Los cálices vacíos
Hay una pareja desavenida que termina por avenirse, tan desconectada de la acción que se integra a la escenografía; hay canciones a cargo de la melodiosa voz de Carmen Pi, que sólo sirve a la acción como telón de fondo; la protagonista es Maggie, la ajada mujer fatal de Hollywood (Elena Zuasti), montón de caprichos obsesionado por los martini, con algo de la heroína de «Dulce pájaro de juventud» de Tennessee Williams, y otro poco de Gilda, a quien alude en el vestido.
La asociación con los Estados Unidos se justifica con otras razones: «Q.Q.Q….», con sus personajes que se llaman Willie (Alejandro Martínez), Robert (Héctor Minini) y Sally (María Luisa Techera), parece una traducción o hasta una parodia de un texto norteamericano.
Maggie hace su entrada al pub, ingreso que participa de la invasión y del desfile triunfal, se arrima a la barra y comienza, entre las risotadas de rigor en una vampiresa, una prolija disertación sobre los martini que consume y ha de consumir (con aceitunas de lunes a viernes, con cerezas, de una a dos, los fines de semana): en este punto se le humedeció la pólvora al autor (Federico Roca).
La dama vuelve a entrar, para mejorar el impacto de su llegada, vuelve a disertar sobre los martini, menciona a Robert, con quien habría tenido una aventura o un romance, baila o coquetea con Willie, al que es irresistible llamar el «bartender».
Por la mitad de la obra, Willie, en uno de esos curiosos momentos en que los personajes alcanzan al autor, dice «… estamos reiterativos, reiterativos, reiterativos!». Así es.
Luego de este solitario momento de lucidez, todavía falta paño para completar la hora que debe durar la pieza. Aparecen en el pub, oh casualidad, Robert, de contradictoria conducta, y Sally: ex amantes o ex víctimas de Maggie, seres de los que no se sabe si están más cansados que derrotados o viceversa, con quienes, curiosamente, Maggie no habría tenido relaciones sexuales.
Hay aún más baile en la pista de Pachamama y más canciones: la pieza concluye sin dejarnos más rastro que el ausente sabor de un martini. Se nos dirá que suceden muy diversas cosas en el lapso que demanda tomar una copa en el mostrador; pero basta recordar las primeras escenas de «The iceman cometh» de O’Neill, que suceden en un bar, o, sin acudir a tanta excelencia, «Cervezas y navajas» de Bukowski, que ofreciera Gabriel Peveroni en «Juntacadáveres», para comprender cuánta vida y cuánto diálogo vivo pueden caber en una sola copa. *
«Q.Q.Q.» (QUISIERA QUERERTE, QUERIDO) de Federico Roca, con Elena Zuasti, María Luisa Techera, Alejandro Martínez, Daniel Romano, Héctor Minini, Carolina Alarcón y Juan Luis Granato. Música en vivo de Carmen Pi (canto) y Horacio Di Yorio o Mauro Pérez (piano), vestuario de Norberto Chozas, luces de Gonzalo Novoa, dirección de Juan Antonio Saraví. Estreno del 2 de mayo en el Centro Cultural Pachamama, en Plaza Independencia 1382, tel. 900 45 19.
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