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La pasajera

Hoy observamos con indisimulable perplejidad, las sugestivas estadísticas sobre rupturas sentimentales, cuyos guarismos se han disparado como nunca antes en el pasado en nuestro país.

La familia nuclear, una institución otrora respetable y considerada un auténtico pilar de la sociedad uruguaya, se está haciendo añicos como referente social y columna vertebral de la arquitectura comunitaria.

Para interpretar este tema desde una óptica naturalmente nada científica pero igualmente válida, resulta insoslayable analizar el agudo deterioro de las condiciones de vida que padece nuestra sociedad en su conjunto.

Esta enfermedad no se identifica ciertamente con ninguna suerte de patología colectiva, sino con la coyuntura de endémica crisis que padecemos desde fines del siglo pasado.

Los problemas económicos, situado naturalmente en el primer lugar de la agenda de prioridades de los uruguayos, generan desencuentros y fundados sentimientos de frustración.

Más allá de pautas comportamentales siempre mutables en función de las nuevas tendencias, en muchos casos los roles se han modificado radicalmente.

Es frecuente observar que en numerosos núcleos familiares, la referente es actualmente la mujer que carga con el peso de la manutención, porque el hombre está desempleado y consagrado a las tareas domésticas.

Esta situación no debería alarmarnos si se atribuyera a un pacto de mutuo consentimiento entre los cónyuges, que responde a cambios culturales y nuevas normas de convivencia.

Sin embargo, la realidad marca  claramente  que el hombre, en muchas situaciones, ha sido relegado a un papel diferente al que habitualmente desempeñaba por razones puramente económicas.

Ello genera recurrentes desencuentros de pareja y naturalmente una sensación de profunda frustración, cuando se asume una pérdida de protagonismo que también se traduce en una estrepitosa caída de la autoestima.

El clima de tensión es percibido también por los hijos, quienes se ven compelidos a madurar antes de tiempo sin quemar las indispensables etapas de crecimiento ni comprender lo que está realmente sucediendo en torno a ellos.

Obviamente, no estamos ensayando una apología de los modelos machistas o patriarcales que consideramos perimidos, sino reivindicando la necesidad de reconstruir la armonía familiar a partir de determinadas reglas de convivencia.

Existe un responsable directo que obviamente no vive bajo el mismo techo que la familia, pero que es insoslayable mencionar: el modelo económico y social imperante, que condena a miles de uruguayos a la desocupación, la pobreza, la marginalidad y la incertidumbre.

Hoy la familia nuclear, proclamada recurrentemente como la base de la sociedad por los mismos que la están destruyendo, es una institución en crisis y permanente riesgo de descomposición.

La atomización no está obviamente sólo ligada a rangos sociales, sino que también afecta a los estratos privilegiados. Sin embargo, también en estos casos hay componentes intrínsecos a la convivencia y sus cada vez más desvirtuados valores.

Otro fenómeno determinante y vinculado a la realidad cotidiana es la emigración, que afecta particularmente a los más jóvenes, separa a los padres de sus hijos e incluso a los integrantes de la pareja.

Esa dolorosa diáspora, que asume hoy niveles similares a los registrados durante la dictadura, se ha transformado en un factor de desintegración, atomización y desestructuración.

Obviamente, la disolución de los vínculos conyugales con una tasa siempre en ascenso, no sólo se origina en la situación que padecemos todos los uruguayos. También las rupturas son la consecuencia de desencuentros afectivos, más frecuentes en tiempos de angustia colectiva en los cuales el individualismo suele asumir dimensiones más exacerbadas.

Es claro que el amor que trasciende al mero afecto, sufre en el decurso de una relación de pareja un inevitable proceso de desgaste, a menudo mitigado por la presencia de los hijos, los compromisos morales y los intereses comunes.

