JORGE DREXLER EN CONCIERTO

El riesgoso arte de las versiones

No hay demasiados antecedentes, en la historia de la canción popular uruguaya, de que un artista se tome tan en serio la concepción de riesgo escénico, como lo hizo Jorge Drexler.

Es decir, asumir el desafío de recorrer sus canciones primerizas y adolescentes, las que ya no están (o sí, pero en forma muy ocasional) dentro de su repertorio actual, y mandarse con la confianza de que doblegará al público.

O asumir que las versiones de los autores que operan como sus referentes, van a ser tan respetuosas como inspiradas, aunque esto último no ocurrió. Y, finalmente, no todos hacen lo que planteó Drexler en el escenario de la Sala Zitarrosa: no acudir a ningún hit, como para ganarse al público o, en todo caso, quitarle la ansiedad de querer escuchar tal o cual canción. Aunque el público, en rigor, estaba ganado de antemano.

No obstante la estructura del show fue tan riesgosa, tan sin redes, que seguramente fue uno de los peores conciertos de su trayectoria. Drexler inauguró el concierto con una versión de «Los olímpicos», de Jaime Roos, a la que le diezmó esa atmósfera barrial en el modo expresivo de recapturarla; después descuartizó a Los Beatles con «When i’m sixty four» (se ve que Drexler no escuchó el excelentísimo disco homenaje a los fab four que realizó Rita Lee), y lo peor: se atrevió con «Milonga de ojos dorados», de Alfredo Zitarrosa, y le quitó hondura.

Algo similar ocurrió con «Morir de amor», de Jovanotti, a la que le redujo expresivamente la carga dramática que posee naturalmente la canción. Y redondeó su pésima faena de covers cuando el compositor plagió al Caetano Veloso de Circuladó (recuérdese lo que hizo con texto suyo mezclado con «Black and white», de Michael Jackson) cuando entremezcló «Menores» de Fernando Cabrera con una anémica versión de «Gurisito» de Viglietti; intentó, por un instante, tratar de reescribir en escena la estética maravillosa de Beck y lamentablemente fue todo un papelón Fue tan grave que, aun respetuoso, llegó a ser anodino e irritante.

El show tuvo sus aciertos, sin embargo: la presencia de Fernando Cabrera sumándose a la voz de Drexler para recorrer las coplas de «Gurí pescador» de Osiris Rodríguez Castillo o el recorrido que el cantautor efectuó por su zona adolescente abordando canciones como «Murga reggae», «Luna del Cabo» o «Luna de los espejos» y especialmente la impecable «Tu voyeur».

El show logró crecer, por un momento, cuando Drexler volvió a sus maneras y a lo que mejor sabe hacer y presentó dos estimulantes estrenos como «Polvo de estrellas», una canción de densidad metafísica, y sobre todo la antibelicista y por la vida «Milonga del moro judío», en la cual se respaldó en unos versos que le pasó Joaquín Sabina de un poeta madrileño.

La banda sonó a la perfección (Supervielle, Ibarburu, Lombardo, Casacuberta y Gutiérrez), y no queda duda de la honestidad, la pasión y el profesionalismo con que fue diseñada toda la propuesta.

Pero Drexler, en su plan de versiones, no dio la talla ni por un momento. Erró. Y literalmente escribió su página en vivo más descartable de su atractiva peripecia de cantautor. Una lástima. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje