"SEPTIMO CIELO" DE CARYL CHURCHILL, EN EL TEATRO DEL NOTARIADO

El cielo de Puck

De qué cielo o de qué nube celestial podemos hablar, cuando las tribus indígenas en el primer acto y los irlandeses del IRA en el segundo tienen en jaque a la sociedad organizada? Y todavía, ¿de qué sociedad organizada podemos hablar en un mundillo donde casi todos ejercen el doble discurso y tienen sus cadáveres en el ropero? Comencemos, por ejemplo, por la dignísima dama de fines del siglo XIX (Gabriel Hermano), a la que, como conviene, no se le mueve un músculo de la cara, pero que con la misma impavidez proyecta abandonar a su marido Clive (Emilio Pigot) para irse con Harry Bagley, un amigo de la familia (Rogelio Gracia). Sigamos con el amante o futuro amante de la señora, tan masculino en las apariencias pero que mantiene relaciones sexuales nada menos que con Edward (Margarita Musto), precisamente el hijo de la grave dama; continuemos con Clive, cuya eficiencia administrativa incluye mantener a una amante, la Sra. Saunders (María Mendive), siempre a conveniente distancia. Como se ve, la obra desacomoda y propone al espectador una nueva óptica; si no hay un nuevo mundo, ya es bastante con nuevos ojos. En este punto encontramos cierta similitud entre el espíritu de la autora y el de Shakespeare, especialmente en «Sueño de una noche de verano», que, creemos que no casualmente, fue también una puesta en escena de Mario Ferreira; y aún, en la segunda parte o segundo acto, con aquel sueño otoñal, casi un desenlace de una vida, de «La tempestad». «Séptimo cielo» nos hizo pensar en Puck, y aún en el sentido de la palabra «Puck», que alude a un diablillo del folklore, más pícaro que maligno. Caryl Churchill ama las transformaciones y sus antecedentes, las ambigüedades; es pícara, es traviesa, no es maligna, pero instala la duda. ¿Somos, categóricamente y sin discusión, hombres o mujeres?

Queda dicho que el lector que decida ver «Séptimo cielo» deberá estar dispuesto a ver algo netamente distinto de todo o casi todo lo que ha visto antes en el teatro. No hay, salvo el ya anotado, ningún punto de comparación con otras obras del presente en donde apoyarnos para la comprensión de la obra. Churchill nos muestra en las primeras escenas un panorama casi familiar, pero muy rápidamente sopla desde todos los ángulos y rincones un viento de novedad tan refrescante que nos produce algo semejante a una tranquila ebriedad o, por lo menos, a una sensación gozosa de perder pie y ser llevado, como flotando, por olas placenteras.

La puesta en escena nos permite hablar de un estilo de Mario Ferreira. Sus intereses principales son varios, deducidos a partir de sus producciones, que hasta ahora son, por lo menos hasta donde recordamos, «La cantante calva» de Ionesco, «Sueño de una noche de verano», «La muerte de un viajante» y «El último yanqui», de Arthur Miller, «La soga», (Hamilton), sin olvidar su memorable actuación en «No Xirgu para nada», con la Comedia Peñarol. En primer lugar nos parece que le interesa a Ferreira el contacto humano, la comunicación con el público. Sus producciones son comprensibles, abiertas, diáfanas. No hay misterios más allá de donde verdaderamente debe haber: no hay alusiones subliminales, retorcimientos de presentación, alusiones al «inconsciente colectivo», al «imaginario social» y otras nieblas. En segundo lugar le importa a Ferreira el juego, la diversión y la alegría; pero, digámoslo de inmediato, Ferreira no es ni frívolo ni superficial. Hemos recordado «Sueño de una noche de verano»; creemos que no le molestará a Ferreira si escribimos que si Puck fuera director de teatro podría tener el estilo de Mario Ferreira. Finalmente, puesto que hablamos de claridad, queda en el escenario, a través de la gentileza, las buenas maneras y la diversión, una enseñanza moral, que debe ser siempre el fin, nunca explícito pero sí presente, de la comedia. «Castigat ridendo mores». En «Séptimo cielo» queda más de una enseñanza a considerar y aún a repasar más tarde, luego que abandonamos la sala. No somos tan distintos unos de otros; si consideramos que los hombres estamos genéticamente más cerca de un chimpancé macho (a un 0,04% de distancia) que de una mujer, podemos abandonar, aunque más no fuere que por vanidad, nuestras ensoñaciones sobre nuestra identidad sexual, el «puesto del hombre en el Cosmos».

La escenografía sorprende en el primer acto: quiere ser corpórea, alusiva a una jungla real; parece estar mal realizada, como si estuviera hecha en papel pintado. Pero precisamente, lo que se va a ver, esa familia que es un pilar de la sociedad, es de cartón piedra. También son originales, sugestivas y acordes con el espíritu de la obra tanto la música de Leirós como la iluminación de Blanchet.

Ferreira ha acertado también con los actores, tanto en la elección como en la marcación, en una obra que se apoya en muy difíciles proezas de actuación, desde que todos deben actuar, y no por economía, en dobles papeles. Dentro de un elenco sin fallas, que hace honor a nuestra escena, el crítico puede y quizás debe señalar sus preferencias: no hemos visto en la carrera de Pigot ningún trabajo mejor; Gabriel Hermano tiene a su cargo los más difíciles saltos mortales que demanda Churchill y los cumple airosamente; Graciela Gelós está, en la culminación de una siempre elogiable carrera, en un gran momento. *

 

SEPTIMO CIELO (Cloud Nine), de Caryl Churchill, en traducción de Margarita Musto, con Emilio Pigot, Gabriel Hermano, Margarita Musto, Graciela Gelós, María Mendive, Rogelio Gracia y Alejandro Martínez. Escenografía y vestuario de Adán Torres y Diego Aguirregaray, ambientación sonora de Alfredo Leirós, iluminación de Martín Blanchet, dirección de Mario Ferreira. Estreno del 25 de julio, teatro del Notariado, 18 de julio (o Guayabo) entre Magallanes y Gaboto, Tel. 4083669.

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