Las orillas del océano
Sin embargo, esta sanción se solía aplicar en muchos casos arbitrariamente, para justificar la expulsión de los opositores políticos o los enemigos del poder y el autoritarismo.
Desde tiempos pretéritos, esta práctica voluntaria o involuntaria según las circunstancias se transformó en sinónimo de segregación, humillación y aislamiento.
La mera condena implicaba el alejamiento físico de la víctima, que debía abandonar la ciudad donde residía y naturalmente su hogar y sus eventuales privilegios, separándose de sus amigos y familiares. Se transformaba, en consecuencia, en un paria.
Esa situación generaba naturalmente sentimientos de desarraigo, un fenómeno que derivaba en graves secuelas psicológicas por la pérdida del indispensable sentido de pertenencia.
Bien sabían y saben los que practican estos procedimientos, que el exilio involuntario es una suerte de estigma, porque arranca a quien lo padece de su tejido social y lo despoja incluso hasta de su identidad como individuo.
De algún modo, todos los autoritarismos antiguamente y contemporáneamente han aplicado la estrategia del ostracismo forzoso para socavar la integridad moral y la resistencia de sus opositores.
Un ejemplo contundente de tan despiadada práctica lo aportaron las salvajes hordas nazis durante el período más oscuro del pasado siglo XX, cuando expoliaban a los judíos de su medio natural y los condenaban al aislamiento en guetos o campos de concentración y exterminio.
No menos despiadado era el modelo de inspiración racista practicado otrora por la minoría blanca en Sudáfrica, que segregaba y relegaba a los negros a una humillante condición de ciudadanos de segunda categoría. No podían compartir ni siquiera los mismos espacios físicos que la clase dominante y la mayoría de sus derechos elementales estaban conculcados.
Felizmente, la conjunción entre la heroica resistencia interna y el repudio de la comunidad internacional, logró acabar con el flagelo de la intolerancia y la tiranía en esas lejanas tierras africanas.
Al caer el telón de la Guerra Fría, la demolición de uno de los bloques de poder dominante y la radical modificación del mapa mundial desató renovadas tempestades nacionalistas que todos suponíamos sepultadas en el pasado.
La exhumación de numerosos conflictos ancestrales derivó en guerras fratricidas y la xenofobia se instaló nuevamente en la añosa Europa, como si se tratara de una devastadora plaga.
La emigración provocada por las paupérrimas condiciones de vida de algunas regiones del mundo, colisionó entonces con el rechazo de los nativos de numerosos países desarrollados de reconocida tradición hospitalaria.
Esta situación fue capitalizada por movimientos de ultraderecha, que como en el caso de Francia captaron la voluntad y el apoyo de millones de ciudadanos desencantados con el sistema político.
El temor a la inseguridad por la presencia de los «intrusos» y la competencia por los puestos de trabajo, fue adecuadamente explotado por las redivivas fuerzas oscurantistas.
Como en tiempos de la dictadura que asoló a nuestro país durante casi doce años, hoy nuestro Uruguay observa un nuevo y más inquietante éxodo, originado por la grave situación económica y la falta de perspectivas de futuro.
La recesión y la alta tasa de desocupación han provocado una auténtica diáspora, en un período en que los uruguayos teóricamente gozamos de todos los derechos y las garantías inherentes al sistema democrático.
Contrariamente a lo que sucedía hace veinticinco o treinta años, hoy nadie teme ser detenido, torturado y aún asesinado por el mero pecado de disentir. Sin embargo, la incertidumbre recorre a la mayoría de la sociedad uruguaya, agonizante bajo el peso de un modelo tan agotado como devastador, que nos está despojando hasta de nuestra propia identidad.
Lo más inquietante es que la mayoría de los que abandonan el país seguramente para no retornar, son jóvenes calificados. Las desgarradoras escenas que se suscitan cotidianamente en el Aeropuerto Internacional de Carrasco, cuando numerosos padres despiden a sus hijos sin la certeza de volver a verlos, constituyen todo un contundente testimonio.
