Picasso, los ruidos y las nueces
Ya es algo que un museo sacuda la apatía del público a visitar salas de arte. Pero desde el vamos, es conveniente disipar algunos equívocos. La exposición Picasso desde Málaga (Museo Torres García) no coincide exactamente con los comunicados de esa institución ni con los avisos en la prensa. Por cierto que es una «muestra única» (cualquier exposición lo es) pero está muy lejos de ser «una selección de los mejores grabados» del genial malagueño, donde faltan numerosísimas piezas fundamentales de su extensa trayectoria. Tampoco recorre «todas» las etapas técnicas, aunque está la mayoría; sin embargo, faltan ejemplificarlas con mejores estampas (el linóleo es una obrita menor) como las litografías extraordinarias que se exhiben en el Museo Nacional de Artes Visuales del Parque Rodó. No es tampoco temáticamente abarcadora, cuya sintética enumeración sería demasiado larga. No había posibilidad, desde luego, para un recuento retrospectivo en apenas diez obras, pues las 34 restantes son ilustraciones de libros. Además es incorrecto afirmar que Picasso hizo grabados en 1973 cuando murió pues el último grabado en cobre, La caída de Icaro, iniciado en marzo de 1972, lo terminó el 4 de abril de ese año.
Picasso ya había celebrado el 90º aniversario y concluido la hazaña de la serie de los últimos 156 grabados de grandes dimensiones, comenzada en 1970, retomada en 1971 y concluida a principios de 1972. Su salud y el pulso que necesitaba para trabajar y vencer la resistencia de la plancha no eran los de antes: hizo 40 aguafuertes de El atelier del artista, 1933, en 22 días, 11 planchas de la Suite Vollard, 1937, compuesta de un centenar, le llevó cuatro días, 24 aguatintas de Tauromaquia, 1959, pocas horas, y los maravillosos 347 grabados eróticos, 1968, apenas seis meses, casi dos en cada jornada. Como Tiziano, luego de los ochenta años, consiguió renovarse y encontrar la vitalidad de la creación.
La exposición Picasso desde Málaga atrae numeroso público encandilado no sólo por el nombre del artista sino también por una abundante propaganda mediática, no siempre legítima. La sociedad del espectáculo admite delicadas transgresiones a la verdad, como las ya enunciadas, que pocos son capaces de detectar. Es, por lo menos discutible, que el enmarcado de los diez grabados sea igual al de las ilustraciones de los libros, cuya lectura obedece a otros criterios, más intimistas, como debería ser toda la abigarrada exposición. La barrera que se interpone entre el visitante y los grabados impide el acercamiento a obras que lo necesitan. En especial La danza bárbara, una deficiente impresión y sin edición numerada como la mayoría, aunque en otras estampas se puede leer el tiraje (hay tres que lo tienen, incluso Sueño y mentira de Franco, 569 / 850, ya exhibida en dos oportunidades en Uruguay y que admitía la transcripción interpretativa divulgada por Josep Palau i Fabre para entenderla mejor y cuya lectura se hace de derecha a izquierda) pero que no consta, salvo una, en el catálogo, menos cuidado que la muestra, con débiles reproducciones y textos escolares. El diseño del montaje y el enmarcado es visualmente muy atractivo, muy compacto, en especial en la parte cronológica y didáctica, demasiado extensa y minuciosa para la lectura de pie, más cómoda y accesible en cualquier modesta publicación.
Es muy meritorio el esfuerzo del Museo Torres con esta exposición temporaria, más llamativa que sustanciosa, que logra un éxito seguro reforzado por la excelente remodelación de sus instalaciones, con mayor claridad y refinamiento en el diseño interior, aunque la sala dedicada al maestro del constructivismo con apenas veinte cuadros, muy separados entre sí (al revés de la muestra de Picasso) resulta desamparada y poco estimulante.
En cambio, el Museo Nacional de Artes Visuales (que en 1973 trajo 100 grabados de Picasso provenientes del Museo de Arte Moderno de Nueva York) sacó de sus reservas y en silencio, cinco espléndidas litografías de Picasso, todas fechadas en 1947, de gran tamaño (65 x 48 cm), con excelentes tirajes (44/50) que rivalizan entre ellas por la fuerza iconográfica y la resolución formal donde la inventiva se despliega en plenitud: El búho de la silla, Hombre adormecido y mujer inclinada, Ramo y compotera (naturaleza muerta en rojo y negro), Bethsabée, un magistral ensayo lineal, y Toro negro. Imperdibles. *
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