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"Aroma de recuerdos"

El vidrio del bar anuncia con chorreadas letras «Hoy buseca». El viejo escribidor vicha de reojo y se imagina el humeante plato. Sus tantos pirulos a cuesta sólo le permiten hacerse el bocho. Y se refugia en el sabroso aroma de los recuerdos. Agita sus brazos para atraerlos, como «el hondero entusiasta» de Neruda y sacude la matraca de la memoria compañera. Lindos morfes que apechugaban el frío, en los lejanos años del Montevideo del Ayer. Comidas del interior que se afincaron en los barrios populares.

La mazamorra tuvo mucha entrada en los vecinos laburantes. Era un maíz blanco que se hervía y comía más bien con leche. También era servida como un guiso, con porotos, papas y si había guita, unos pedazos de carne. Días en que la familia comía junta y se estrechaba el cariño alrededor de la gran mesa. Andan las doñas y sus domésticas magias en la gran cocina de fierro. Un aparatejo a puro carbón de piedra y se tiznaba la olla con el tesoro del caracú. Un botijita se asoma y, en un descuido de las abuelas, moja el marsellés en esa sabrosona delicia. Aun a riesgo de mancharse la túnica con la grasa y de un coscorrón que andaba boyando. Otra sopa que se las traía era la menestrún.

Con carne de la barata aguja, se le agregaban choclo, trozos de chorizo y si podías algún tocinito y ¡vamo’ arriba! La tía la servía bien espesa y sonaban las cucharas rascando el fondo del plato. Las llamadas carbonadas, hoy son un tibio recuerdo escondido en algún zaguán del tiempo. Con mucha carne de chancho, como decía el abuelo de blanco pañuelito al cuello. En muchos hogares se estilaba, todos los sábados, la sopa con cabellos de ángel quizás buscando la buena suerte. La justa es que cuando le agregaban pedacitos de pan frito en aceite, hasta los duendes del sótano disfrutaban del gustito delicioso. Los domingos la pasta era ineludible. Todos colaboraban para amasar y cortar la masa, muy finita para el tallarín y ¡dale a la ruedita! si eran ravioles.

El tuco de gallina se cocinaba en grandotas ollas de barro, vigilado por un pariente comedido que, ginebrita en mano, a cada rato mojaba el pan. La cazuela no faltaba en el bravo agosto. Un vecino le ponía longaniza y picantón chorizo colorado. Si se le iba la mano, todos apagaban el incendio con el vino mezclado con gaseosa de bolita. Flor de postre, las mermeladas de manzana cocinadas en las ollitas de bronce que le comprábamos a las andariegas gitanas. También el gofio con azúcar y las torrejas, bañadas en cristalino almíbar. Y aunque sea de memoria, hoy quedamos bien pipones. Los esperamos los sábados a las 18.30, en 1410 AMLIBRE, a pura música y recuerdos. *

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