Crónica prudente
La narración histórica es algo menos que elemental e incurre en la fantasía de Croce, adoptada luego por Ferreira Aldunate, de que la historia la hacen los grandes hombres; abunda la palabra «patria», se recuerda a los episodios militares como si la historia avanzara de combates en batallas, de mosquetes en charreteras, con la consecuencia de que los héroes, oh casualidad, siempre visten de uniforme. ¿De paso, cuándo el nomenclátor montevideano se verá libre de la cacofónica tontería del «Libertador Brigadier General» Juan Antonio Lavalleja, que muy posiblemente no fue nada de todo eso? «Crónica de hombres libres» no tiene siquiera la documentación, la escritura y el brío de obras no menos partidarias, como «Con divisa blanca» de Viana, ni la comprensión crítica del Uruguay del siglo XIX que se encuentra en «La tierra purpúrea», de William Henry Hudson, cuyo último capítulo, el canto de amor al Uruguay más hermoso y sincero que se haya escrito, parece ignorarse, precisamente en donde nacieron las primeras y donde murieron las últimas revoluciones.
En particular «Crónica de hombres libres» no intenta ninguna explicación de una historia que reduce a episodios y peripecias. No se explican los motivos de las revoluciones de fines del siglo XIX y comienzos de siglo, en particular queda en el misterio la de 1904; los autores se limitan a señalar como los sempiternos enemigos a los extranjeros, ya sean los portugueses, los brasileros o «el imperio»; todo parece fruto de la pasión y del arrebato; así parece natural, dado el carácter puramente emocional que los autores atribuyen a las insurrecciones, que luego de Masoller, donde los nacionalistas prácticamente habían vencido, se extingue la revolución con Aparicio. Pero lo peor de «Crónica de hombres libres» es que para los autores la historia del Uruguay heroico, el que desafía a los tiranos, termina en la acción del Paso de Morlán, en 1935; ninguna referencia hay a las dictaduras que sucedieron bajo las presidencias de Pacheco Areco, Bordaberry, Demichelli, Aparicio Méndez, Gregorio Alvarez y Addiego Bruno; nada dice la «Crónica de hombres libres» de la huelga general de 1973 ni de la destrucción de los sindicatos, no menos brutal que el asalto a Paysandú, ni de la política antiobrera de hoy. El último dictador uruguayo debe haber sido, según Murguía y Etcheverri, el doctor Gabriel Terra, y los últimos opositores con cojones Baltasar Brum y, más tarde, Basilio Muñoz. Los autores se detienen allí, y silencian la colaboración del Partido Nacional con el gobierno de Terra.
Sería interesante saber qué quedaba del Partido Nacional del siglo XIX en quienes votaron las leyes liberticidas de «seguridad nacional», que entregó el país a la secta militar y de amnistía para sus crímenes, que se sonroja bajo el ridículo nombre de «Caducidad de la Pretensión Punitiva». Por supuesto, el Uruguay que describe «Crónica de hombres libres» es un Uruguay donde ni los obreros existieron nunca ni los muchos muertos de la última dictadura. ¿Por qué recordar a Lucas Píriz y no a Líber Arce, por qué a Leandro Gómez y no a los comunistas asesinados en el Paso del Molino, por qué a Timoteo Aparicio y no a Luis Eduardo González y demás desaparecidos y asesinados por la dictadura, que también tienen nombre? ¿Por qué no nombrar a los verdaderos enemigos de la patria, a los Cristi, Vadora, Raimúndez, Rapela? Jiménez de Aréchaga escribió que en el Uruguay del siglo XIX era concebible una revolución contra la vacunación obligatoria; con ello aludía al espíritu de libertad que alaba Hudson, y que hemos perdido o estamos perdiendo aceleradamente. Uno se pregunta qué hubieran hecho Diego Lamas, Timoteo Aparicio o Leandro Gómez ante un gobierno que disuelve al Parlamento, persigue sindicatos, tortura clandestinamente, confisca teatros independientes y mata en las sombras. En las guerras civiles se degollaba a los prisioneros, lo que tal vez era mejor que dejar morir a los heridos a la intemperie o matarlos por hambre; pero se hacía a la luz del día, y hasta se posaba para los fotógrafos. La realización es acorde con el libreto. El texto es pobre, machacón, retórico; se nos presenta leído. Las canciones no fueron para recordar y la danza muy pocas veces guardó relación con los hechos que debía ilustrar. n
CRONICA DE HOMBRES LIBRES, de Murguía y Etcheverri, con Elena Zuasti, Ricardo Fernández Mas, Sheila Werosch, Silvana Rombys, Walter Veneziani y Marcos Cal, coreografía de Sheila Werosch y Walter Veneziani, canto y versiones musicales de Ricardo Fernández Mas, dirección de Elena Zuasti. En Teatro del Centro Carlos Eugenio Scheck.
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