Escrito por: POR ANGEL LUIS GRENE
La gente anda como ajà picante, coloradita y calentita la bronca. La carnicerÃa es un hervidero.
Un cajetilla, peinado a la gomina, nos dice desde “la caja boba” que no sólo de carne vive el hombre y, muy suelto de cuerpo, aconseja comer otras cosas.
Un pintoresco ministro de GanaderÃa, haciéndose el divertido, habla de Maracaná.
Y desde la rancia Asociación Rural, con olor a chivas y ambiente bacán, se pontifica sobre el sacrificio que tenemos que hacer para que lleguen las divisas al paÃs.
Nuestra memoria, carnÃvora empedernida, recuerda que de seso y carne somos. Se raja para los dÃas en que también nos verdugueaban y todos se rajaban para el puente de Santa LucÃa.
Los mismos apellidos de siempre, allá por la década del 60, metÃan el curro de la carne congelada y se forraban en dólares.
Como por Canelones se conseguÃa carne fresca y barata, todos Ãbamos a esos lados para traer el bagayito. De tardecita, los ómnibus llegaban repletos de montevideanos que no querÃan ser estafados en sus churrasqueras costumbres. Al costado del asiento asomaban, envueltos en papel de diario, los jugosos quilitos. Los pasajeros hacÃan una vaquita y los inspectores miraban para otro lado.
Los vecinos puchereaban y otros hacÃan unos manguitos vendiendo en la cuadra tiras de asado.
Fueron tiempos en que por el puente Carrasco aparecieron faraónicas carnicerÃas. Una criolla versión de Las Vegas, llenita de chinchulines y mollejas. Pero con esto de apretarse aun más el cinturón y arriba ser vegetariano de prepo, el viejo escribidor se larga más atrás en el tiempo. DÃas de broncas, faena clandestina y matarifes.
Si la carne era cara siempre habÃa algunos que se la jugaban y hacÃan bruta guita. Llegamos a la época de los matarifes, allá por la zona del Campo Español. Destartalados galpones, rodeados de yuyos, donde se faenaba a la sordina.
Con la cómplice noche salÃan un par de camiones a distribuir por toda aquella vieja capital.
Los copetudos que ceremoniosamente comÃan un bife “a la carta”, al lado del SolÃs o en los restaurantes de Pocitos, ni soñaban que la carne habÃa salido de aquellos mataderos de Villa Española.
Es que habÃa mucha diferencia de precio y los camioncitos, cubiertos de lonas, paraban de madrugada en la puerta de los pitucos comercios. Por la Villa, ambiente de pólvora, porque aquellos mÃticos hermanos Varela siempre andaban calzados.
Balaceras con la PolicÃa que sacudÃan la crónica policial y todo el barrio de la Funsa.
Todo fue y será por la carne, en el paÃs de la carne, como dicen los jubilados mientras se hacen un banquete de ojito porque no les queda otra.
Los esperamos los sábados, a las 18.30, con más recuerdos y música en 1410 AM LIBRE. *
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