Hoy asistimos a un virtual vaciamiento de nuestro Uruguay, en un proceso inverso al acaecido hace un siglo, cuando miles de inmigrantes de variadas procedencias llegaban a nuestro territorio con el propósito de radicarse, echar raíces e iniciar una nueva vida.
En «Las orillas del océano», el narrador uruguayo Ignacio Martínez construye una conmovedora crónica de exilios y desexilios, que se desarrolla en el decurso de más de sesenta años.
Aunque los personajes del relato son ficticios, la materia prima de esta obra es naturalmente la realidad, que se nutre de una historia contemporánea sacudida por fuertes tempestades, injusticias y recurrentes espasmos autoritarios.
El núcleo de la narración que abarca cuatro generaciones es el exilio de una familia catalana, que en 1939 huye del fantasma de la guerra y el autoritarismo fascista que sepultó los sueños libertarios de la efímera república española.
Con un lenguaje de removedor realismo, el autor asume la estrategia de iniciar el relato en el presente, cuando el joven protagonista de sólo trece años de edad ya está cómodamente instalado en el asiento del avión que está a punto de despegar de nuestra principal terminal aérea.
Con la angustia del desarraigo que ya comienza a instalarse en su atribulado corazón, el adolescente a quien acompañan sus dos hermanos, sus padres y los abuelos españoles evoca los rostros de los amigos y los vecinos que permanecerán en su tierra natal.
El final de periplo a miles de kilómetros de distancia es la Madre Patria, donde la familia aguarda iniciar una nueva vida sin las angustias padecidas en un Uruguay barrido por la crisis y hundido en la desesperanza.
Aunque todos parecen aparentemente distendidos, por dentro los invade una sensación de vacío existencial e incertidumbre. Al igual que miles de uruguayos, son exiliados económicos que deberán asumir una nueva realidad y la compleja inserción en una cultura diferente.
Luego de luchar en forma inclaudicable por permanecer en el suelo natal, íntimamente se sienten expulsados, desterrados de un país grotescamente vejado por primera vez en su historia independiente por la pobreza, la miseria y la marginalidad.
Ignacio Martínez describe las más entrañables emociones que experimentan sus exiliados personajes, cuando el pájaro de acero abandona raudamente el continente y se interna en el espacio aéreo que corona al gran océano, ese inmenso desierto acuático que les separa de su destino.
A miles de kilómetros quedaron muchos retazos de sueños y utopías, afectos e identidades desintegradas por la ausencia y la distancia de un compulsivo transplante que nadie deseaba.
Empleando una técnica narrativa habitual en el cine y por supuesto también en la literatura, el escritor se instala luego en la Barcelona de 1939, para explorar los orígenes de la familia.
Allí vivían hace más de seis decenios los bisabuelos del adolescente que hoy viaja a bordo del avión, junto a sus dos pequeños hijos.
Ignacio Martínez traslada al lector todo el miedo de la familia catalana, condenada a vivir el terror de los últimos espasmos de la guerra y la persecución por su explícita adhesión a la causa republicana. El estruendo de las bombas y la devastación anticipan el final del sueño libertario y la inauguración de la prolongada pesadilla dictatorial.
El escri
tor describe minuciosamente la partida clandestina y los dos meses de travesía en barco rumbo a América, a donde los emigrantes españoles acudían ligeros de equipaje pero con las valijas colmadas de recuerdos e imperecederas imágenes de su tierra natal.
Por entonces, nuestro Uruguay era una suerte de tierra prometida, próspera y hospitalaria, que recibía a los inmigrantes españoles sin requerirles ninguna documentación, asumiendo que la mayoría de ellos eran refugiados.
Montevideo era en 1939 una ciudad esplendorosa que ofrecía a propios y extraños múltiples oportunidades de progreso y desarrollo personal, donde sus habitantes dividían su tiempo entre el trabajo y el pasatiempo. El cine, el teatro, los restaurantes y los salones de baile eran accesibles a cualquier ciudadano común.
Por entonces, sorprendía que las mujeres ejercieran el derecho al voto en igualdad de oportunidades con los hombres y la ley de divorcio que permitía cortar amarras con un modo aún patriarcal.
