Perennes fuegos de ayer
En la serie Antonio Grimau es el padre y Malena Solda es la hija; el amor de ella por un tercer personaje es, o parece, imposible. En «La zarza ardiendo» Grimau y Solda son padrastro e hijastra, unidos en secreto por una pasión que no confiesan y apenas si se confiesan. Es posible que se haya buscado en el reestreno de la pieza de González Castillo y Mertens una reproducción del éxito de la serie, por donde estaríamos ante una operación comercial; esto es la superficie, pero hay también un homenaje sincero al teatro de comienzos de siglo y a los autores de «La zarza ardiendo» en particular. Si los teleteatros estiran y sobreescriben las situaciones, a menudo sus conflictos son auténticos. Amores imposibles, circunstancias insuperables, incidencia de lo inesperado: todo aquello que nos pone a prueba, marca nuestros límites, aniquila nuestras ilusiones y nos devuelve a la humildad de nuestra dimensión humana. No en vano el teatro de comienzos de siglo fue un anticipo de las seriales de hoy; de ese teatro se pasó al cine y a la televisión. El reestreno de «La zarza ardiendo» es un natural regreso a los orígenes.
«La zarza ardiendo» tiene hoy una notable actualidad. El conflicto que plantea, el amor mutuo entre un padrastro (Gustavo, por Antonio Grimau) y su hijastra (Emilia, por Malena Solda), con sus consecuencias de orden social, está plenamente vigente. Antes de comenzar la acción la esposa y madre se ha suicidado; asistimos al gradual descubrimiento de la pasión, primero en el hombre, que reprime avergonzado toda manifestación, luego en la muchacha, que se siente pisar el temible territorio de lo prohibido. Hay todavía un segundo tema que acompaña, desarrolla y realimenta al primero y que también está visto con gran fuerza: el efecto mortífero del suicidio, la gran incógnita de a quién quiere aniquilar el suicida. Se adivina, sin que los autores lo digan, la frustración de la muerta y su odio por su hija y su marido; los enfrenta con la verdad, que ya no podrán dejar de ver, a través de su muerte, para destruirlos; y poco le falta para conseguir sus propósitos. Werther, en la novela de Goethe, se suicida con la pistola de su rival, Alberto; la víctima quiere ser, desde la tumba, el victimario.
La escritura es firme y los diálogos verosímiles. El notable crítico argentino Ernesto Schóo ha señalado con fina ironía la presencia de un personaje, usual en el teatro del siglo XIX, en este caso el doctor Veiga (Jorge Rivera López), un médico meterete que es el confidente de toda la familia y a cuyo cargo está hacer avanzar la acción y aún representar, con sus comentarios, el saber convencional; también tiene un papel similar, en un segundo plano, el mayordomo Juan (Carlos Ameijeiras). Ambos funcionan como el coro griego, que también intervenía en la acción y que también sabía dar consejos latosos; un comodín con el que producir, si cuadraba, encuentros, reencuentros e insólitas situaciones. Son adminículos del teatro, módicos «Deus ex machinae», como lo es, también, el cofre que Gustavo revisa en el primer acto y se desparrama peligrosamente en el último, que encontramos también, como el marco de un cuadro, en «El tesoro de la casa» del mismo Federico Mertens.
Para nosotros estas convenciones no son un demérito, como no lo son los personajes de Shakespeare que, para servir la velocidad vertiginosa del autor, dicen, no bien se levanta el telón y de cara al público, todo lo que debemos saber antes de que la verdadera acción comience. Encontramos en «La zarza ardiendo», además de la precisión del diálogo y de la acertada construcción del drama, varios méritos. El primero es el arrojo para afrontar el difícil y riesgoso tema. Los autores se niegan a concluir con una moraleja y abordan el argumento sin concesiones ni mojigatería, con un final abierto por donde los espectadores atisban la posibilidad de que el amor, que no ha sido ilícito, logre realizarse; no olvidemos que, bastante tiempo después, Roberto Giusti calificaba a la relación entre el padrastro y la hijastra de esta obra como «monstruoso connubio». El segundo mérito es que la acción se desarrolla ante nuestros ojos. No nos la cuentan; asistimos a las dudas y mortificaciones de los agonistas y los espectadores invadimos el living de la casa; el final, a la vez siniestro y esperanzador, donde el amor se toca de nuevo con la muerte, tiene el sello de la garra trágica de Federico Mertens. No en vano la obra alude desde el título a su obra anterior «La zarza en llamas», cuya última escena es también de una potencia dramática de primer orden.
Los méritos se extienden a la puesta en escena de Raúl Brambilla, que es buena en general; había una clara posibilidad, no aprovechada, de actualizar la obra, presentándola con la perspectiva de hoy y enjuiciando simultáneamente, desde el año 2003, a la obra, a sus autores y a sus ideas. El peso de las convenciones sociales, cambiando lo que haya de cambiarse, es el mismo, y existen hoy, bajo distintas formas, tanto los doctores Veiga, como las intrépidas vecinas Anatilde (Silvina Bosco) y Jorgelina (Patricia Moreno); el doctor Veiga, en particular, podría ceder su terreno a alguno de los «comunicadores sociales» de hoy, esos meteretes profesionales, falsamente sensatos, que insisten en invadir nuestra intimidad y soplarnos lo que debemos pensar, consejos que siempre son acordes a las conveniencias de la clase dominante. Porque tanto José González Castillo como Federico Mertens supieron introducir en sus obras, sin faltar a la belleza ni transformarlas en panfletos, la clara conciencia de que el arte, por el solo hecho de existir, arremete contra «los pilares de la sociedad». Merecían la posibilidad de un reexamen y de una discusión. *
LA ZARZA ARDIENDO, tres actos de Federico Mertens y José González Castillo, con Antonio Grimau, Carlos Ameijeiras, Jorge Rivera y López, Silvina Bosco, Patricia Moreno, Malena Solda y Marcelo Minino. Escenografía y vestuario de Marcelo Pont Vergés, iluminación de Carlos García, dirección de Raúl Brambilla. En Teatro Nacional Cervantes, Córdoba y Libertad, Buenos Aires.
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