Aún en las situaciones irreconciliables, las rupturas suelen ser dolorosas, porque la separación siempre supone la caída del telón de una etapa de la vida y una posterior emergencia de reconstrucción en términos bastante más perentorios. Agotado el tiempo del romanticismo y el enamoramiento típicos de la juventud, la resurrección afectiva se torna en consecuencia una suerte de epopeya existencial, en la cual el mayor enemigo suele ser el estigma del pasado fracaso y el temor a una nueva frustración.

Aunque los mandatos del corazón son casi siempre bastante más poderosas que las de la razón, volver a amar con la misma intensidad se transforma  casi siempre  en una experiencia singularmente compleja e incluso, en algunos casos, hasta tortuosa.

En «La pasajera», la escritora uruguaya Andrea Blanqué construye un micromundo afectivo sacudido por traumáticas tempestades, soledades, ausencias, angustias, desencuentros y amores horadados por el tiempo y la distancia.

Poseedora de una escritura de profundas inflexiones emocionales, esta autora compatriota ha desarrollado una prolífica carrera literaria que transitó los territorios de la poesía y el cuento.

«Y no fueron felices», «Querida muerte» y «La piel dura» son tres obras bien representativas de una sensibilidad sin dudas singular, que ha permitido a Blanqué ganarse un lugar de consideración en el paisaje literario nacional.

«La Sudestada», su primera novela, que cosechó el Premio Revelación Bartolomé Hidalgo», confirmó la evolución de la madurez creativa de la autora, que asume en esta oportunidad el desafío de concebir una obra bastante más elaborada y meditada.

La protagonista de «La pasajera», que es obviamente la segunda novela de Andrea Blanqué, es una profesora de Geografía abrumada por la soledad, el vacío afectivo y la imperiosa necesidad de reconstruir su vida.

Cerca del crítico umbral de los cuarenta años, que suele generar alarma porque ya se ha dejado atrás la mitad de la existencia biológica, esta atribulada mujer vive junto a sus dos hijos, luego de divorciarse de su marido que emigró rumbo a Israel.

Aunque a miles de kilómetros de distancias el bibliotecólogo insiste en su aspiración de reunirse con su familia, lo cierto es que la relación de pareja está definitivamente agotada. Sucede lo que sucede, ya nada será igual.

Al resquebrajamiento de los afectos y las pasiones consumidas, se suma naturalmente la distancia y la incertidumbre por la supervivencia de ese hombre cada vez más distante y desarraigado, cuya vida corre grave peligro en una de las regiones más violentas y convulsionadas del planeta.

Sofocada por la rutina y una existencia gris y despojada de todo incentivo, la docente fabrica un micromundo paralelo que atesora en un cuaderno de tapas duras, donde evoca su pasado y reflexiona recurrentemente en torno a su presente.

Su obsesión, además de la soledad y el sentimiento de desamparo, es el advenimiento de la vejez aún distante en el tiempo, pero que ella percibe como una situación inminente.

Aunque tiene una vida espiritual muy intensa, en ese soliloquio que imprime en el cuaderno se confiesa atea, admitiendo  no obstante  que quizás Dios aflore en su corazón cuando las arrugas se apropien de su rostro y las fuerzas comiencen a abandonarle.

La autora sugiere una mixtura entre el desencanto, el temor y la resignación, para describir el itinerario existencial de una mujer que vegeta cotidianamente sin ningún otro estímulo que cuidar de sus hijos, impartir sus clases en un liceo nocturno y visitar a su madre, que siempre fue una solitaria como ella.

Sin embargo, como todo padecimiento tiene un bálsamo aunque éste sea un mero espejismo, la protagonista evoca en su diario íntimo los numerosos viajes de su juventud a remotas regiones y el tórrido romance con su ex marido que luego se agotó.

Buscando obsesivamente reconstruir su identidad, registra imágenes de su infancia junto a su madre que es maestra, del siempre distante padre y de la enigmática abuela soltera de origen alemán.

Visualizando que los afectos de pareja son tan efímeros como la vida porque el amor para ella se transformó en rutina, luego en indiferencia y finalmente en ruptura, la docente transita los territorios de la noche del liceo nocturno, donde  entre bostezo y bostezo  transcurre el aprendizaje.