Sin embargo, pese al auge económico, los uruguayos sentían como propia la guerra civil española y se conmovían ante la sangrienta conflagración bélica que estaba estremeciendo a Europa.
El relato se instala en los paisajes de 1945, cuando finalmente cayó el telón de la hecatombe. Sorprendió, por entonces, que el diario «El Día», al izar los pabellones de los triunfadores, omitió el de la Unión Soviética, que ofrendó 20 millones de vidas a la causa de la liberación.
Ello vaticinaba que el final de la terrible carnicería no inauguraba un tiempo de paz, sino la perversa «guerra fría» del futuro mundo bipolar, que anticipaba nuevos conflictos de poder.
Compartiendo la peripecia existencial de sus personajes a través del tiempo y las sucesivas generaciones, Ignacio Martínez nos traslada a 1952, cuando ya comenzaba lentamente a resquebrajarse el modelo de prosperidad imperante en nuestro país en la primera mitad del siglo XX.
Sin embargo, el autor no soslaya el aún importante esplendor cultural, tomando como referente al legendario Sorocabana y su clase intelectual integrada, entre otros, por Carlos Quijano y «Peloduro».
Asumiendo la necesidad de enfatizar los momentos históricos clave de nuestra historia contemporánea, el novelista avanza hacia 1968, para compartir los conflictos y amores de la tercera generación de la familia, nacida naturalmente en nuestro país.
Eran tiempos turbulentos de cambio que anticipaban tempestades aún más violentas: medidas prontas de seguridad, estudiantes asesinados por las fuerzas represivas, el mítico Mayo Francés, los movimientos guerrilleros, las dictaduras latinoamericanas, la nueva ola y la revolución hippie.
Ernesto «Che» Guevara, asesinado en Bolivia, se había transformado en un mártir de la lucha por la liberación y un paradigma para las nuevas generaciones que soñaban con un nuevo mundo sin explotadores ni explotados.
La pluma del autor mimetiza a los ficticios personajes de la novela en los escenarios cotidianos de los años sesenta, para que la obra asuma un perfil testimonial que excede a la mera peripecia personal o familiar.
Ignacio Martínez reconstruye los luctuosos acontecimientos de 1973, el golpe de Estado, la instalación de la dictadura, la feroz represión a los opositores, la heroica huelga general y la sangrienta marcha del 9 de julio que se rebeló contra el autoritarismo.
Sin abandonar los territorios humanos, los afectos, los amores y desamores ni la épica de la supervivencia, el novelista transita los sinuosos laberintos del tiempo.
A través de los ojos, las percepciones y las sensaciones de sus personajes, el autor traza el horizonte de la reconstrucción durante el complejo parto de restauración institucional de 1984.
Sin embargo, no soslaya la sensación de desencanto que ya comenzaba a instalarse en la mayoría de los uruguayos, cuando se advirtió que el autoritarismo había inferido un daño quizás irreparable.
El epílogo del relato que abarca hasta la cuarta generación regresa a la imagen inicial de la familia a bordo de un avión que viaja rumbo a España, en un trayecto inverso al recorrido por los viejos catalanes que echaron raíces en 1939 en nuestra tierra.
«Las orillas del océano» es una novela de trazo testimonial, que describe con lenguaje impregnado de entrañable lirismo la traumática pero no menos fascinante aventura existencial de los exiliados políticos y económicos.
El relato se instala en la trama afectiva de los personajes, describiendo el bidireccional itinerario de arraigo y desarraigo, el fantasma de la guerra, el autoritarismo, los amores, las pasiones, los sueños y las siempre perdurable utopías.
Ignacio Martínez intercala fragmentos de poemas del inconmensurable Antonio Machado, construyendo un elocuente fresco literario de singular realismo que nos convoca a reflexionar en torno al lacerante fenómeno del exilio, la contemporánea fragilidad de las identidades y las incertidumbres derivadas de un presente cada vez más sombrío y desalentador. *
(Editorial Sudamericana)
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