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Uruguay 9/11

A diferencia de la naturaleza, donde prevalece la ley del más fuerte y se impone la especie zoológica más apta para sobrevivir, en la sociedad las relaciones entre semejantes están regidas por normas jurídicas.

No en vano el ser humano construyó modelos de convivencia sujetos a leyes, decretos y otros compromisos que establecen derechos y obligaciones, procurando amparar a los más débiles de los abusos perpetrados por los más poderosos.

Sin embargo, aún en aquellas comunidades que se ufanan de ser paradigmas de democracia, pluralidad y representatividad, es habitual observar expresiones de prepotencia e intolerancia.

La regular concurrencia a las urnas y la libre expresión del pensamiento tan arraigadas en el discurso de los personeros de la sociedad burguesa, no siempre garantizan el pleno usufructo de los derechos individuales consagrados en las constituciones.

La política, en efecto, es una práctica pródiga en demagogias y subterfugios, en la que es habitual que la teoría no se compadezca con la práctica y la mentira se institucionalice en detrimento de la verdad.

En esas circunstancias aflora la tentación autoritaria, que aún conservando una fachada democrática, se suele apropiar de la voluntad colectiva hasta reducirla a su mínima expresión.

Cuando se fractura el pacto que preserva la siempre frágil armonía de la convivencia colectiva, los actores sociales ingresan en un terreno fangoso que los puede precipitar al abismo de la compartimentación.

Es en esas situaciones que afloran los grandes conflictos no siempre susceptibles de ser dirimidos mediante el consenso o la negociación, porque es la credibilidad del sistema la que está en tela de juicio.

Este es un terreno propicio para la violencia en sus múltiples acepciones, que trascienden a la mera agresión, práctica represiva o abuso de poder.

Aunque las definiciones convencionales no lo consignen, la pobreza es quizás la peor modalidad de violencia, porque viola derechos humanos elementales y condena a quienes la padecen a vivir en condiciones indecorosas.

La muerte de un niño por desnutrición  un episodio inédito en el pasado pero hoy lamentablemente frecuente en nuestro país  debe ser tomada como un síntoma muy inquietante de la desintegración que hoy desgarra dramáticamente nuestro tejido social.

Ello afecta incluso la identidad del Uruguay, una nación otrora paradigmática que ostentaba un envidiable estilo de vida, con trabajo para todos, un nivel educativo que empardaba al de los países desarrollados y una ejemplar cultura de tolerancia.

Sin embargo, los responsables de esta situación padecen una ceguera contumaz, que les impide percibir que estamos transitando un sendero traumático y peligroso.

Aunque parezca inverosímil, es habitual observar permanentes debates sobre la situación de los derechos humanos en otras latitudes y la aprobación de declaraciones de condena.

Quienes insisten en estas actitudes persiguen claramente el propósito de desviar la atención que debería concentrarse en nuestros problemas domésticos, que son tan graves como abundantes.

El poder no parece asumir que está engendrando la misma violencia que recurrentemente proclama combatir, cuando auspicia y tolera la cada vez más amplia brecha entre pobres y ricos, privilegiados y postergados, integrados y marginados.

En la media que persistan las intolerables condiciones de desigualdad social que aquejan a miles de uruguayos, los discursos seguirán vaciándose de contenido teórico y la propia democracia ingresará cada vez más en controversia.

Más allá de nuestras propias peculiaridades, los gobernantes uruguayos emplean  en el ámbito interno  el mismo catecismo falaz y tendencioso de los portavoces del imperialismo unipolar que monopoliza el poder económico, financiero, comercial y militar a nivel global.

Toda las voces disidentes son satanizadas, en un claro alineamiento con el discurso vociferado hace dos años desde la Casa Blanca y el Pentágono, tras los trágicos atentados del 11 de setiembre de 2001. La apócrifa tesis de la batalla entre el Bien y el Mal  proclamada con una puerilidad rayana en lo demencial desde la mayor potencia mundial  seguramente en esta oportunidad alimentará muchos de los debates preelectorales en nuestro país.

