Aquella nueva sensibilidad
Fue en la ciudad de Pando hace dos décadas. Los que estábamos allí, en un pequeño grupo el colega Guillermo Baltar, algunos artistas plásticos y la tribu efervescente contra el escenario , aquel concierto de Los Estómagos fue absolutamente revulsivo y desacomodador. Personalmente, noté que estaba asistiendo a una lógica de cambio contracultural que seguramente iba a tener sus mínimas adhesiones de porte cogeneracional y, en otro orden, críticas feroces que llegaron, inevitablemente de quienes, en aquel momento histórico del país, pensaban a toda gestualidad roquera como el resultado de una nueva penetración colonialista.
Lo cierto es que el show, despojado e intensísimo, nos deslumbró a todos.
Porque Los Estómagos, desde un lugar puramente emocional, y a partir de textos cortantes y urgentes, algunos de cuño generacional, se habían convertido en provocadores, casi en francotiradores de una cultura uruguaya que se resistía a los a los cambios.
Fue el puntapié inicial de una sensibilidad en la historia de la música popular uruguaya. Y, a partir de allí, Los Estómagos fueron haciendo historia con la medida de la grandeza. Con textos económicos aunque punzantes y con una construcción sonora que se apoyaba en la estética punkie, para darle a la propuesta un trazo de identidad a escala local.
Los Estómagos eran un torbellino en escena: esa es la imagen que mantengo en la memoria como una polaroid hiperauténtica y de una nobleza de propósitos fuera de los común o de la media musical por aquel episodio epocal.
Poco a poco, Gabriel Peluffo y los suyos se transformaron en voceros de una generación. Rotaron de los conciertos de tonalidad under a los grandes festivales y, en la perspectiva, uno recorre la obra fundada y la mayoría de las canciones poseen el impacto doblegador de la vigencia, algo que los Buitres el posterior grupo sin la participación del Hueso Hernández, músico inspirado si los hay no lograron ni ya lograrán (aun cuando fundaron discos de envergadura) ser el modelo o eje en que devinieron Los Estómagos.
Es que Los Estómagos, desde Pando, transmitieron desde el vamos una convicción compositiva y expresiva (a la hora de sus febriles conciertos) que generó una incidencia de menor a mayor en la tribus jóvenes y, además, la posibilidad cierta de promover una corriente musical donde asomaron otros grupos de importancia decisiva como Los Traidores y Neoh 23. Después llegarían Zero, Los Tontos, ADN, Cadáveres Ilustres, Los Invasores, Puti Club, Alvacast, entre tantos otros, para redondear una multiplicidad de discursos de clara sintaxis roquera.
Fue maravilloso, excitante, intenso, pero terminó porque hubo errores que no vienen al caso comentar, para qué remover las aguas: los imbéciles seguirán siéndolo y los aprovechadores o paracaidistas del resurgimiento de aquella movida roquera, mataron la gallina de los huevos, así de simple que, por inexperiencia, ya no se pueden remediar. Hay situaciones que, evidentemente, ya no tienen punto de retorno.
No hay que colocarle nostalgia a esos asuntos, creo yo, porque terminaríamos tendiendo a evocaciones inconducentes. Los Estómagos, esto es su obra, se defiende solita y más que nunca nos trasciende a todos y está viva y coleando.
Lo que sí puedo evocar, de aquella noche de Pando, es que nunca había visto face to face tanta pasión en un escenario. Tantas ganas de decir una suma de convicciones y de lecturas de la realidad en formato de rocanrol. Los Estómagos lo lograron, como pocos. Recordarlos es, en definitiva, celebrarlos.
Y celebrarlos, pues, es seguir escuchándolos porque, como ellos dicen, vale citarlo, la música está enferma y nosotros también *
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