II Bienal de Valencia: La ciudad ideal
Es todo un tema. Valencia es, hoy por hoy, una (o la más) de las ciudades más hermosas y atractivas de España porque se actualiza sin perder el diálogo social en calles y plazas, la espontaneidad de la comunicación entre los ciudadanos. La construcción está en plena efervescencia y las firmas de las estrellas de la arquitectura no escasean desde el modernismo (Francisco Mora, con el fantástico Mercado Colón recién restaurado) hasta la actualidad (Norman Foster, Santiago Calatrava, Guillermo Vázquez Consuegra). El Carmen, barrio antiguo, muy deteriorado, sufre los embates de las demoliciones y el plan de la muralla árabe amenaza con echar abajo edificios de los siglos XVIII y XIX, al que se oponen vecinos y arqueólogos. La ciudad ideal en el ojo de la tormenta.
Catherine David hizo escuela. Desde su revolucionaria Documenta X, el arte adquirió dimensión plural por toda la ciudad y así sucedió con las últimas bienales vénetas. Al socaire de esa innovación está la segunda bienal valenciana con La ciudad ideal, trece módulos interdisciplinarios que se extienden hasta el mes de setiembre con representaciones de ballet (compañía de Alicia Alonso), teatro (directores Carles Santos, Peter Brook, Bigas Luna) en una concepción de la directora artística para las artes escénicas Irene Papas. Ya se anticipó desde estas páginas (9 de junio) los detalles de cada rubro y, por razones de espacio, no es conveniente insistir.
La II Bienal de Valencia cumple muy bien con algunos objetivos. Triunfa, con notables hallazgos, en el sector Microutopías-arte y arquitectura (una divisoria que errónea pues la arquitectura es arte) en las Reales Atarazanas, un maravilloso edificio gótico que sirvió para reparación y depósitos de embarcaciones, donde se cumple con el examen crítico de los diferentes modos de apropiarse de la ciudad: desfilan los conocidos arquitectos Frank Ghery, Rem Koolhaas (excelentes videos); Yona Friedman (rescatado en la Documenta y en Venecia), Constant, Toyo Ito, alternando con los ya famosos grupos Assymptote, Coop-Himmenbau y el taller van Lieshout (también en Venecia) y las personalidades de Miquel Navarro, el portugués Leonel Moura, Jason Rhoades, Vitto Acconci, entre otros. Los proyectos son deslumbrantes, a veces divertidos, siempre de enorme interés.
Algo similar ocurre en El almacén del adecuado comportamiento en el Convento del Carmen, otro hermoso, reciclado edificio. Similar a Estación Utopía de la Bienal de Venecia por su apuesta a la ironía y al humor, esta sección consta de diversos departamentos (lectura, erotismo, bebidas, fumadores, belleza, plantas) de una riquísima inventiva que solamente con la visita y la participación adquiere sentido. Los responsables son Will Alsop y Bruce McLean que condujeron un numeroso elenco de colaboradores con refinado sentido del diseño.
Al lado, en el Museo del siglo XIX, el curador Javier Pérez Rojas desarrolló con acierto La ciudad placentera una mirada urbana con pinturas (Sorolla, Pancho Cossio, Barradas, Palencia) que sigue con afiches de las primeras décadas del siglo pasado (Publicitar el optimismo) y se resiente ligeramente en el capítulo De la nuit a la noche española.
El tercer aspecto positivo se sitúa en el nuevo Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (Muvim), donde el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado registra en blanco y negro, en Rostro, espejo de la sociedad, aspectos de valencianos anónimos y conocidos, en grupo o aislados, en una parcial visión.
Menos convincentes resultaron El museo del pasado imperfecto en Los Palacios, a cargo del cineasta británico Mike Figgs, Solares o terrenos baldíos con intervenciones en las paredes derruidas (en un momento crucial del tema) o plazuelas de gente famosa (Marina Abramovic, Wim Delvoye, Gilbert & George, Dennis Openheim, los Poirier, Orlan, Pistoletto, Win Wenders), muy difíciles de localizar (la señalización de la Bienal es deficiente o nula) y que se parecen a las intervenciones pictóricas de Montevideo en la Ciudad Vieja: inútiles y sin ninguna relación con la idiosincracia barrial. Más imaginativa, aunque no mucho, es la fuente-mujer de Ilya y Emilia Kabakov, llamada La dama de alambre. De una arrasante mediocridad, en El Almudín, las pinturas de Vangelis, más famoso por su música que acompaña a una muestra incomprensible, así como la escasa imaginación de los niños en el edificio de la Torre del Reloj del Puerto, en un aburrido desfilar de monotonías. Perdida y casi invisible es Arquitectura efímera distribuida en estaciones de transporte y Sociópolis en San Miguel de los Reyes.
Un voluminoso catálogo provisorio y numerosos folletos (más manejables al recorrer las diferentes muestras) complementa la bienal que, sin lograr enteramente sus propósitos y con las deficiencias apuntadas, es un acontecimiento importante, ya consolidada entre sus colegas mayores y un punto de indudable referencia internacional. *
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