberlain). Y de pronto todo salta al aquí y ahora. Hay un tremendo primer plano de ese arrebato fuera de curso: la cicatriz de Betty delata que permanece ese conflicto entre madre e hija, un episodio nunca olvidado. Ahí asoma la historia de Joseph, hijo de cuatro años de Betty que operará como elemento donde confluirán el resto de las anécdotas o tramas, todas marcadas por la impronta del thriller con sus dosis de suspenso y climas psicopáticos.

Ese pequeño Joseph inesperadamente caerá por la ventana de su habitación: el resultado es un estado de coma que le provocará la muerte. Para Betty, tal fatalidad supone balancearse entre la idea de suicidarse y seguir sobreviviendo pese a todos los dolores por lo irremplazable. Pero los locos han sido liberados: la madre, de pronto, secuestra a un niño con la alucinante tentación de forzar un reemplazo, aunque nada podrá contra la sensación de vacío y de ausencia.

Otra historia: la de Betty haciéndose cargo de una situación extraordinaria y, asimismo, la de Carole (Matilde Seigner) buscando desesperadamente a ese hijo secuestrado, desaparecido en circunstancias en que la perturbación la movilizan hacia todas partes, como buscando en el vacío y buscándose en los propios. Trágico, desgarrador, sofocante: ambas mujeres han perdido a sus respectivos hijos: nada más doblegador y acorralante en todos los niveles, nada más terrible que soportar de pie las pérdidas y ante casuales interlocutores o en la propia interioridad individual.

Ambas mujeres delatan comportamientos antagónicos: Betty Fisher es un reputada escritora de best-sellers y una madre estricta y responsable; Carole, sin embargo, es camarera y en sus ratos libres prostituta que deja a su niño al cuidado de su pareja. Un efecto dramático fortísimo, una unidad de contrarios se vehicula entre esas mujeres lastimadas, marcadas por el dolor y el hastío, y en donde el relato entonces marca una línea ética y una estética del exceso frente a la noción de familia, he ahí el quid del largometraje.

Claude Miller, desde ese lugar ético, hace decir a la dolida Betty que «un hijo no se reemplaza nunca, pero se puede amar a otro», y asimismo confiando desde la fractura afectiva que «el amor no se posee, sino que se merece», en oposición a una concepción naturalista de la familia.

El resto de las historias, por ejemplo la de Alex (padre de José), como la de Edouard (padre de Joseph) se ligan a la operatividad que actualmente supone un ser padres modernos, desprejuiciados y en definitiva ausentes de toda posición afectiva y, en consecuencia, no aceptados por sus respectivos hijos.

Miller refiere al status de la familia, a su organización y a su despeñamiento. A esos trazos de vida descorazonados y nocturnos que parecen sobrevivir a todo, como Betty. Debe verse. *

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