En este contexto aflora una crítica no tan subliminal a la situación de los educadores uruguayos, que deben asumir cotidianamente la tarea de formar a las nuevas generaciones a cambio de salarios miserables, con mínimos estímulos y en condiciones de trabajo que distan de ser las más adecuadas.

Ni las frecuentes salidas con amigas logran romper el asfixiante cerco emocional de este ser humano vacío y desmotivado, porque ellas también son divorciadas y solteras que sólo buscan un momento de esparcimiento o de sexo sin amor para olvidar sus miserables vidas.

La autora describe los paisajes nocturnos de nuestra cada vez más deprimida Montevideo, su fauna a menudo marginal y los juegos de seducción que sólo fugazmente mitigan el sufrimiento.

En la fantasía escritural de la protagonista hay una presencia masculina y un imaginario romance de sueños mojados y sábanas empapadas en soledad, con un alumno confinado en una silla de ruedas por un grave accidente. Ese nuevo sentimiento asume perfiles contradictorios, entre la pasión inconfesa y la solidaria conmiseración.

Otros personajes no menos singulares nutren las obsesiones de la educadora: el hermano que es casi un clon del discapacitado, una anoréxica profesora de filosofía que es censurada por mencionar al sexo y la muerte en sus clases, otra docente de matemática que teme por su fuente de trabajo, la resignada madre de la protagonista y el acaudalado padre de su ex esposo.

En ese libro de tapas duras se refugia el alma angustiada de la protagonista, que documenta la tragedia de un suicidio que cruzó los umbrales de la depresión, la rebeldía ante una sociedad clasista y autoritaria, la nostalgia, los afectos amputados, un Montevideo de gente apurada y ensimismada y el crudo rostro de la pobreza y la marginalidad que se va apropiando de la topografía urbana.

En clave coloquial y construyendo su relato siempre en primera personal, Andrea Blanqué describe los paisajes de una ciudad cada vez más decadente y degradada por la crisis, los locales oscuros y abandonados que antes fueron bulliciosos comercios y la sensación de desencanto colectivo del desgarrado tejido social. «…Sólo han pasado cien años y la batalla del tiempo ha dejado caer sus bombas de pobreza, un terremoto sigiloso y decadente muestra las ruinas de la ciudad devastada…», reflexiona la autora con removedora convicción.

Más allá de la mera peripecia novelesca, la narradora construye una devastadora alegoría de los tiempos posmodernos en toda su crudeza y contundencia, en los que la soledad, la angustia, el dolor, el amor agotado, la pasión, la violencia, la guerra, la miseria y la incertidumbre derrotan cotidianamente a los sueños.

En cierta medida, la totalidad de los ficticios personajes del relato son perdedores y escapistas empedernidos que huyen de sus propias realidades, viajando a otras distantes regiones del planeta, suicidándose o  como en el caso de la protagonista  registrando sus secretos y reprimidas emociones bajo las lapidarias páginas de un grueso cuaderno.

Mediante elocuentes metáforas, Andrea Blanqué extrapola los desolados paisajes de un país postrado con los universos íntimos de la protagonista, tan desamparada y frustrada en sus demandas y utopías como el Uruguay del siglo XXI.

La propia portada del libro, que muestra a una mujer de espaldas en primer plano y otras siluetas humanas muy distantes cargando pesadas valijas, sugiere múltiples lecturas en torno a la incomunicación, la soledad, el espíritu emancipador que se transforma en huida compulsiva y hasta el exilio, que en este caso también es afectivo.

Aunque la protagonista de la historia es una mujer, la autora no cede a la habitual tentación del discurso de militancia feminista. Por el contrario, en cierta medida, insinúa que todos somos un manojo de visceras y miedos, seres frágiles y falibles, arquitectos de nuestros destinos y permanentes reconstructores de perdidas identidades.

(Editorial Alfaguara)

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