Parodia de una tragedia
Los «Galpones de la Intendencia» son, si no nos equivocamos, nuestro viejo conocido el Corralón Municipal, a donde iban a parar los restos de los lanzamientos y otras calamidades urbanas.
Era inevitable, aunque la situación que presenta «Ulrich, el niño que venció al viento» no lo requería, que los actores parecieran miembros de un sindicato de mendigos, mugrientos, vestidos de harapos, embadurnados con un maquillaje achocolatado que da un aspecto leñoso, como si cuerpos y rostros hubieran sido tallados en madera de arrayán. El galpón utilizado es amplio, polvoriento, irregular y, por supuesto, carente de cualquier adminículo que pueda ser utilizado como silla: por aquí y por allá hay una choza como la de Caperucita Roja, donde hierve una marmita, otra que no alude a nada y una puerta que va y viene sin que hayamos logrado adivinar por qué. De plantón, pues, el arrojado espectador es lanzado a una semioscuridad donde comienza a oírse música; por algún motivo misterioso, no hay función de teatro local que se precie que no incluya una larga obertura, que no conduce a nada, en vez de arrancar con la acción de una vez. Pero sucede en «Ulrich….» lo mismo que en las demás puestas en escena: la demora en empezar es sabia. De inmediato se aprecia que el dramaturgo, o el colectivo, no tienen absolutamente nada que decir. Eso sí, lo dicen, como en este caso, con voces estentóreas, ojos desorbitados (todos quieren parecerse a Roberto Suárez), expresiones alienadas y piernas abiertas para caminar, como si padecieran los pruritos inevitables en el desaseo.
La trama es, si no nos equivocamos, una parodia de la historia de Dionisio Díaz; pero este discutible propósito está mechado con todo tipo de adornos. Borges reprochaba a Lugones creer que escribir es escribir con todo el diccionario; análogamente podemos reprochar a Yamandú Cruz creer que hacer teatro es utilizar todo el espacio disponible. Así, la historia, que es contada por el mismo Cruz, de sombrero, gafas y subido a una especie de tribuna o púlpito, a veces en directo y a veces en una grabación, es interferida con un constante ir y venir de los actores que rara vez tiene suficiente explicación. Las circunstancias nos determinan y alguien vestido de mendigo debe pedir dinero, y uno de los actores, que suele tocar un organito, acomete a las acobardadas filas del público pidiendo: si alguien pone alguna moneda grita «Â¡Algarabía, algarabía!»; al salir volverán a pedirnos dinero. Otras veces el mismo actor pide «Â¡…espacio, espacio!» para una acción que requerirá, oh casualidad, exactamente el lugar donde uno está parado.
Lo peor de todo es que la historia, prácticamente, no sucede en el escenario de los galpones: cuando comienza lo que, a falta de mejor expresión, llamaremos acción, todo ha concluido, y de Ulrich sólo queda un retrato; el resto nos es contado, sin compasión, con un tono de voz apremiante y monocorde. No es fácil saber, con la excepción de «Ulrica», quién es quién, ni dónde está, ni cuándo (en particular no comprendimos quién es el joven con expresión catalíptica que aparece hacia el final). A las molestias del espacio unieron los dramaturgos colectivos la descortesía de no explicar, rápida y sencillamente, en qué lugar y hora y entre quiénes comienza la acción, defecto tan constante en nuestros escenarios como las sesiones musicales que nos prodigan. *
ULRICH, EL NIÃO QUE VENCIO AL VIENTO, texto colectivo con dirección de Yamandú Cruz, en Galpones de la Intendencia, Gonzalo Ramírez entre Yi y Cuareim, lado Sur.
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