Comedia francesa de la levedad del ser
Cedric Klapisch posee un modo de moldear las historias que lo hacen personalísimo. Es leve, ligero, evanescente y sobre todo manifiesta su adicción a un ritmo muy dinámico. O sea, la articulación de una escritura visual sin sobrecargas dramáticas, para dedicarse a desplegar una superficie de comicidad que tiene sus aciertos parciales.
Piso compartido es un ejemplo de las características descritas, de sus virtudes y debilidades.
Aquí, la propuesta se presenta liviana de entrada. Narra la peripecia de Xavier (Romain Duris), un muchacho francés que, cuando logra su primer puesto importante a nivel laboral, le llega una invitación de tomarse un año para aprender español. Sin dudarlo, el personaje en cuestión va directo al programa de intercambio Erasmus, quien lo envía nada menos que a la bella ciudad de Barcelona en España.
Deja a su novia en su país de origen (la exquisita Audrey Tatou), ingresa a la universidad de Cataluña y se confunde finalmente con un grupillo de agitados estudiantes europeos en un departamento donde el cruce de lenguajes y de modos y manías estaban a la orden del día. De modo que el protagonista de marras se topa con la inglesita contenida aunque no tanto, el alemán ultra disciplinado, el italiano caótico y hasta una belga lesbiana. El es un francés políticamente correcto que, por el roce intercultural, irá perdiendo poco a poco esa sensación de no pasarse de la raya jamás. Habrá transgresiones varias, incluyendo el inevitable romance y las noches intensas y de copas.
Piso compartido es un largometraje de contenido en demasía afable, que posee sus dosis de gracia y que, como comedia, no eludirá la convención estilística de los enredos con gags o latiguillos que se adivinan en el aire.
El filme trabaja en los bordes de los opuestos: puede llegar tanto a agradar como a invitar al bostezo, más allá de cierto manejo humorístico para delatar los bemoles de cada personaje de acuerdo a su nacionalidad. Audrey Tatou, la espléndida protagonista de Amélie, tiene poca pista para desplegar toda su sensibilidad en un papel secundario que merecía mayor calado y despliegue. En este caso el protagonista es Duris, considerado uno de los mejores actores de la nueva generación francesa.
También asoma la bellísima Judith Godreche, en el melancólico rol de una mujer francesa desorientada con las costumbres catalanas: su performance está por debajo de su natural belleza.
En fin, hay momentos para la risa, pero todo resulta en definitiva livianito. Demasiado liviano. *
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