En «Uruguay 9/11″, el periodista y escritor uruguayo José Luis Martínez construye una minuciosa crónica de los ataques perpetrados en 2001 contra las torres gemelas y el Pentágono, analizando, además, de qué modo afectaron esos dramáticos acontecimientos a la sociedad uruguaya.

Martínez, autor de «Uruguay 1989″, «La Cuba disidente», «La trama secreta del caso Nicolini» y «Queridos gallegos», evoca los hitos medulares de un proceso que  en el devenir del tiempo  precipitó a la humanidad hacia la primera guerra de exterminio del siglo XXI.

Para refrescar la memoria del lector, el comunicador recuerda la crucial jornada del 11 de setiembre, que modificó radicalmente el paisaje geopolítico mundial.

Ese día, a media mañana, miles de absortos uruguayos observaron  vía satélite y a través de las cadenas televisivas internacionales  como dos aviones de pasajeros impactaban a las dos gigantescas torres gemelas de Nueva York, iniciando un espiral de horror, muerte y destrucción. Poco después, se conocía que un tercer aparato se había precipitado sobre el edificio del Pentágono y un cuarto avión siniestrado había caído en un sitio inicialmente no determinado.

Por unos minutos, los relojes de la historia se habían detenido. En esa luctuosa jornada, se reinauguró la confrontación bipolar aparentemente sepultada desde el descongelamiento de la prolongada Guerra Fría.

En medio de la furia y la consternación, las autoridades norteamericanos identificaron a los autores del mortal atentado: varios comandos de la fundamentalista organización Al Qaeda, que encabezaba el millonario saudita Osama Bin Laden.

Con criterio eminentemente periodístico, José Luis Martínez reconstruye paso a paso todo lo sucedido, desde los minuciosos preparativos del atentado que insumieron varios años, hasta su fase de ejecución.

Apelando a abundante material de archivo y el aporte de documentos adicionales no tan conocidos, el autor se interna en el ojo de la tormenta de esa impactante tragedia colectiva, que arrojó un saldo oficial de más de tres mil víctimas.

El escritor analiza el trauma emocional derivado de los ataques, el impacto económico, las millonarias pérdidas, las indemnizaciones a las familias damnificadas, el espeluznante operativo destinado a la recuperación de los fragmentos anatómicos de las víctimas y la limpieza de la denominada «zona cero».

Sin soslayar ningún detalle revelante, el periodista recuerda la investigación destinada a determinar las circunstancias de los atentados terroristas y la eventual responsabilidad de los organismos de seguridad.

Casi dos años después, el interrogante sigue siendo el mismo y aún no tiene respuesta: ¿por qué la CIA no informó al FBI que existían indicios de un posible atentado de proporciones devastadoras?

José Luis Martínez revela detalles de la pesquisa, los previsibles conflictos de intereses y los informes reservados que nunca se conocieron públicamente.

La hipótesis más verosímil es que se procuró ocultar la eventual responsabilidad de la Casa Blanca y los nombres de los sauditas vinculados a la realeza de ese país, que financiaron clandestinamente las actividades de la organización Al Qaeda.

Al respecto, es pertinente recordar que Arabia Saudita es quizás el más sólido aliado estratégico de los Estados Unid
os en Medio Oriente y uno de sus principales proveedores de petróleo.

José Luis Martínez transcribe parcialmente múltiples opiniones de analistas internacionales, que observan los atentados como un duro golpe a la soberbia norteamericana representada en las torres gemelas, icónicos símbolos del poder financiero.

El autor analiza la psicosis colectiva y la posterior sensación de inseguridad que invadió a los habitantes de la potencia del Norte, el individualismo que se tornó cada vez más exacerbado y el denominado síndrome postraumático.

Una de las caras visibles de ese estado de conmoción colectiva fue la afectación sobre los niños, el aumento de los casos de depresión y el incremento del consumo de alcohol, entre otras consecuencias no menos graves y devastadoras.

