"LO QUE PASO CUANDO NORA DEJO A SU MARIDO", EN EL TEATRO SAN MARTIN DE BUENOS AIRES

Casa de muñecos

En el escenario, con luz de sala y una escenografía convencional, transcurren las escenas finales de «Casa de Muñecas» de Ibsen, a partir de la despedida del Dr. Rank (Horacio Roca). El público que ha llegado primero a sus butacas chista a los rezagados, como si interrumpieran al espectáculo; poco a poco se va comprendiendo. Los diálogos finales entre Nora (Ingrid Pelicori) y Torvaldo Helmer (Horacio Peña) siguen al texto clásico; hay disonancias que nos inquietan. El vestido de Nora, de un colorido chillón y aún su porte insinuante no concuerdan del todo con el personaje. Sentimos que algo se trae el espectáculo.

En esta introducción, que no está en el original, la autora (Elfride Jelinek) contó con la inventiva colaboración del director, Ruben Szuchmacher. La unión del fin de «Casa de muñecas» con el comienzo de esta obra produce una sacudida, un desacomodamiento, el primero de los muchos que aguardan al espectador. Termina «Casa de muñecas»; Jelinek, sin perder un momento, construye una implacable crítica en acción de la obra de Ibsen. Nora, sin el marido y sin los hijos, empieza su carrera de mujer independiente. Trabaja primero como obrera en una tejeduría, que nos parece aludir al poema de Heine «Los tejedores de Silesia», que recordara Marx; Nora conoce allí el sexo libre y, otra vez, la sumisión; se menciona a «Lulú» de Franz Wedekind y a «los pilares de la sociedad» (también de Ibsen, que también interpretara Ingrid Pelicori), pilares que, como se verá más adelante, son máquinas que trituran al hombre. La rebelión de Nora es inútil: si logra huir de su marido y sus hijos es para ser devorada por la sociedad capitalista. No hay «liberación femenina», nos dice así Jelinek, sin la emancipación de la humanidad.

Luego de sus comienzos proletarios se establece la identidad Nora  Lulú, que ya sospechábamos en el cerquillo y la melenita de Ingrid Pelicori  que reproducen el peinado de Mia Maestro, protagonista de «Lulú» en el mismo teatro San Martín, con dirección de Alberto Félix Alberto; y la intrépida Jelinek aprovecha para meter a Ibsen y a Wedekind en la misma bolsa.

Nora intenta la vida ancha con el magnate Fritz Weygang (Alberto Segado), una mezcla de cínico y demente, por quien hará todos los servicios y sacrificios que se le pidan. Pero todavía Jelinek arroja más vitriolo: reaparece Helmer, ahora un banquero de segundo orden, que se nos presenta con un sadomasoquismo que quizás podríamos inducir de las mismas páginas de «Casa de Muñecas». Nora, obligada por Weygang, seduce a Helmer en una inolvidable escena de dominación sexual que parece sacada de «La Venus de las pieles», del mismo Dr. Sacher Masoch, y a la que no faltan los arreos, el ajustado vestido de cuero negro, el látigo, las cadenas y el antifaz.

Escena a escena, línea a línea y hasta el simbólico final, en que Nora y Helmer se reúnen en la derrota, muñecos para siempre los dos, Jelinek muestra lo que Ibsen no nos supo contar: que Nora no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir dignamente en el mundo que la ha creado.

Nada es posible para el individuo aislado, fuera del solipsismo o la soledad; aceptar a «los pilares de las sociedades», que hoy se llaman con los nombres seductores de «mercado libre», «modernización» y «privatizaciones», es aceptar la muerte.

El director Ruben Szuchmacher presenta en esta obra una de sus puestas en escena más difíciles y más logradas. La pieza, de gran complejidad de escritura, avanza en sus manos como la demostración de un teorema de matemáticas.

Sin incurrir en ninguna arbitrariedad, Szuchmacher enriquece línea a línea la tersa escritura de Jelinek. Luego de la introducción, donde las escenografía es convencional, viene una ambientación escénica radicalmente distinta (Jorge Ferrari) que cambia ante los ojos del espectador, como cambia vertiginosamente el mundo de hoy, el de las finanzas y la demencial circulación del dinero. La obra consiste en el fondo en eso mismo, en desarmar otra obra para construir con sus materiales muertos; los incesantes cambios de escenario nos exigen distancia crítica con la acción, nos obligan a un continuo paso atrás con que reacomodamos la visión y vemos cambiar todo, tanto el objeto de nuestra atención como, posiblemente, nuestros propios ojos.

En la actuación debemos señalar la magistral labor de Igrid Pelicori como la protagonista, en una de sus más brillantes interpretaciones, y los sobresalientes trabajos de Horacio Peña y Alberto Segado. *

 

LO QUE PASO CUANDO NORA DEJO A SU MARIDO, o LOS PILARES DE LAS SOCIEDADES, de Elfride Jelinek, traducción de Gabriela Masuh, por el Teatro San Martín. Con Ingrid Pelicori, Roberto Castro, Julieta Aure, Berta Gagliano, Irina Alonso, Noemí Frenkel, Pablo Caramelo, Paula Canals, Alberto Segado, Ricardo Merkin, Horacio Roca, Pablo Messiez, Javier Rodríguez, Graciela Martinelli y Horacio Peña. Escenografía y vestuario de Jorge Ferrari, diseño sonoro de Jorge Haro, iluminación de Gonzalo Córdoba, dirección de Ruben Szuchmacher. En Teatro San Martín, sala Casacuberta.

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