"Por el Circo"
Y vuelve, nomás. Viejo circo de Maroñas, flamante y renovado, hace pinta como en sus días del ayer. Cuando un pibito que hacía changas y vivía en la farmacia «Besares», junto a la placita, miraba el gran alboroto. El barrio llamado Pueblo Ituzaingó, palpitaba al compás de su orgulloso hipódromo. Aquel botija no daba abasto entregando todos los días en los studs los pedidos de los veterinarios. Vendas con ungüentos, frasquitos y bollones con yuyos y polvitos que todos pedían al boticario. Cuentan que ese pibe muy pronto se acostumbró al aroma de las caballerizas.
Aún flota en la memoria compañera el olor a alfalfa, a madera húmeda a los rancios restos que un peón limpiaba apurado.
Haciendo la pera al laburo, el niño acariciaba despacito el lomo de Fierro Chifle, un pingo grandote y ligero que supo de lindazas victorias. Aquellas pequeñas manos, primero inseguras, y luego cancheras se paseaban por la brillosa crin de Cartaginés y Cocles que nunca te dejaban en la vía. Se dio el gusto de cuidar a Linda Luz y a Faro, haciéndolos trotar por una solitaria playa Capurro. El que te dije, muy seriecito, les pasaba un ungüento en las finas y aladas patitas. Hasta que un día se animó a montarlos teniendo berretines de imitar a su ídolo el jockey Emilio Novas.
Desde un sitio con mucha luz, allá en la patria de la infancia, esos caballitos nos siguen mirando con sus ojillos vivaces.
Ahora que el circo revive, vuelven aquellos personajes que le dieron sus entrañables esfuerzos. Cuidadores como Francisco Milia y Carminatti del Stud Oriental. Viene ganador el vasco Morteyrú con el tordillo pedrense Zapallito que dejaba ronca la garganta del aficionado victorioso. Aquellos Ramírez, el Municipal y el Piñeyrúa, clásicos con la fusta de oro de Irineo Leguizamo. Cabeza a cabeza, Oscar Nardi, Máximo Acosta y Domínguez. Cómo olvidar cuando Lalinde le ganó nada menos que al genial Pulpo que de bronca llegó a levantar su fusta amenazante.
La famosa «perrera» llena de fanáticos repletos de cábalas e ilusiones que los sacaron de patos.
El palco con cada damisela que muchas veces eran más «rápidas» que los propios pingos.
Y los relatos del popular Macón que enloquecía de pasión y hacía vibrar a los barrios populares. La yuta haciendo la vista gorda y los clandestinos bancaban de lo lindo. Si había un batacazo, al boliche de enfrente mandando la vuelta hasta para aquel secante que no sea cosa que se tirara la mufa. Si marchabas, al tranvía pensando que el circo siempre daba la revancha.
Los esperamos con más recuerdos y música, todos los sábados y domingos, a las 19.00 en 1410 AM LIBRE. *
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