Con relación al impacto económico, el periodista recuerda particularmente la pérdida de puestos de trabajo causada por la desaparición del complejo financiero siniestrado, así como la crisis de las empresas de transporte aéreo derivada del temor y el consecuente derrumbe de la industria turística.

Uno de los capítulos sin dudas más relevantes y esclarecedores de la obra es el consagrado a la historia del magnate saudita Osama Bin Laden, líder de la organización que perpetró los devastadores atentados.

Este personaje, transformado en el hombre más buscado en el mundo entero, fue, en el pasado, aliado de los norteamericanos.

El escritor recuerda que Bin Laden encabezó la resistencia contra la ocupación soviética en Afganistán, para lo que contó con apoyo de los Estados Unidos, tanto en materia económica como logística y de suministro de armamentos.

La actitud del saudita cambió radicalmente, luego que la Casa Blanca decidió a atacar a Irak durante la presidencia del padre del actual mandatario estadounidense. Incluso, la familia del líder de Al Qaeda mantuvo, en el pasado, estrechas relaciones comerciales con el clan Bush.

El escritor desmenuza algunas de las claves de la nueva bipolaridad planetaria que enfrenta a la primera potencia económica y militar contra el terrorismo de origen fundamentalista, un enemigo sin rostro y sin ubicación geográfica definida que puede atacar en cualquier momento.

Un documento de la propia CIA resulta esclarecedor, al admitir que en Medio Oriente subsisten muchas de las causas que abonan la acción de los extremistas islámicos, al igual que en otros puntos del globo donde la marginación puede alimentar focos de violencia.

El autor aporta una completa síntesis cronológica de los atentados, así como de otros acontecimientos que precipitaron la trágica jornada del 11 de setiembre.

El libro releva los posteriores realineamientos para enfrentar el «enemigo común», el discurso satanizador y amenazante pronunciado desde la Casa Blanca y  tras la solidaridad inicial  el rechazo que generó el visceral belicismo maniqueísta de George Bush.

Proyectándose hacia el presente, José Luis Martínez analiza también la controversia doméstica que sacude a Estados Unidos por la operación militar contra Irak y la no aparición de los armamentos de destrucción masiva invocados para perpetrar la sangrienta invasión.

El autor dedica los últimos capítulos de su libro a las víctimas uruguayas, el compatriota muerto que viajaba en uno de los aviones que impactaron a las hoy desaparecidas torres gemelas y los uruguayos que salvaron sus vidas descendiendo desde el piso 85 de una de las estructuras arquitectónicas. Los testimonios son realmente conmovedores.

Asimismo, se evoca el repudio generalizado de todos los partidos políticos uruguayos, los debates parlamentarios con fuertes matices, las insólitas declaraciones belicistas del embajador norteamericano Martín Silverstein, el caso del uruguayo preso en Miami y la sensación de estupor e inseguridad que estremeció a nuestra sociedad.

El autor reconstruye todas las reacciones internas a los trágicos atentados, transcribiendo discursos, declaraciones políticas, versiones taquigráficas y notas editoriales, entre ellas la del director de LA REPUBLICA, Dr. Federico Fasano Mertens.

«Uruguay 9/11″ excede claramente el mero propósito de cronología histórica, para erigirse en un contundente testimonio de la violencia política que estremece a la humanidad en este recién inaugurado tercer milenio.

El libro no se limita a evocar los acontecimientos que estremecieron al mundo el 11 de setiembre de 2001, fecha que coincide con otro luctuoso episodio acaecido hace casi 30 años: el derrocamiento del presidente socialista chileno Salvador Allende mediante un golpe de Estado militar coincidentemente alentado por los Estados Unidos.

Más allá de las víctimas y los daños materiales, la obra aborda el análisis del impacto emocional y el trauma colectivo derivado de un acto sin dudas deleznable, que debería convocarnos a la reflexión en torno a la necesidad de repudiar toda forma de agresión y alimentar la cultura de la paz como una suerte de compromiso ético.

(Ediciones Press Ed)

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