Escrito por: NELSON DI MAGGIO

Nacido en 1913, Carmelo Arden Quin fue figura fundamental en la aparición del movimiento abstracto en el RÃo de la Plata y cofundador, junto al húngaro-argentino Gyula Kosice, del Movimiento Madà en 1946. En 1995, en el Museo Torres GarcÃa, se pudo ver, por primera vez en Montevideo, una muestra (sintética) de arte madà con representantes uruguayos: Arden Quin, Volf Roitman y BolÃvar Gaudin. Heredero de las enseñanzas de JoaquÃn Torres GarcÃa en la década del treinta, Arden Quin se radicó en Buenos Aires y allà se vinculó a otros jóvenes empeñados en la abstracción geométrica que, con diferentes nombres y escisiones varias, constituirÃan a partir de la publicación de la revista Arturo en 1944, los núcleos renovadores del arte contemporáneo en el RÃo de la Plata.
En los últimos años, numerosas exposiciones colectivas han reactivado el interés en revisitar aquellos tiempos revolucionarios y fermentales. El Museo Centro Reina SofÃa de Madrid, 1997, y la Americas Society de Nueva York, 2001, para citar dos referencias importantes, hicieron sendas muestras de arte madà y de arte abstracto rioplatense. Allà ocupó lugar preferencial Arden Quin, con catálogos incluyendo textos diversos que contribuyeron a la comprensión de un perÃodo no suficientemente investigado. Más reciente, en Bérgamo, Italia, y en la Fundación Proa de Buenos Aires, en 2002 y 2003, en doble curadorÃa de Marcelo Pacheco y Enrico Crispolti, se exhibió Arte abstracto argentino (debió decir rioplatense) por la marcada presencia de los uruguayos Arden Quin, Antonio Llorens, Rhod Rothfuss y Rodolfo Uricchio, pero ya es un hábito porteño nacionalizar los talentos uruguayos.
Actualmente, en el Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de La Plata (Macla), hace pocos meses inaugurado, se abrió una muestra de su flamante colección de arte madà donada por 50 artistas de todo el mundo.
La iniciativa correspondió a la tenacidad del director César López Osornio y a Carmelo Arden Quin.
Es una manera de celebrar un aniversario presentando la vigencia internacional del arte madÃ, con representantes de Japón y los paÃses de Europa del Este, que ya se habÃa verificado en la muestra madrileña. La exposición se puede visitar hasta el 19 de octubre, los martes y viernes de 10.00 a 22.00 y sábados y domingos de 14.00 a 22.00.
También la Transvanguardia italiana merece una revisión. Su inventor, el crÃtico italiano Achille Bonito Oliva, recaló en Buenos Aires para inaugurar en la Fundación Proa una muestra de los cinco máximos representantes de ese movimiento: Sandro Chia, Francesco Clemente, Enzo Cucchi, Nicola de Maria y Mimmo Paladino.
Hace veinte años que irrumpieron varios movimientos que reincorporaban el acto de pintar y la subjetividad en la expresión artÃstica. Los salvajes alemanes con el neoexpresionismo, la bad paiting (mala pintura) en Estados Unidos, pintura del sábado a la noche se denominó irónicamente entre los franceses y finalmente, en Italia, la transvanguardia.
Una tendencia que se generalizó, muy apoyada por los mercaderes del arte empobrecidos durante el perÃodo de abstención comercial durante el dominio minimalista y del arte conceptual.
Los artistas volvieron a sentir el placer de ensuciarse las manos y a navegar por la olvidada figuración. Se caracterizaron por un eclecticismo estético, “una puesta en marcha del pasado, crear una contextualidad de la historia del arte; recuperar y reactualizar lo que ya no era más que arqueologÃa”, según la definición de Bonito Oliva.
Inundaron galerÃas y museos, bienales y documentas, se originaron nuevos coleccionistas y los artistas se enriquecieron con la venta rápida pues sus obras volvieron al cuadro de caballete, fueron hechas con rapidez, de cualquier manera, con desprecio de la calidad, apropiándose de la iconografÃa del pasado clásico (las citaciones se tornaron indispensables), con mucha irresponsabilidad y un oportunismo juguetón. El aburrimiento y la repetición. Se comenzó a hablar de posmodernismo (nefasto en la arquitectura), del vÃnculo con la realidad común y silvestre, con el llamado gusto popular y el kitsch. Para la mayorÃa de los crÃticos fue una apuesta a la trivialidad, convencional y nada original. Ahora, desde la Fundación Proa (hasta fines de setiembre), es posible observar el paso del tiempo y lo que quedó de otro movimiento efÃmero. En todo caso, es una propuesta atendible y a revisar en sus alcances estéticos.
Aunque lo interesante serÃa una retroperspectiva de toda la década del ochenta y verificar lo que realmente quedó. Con sensatez, fue lo que hicieron los portugueses en Lisboa (Culturgest, 1998), en una memorable confrontación internacional, en la cual se afirmaba la nueva escultura británica, la fotografÃa innovadora, el video arte, las instalaciones y la pintura aparecÃa como un relicto del pasado. *
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