ARTE

Marco Maggi, revelación de un creador

El Centro Cultural de España, esa magnífica sala reciclada donde señoreó durante muchas décadas la casa Mojana, no pudo haber elegido mejor para iniciar su temporada y la reinauguración del complejo cultural. Es que pocos artistas uruguayos, que viven dentro y afuera del país, son capaces de ostentar (en este caso, sin alardes sensacionalistas y epidérmicos) un talento inventivo de su envergadura. Es que Marco Maggi, sin haber traspasado el codo del medio siglo (nació en 1957, dibujante autodidacta, con master en bellas artes por la Universidad de Nueva York) y en apenas el último lustro, es una figura conocida y reconocida en Estados Unidos, huésped habitual de importantes galerías y museos de San Francisco, Los Angeles, Houston, Boston, Kansas City y Nueva York que lo envían a encuentros internacionales (ferias de arte de Chicago y Madrid) y colectivas importantes. Representó a Uruguay en las bienales de Mercosur, San Pablo, Buenos Aires y su obra concitó la atención y la admiración de los especialistas en arte contemporáneo.

Con una personalidad cálida y afectuosa, sobria en su exteriorización, Marco Maggi recorre un camino singular, aparentemente aséptico, donde el dibujo, esa práctica que frecuentó desde niño (dejó una demostración en una muestra colectiva en 1974), se fue modificando hasta adquirir, previo paso por la investigación en el grabado nada ortodoxo junto a Rimer Cardillo, una dimensión de gozosa inventiva donde se disuelven, a la manera oriental, las fronteras entre la escritura y el dibujo. Si el dibujar es una manera de pensar, como afirmó Paul Valéry, Maggi consigue, en sus instalaciones y diminutas imágenes, una meditación serena sobre la condición del arte, la tecnología y el ser humano en un contexto actual. Lo hace, susurrando casi, en voz muy baja, para una mirada atenta y escrutadora que no se deja engañar por la aparente aridez de su obra. Porque observar las imágenes de Maggi, que no es lo mismo que contemplar o mirar, sino que «se observa para ver lo que no se ve cuando no se observa» (Man beobachtet, um zu sehen, was man nicht sähe, wenn man nicht beobachtet) según la inmortal proposición del filósofo Ludwig Wittgenstein en su lúcido ensayo Observaciones sobre los colores. Es la misma exigencia, el similar desafío perceptual que imponen Robert Ryman, Cy Twombly, Lourdes Castro o Robert Irwin.

Construcciones & demoliciones es el título de la magnífica instalación de Marco Maggi en el Centro Cultural de España que en simultáneo transcurre, con variaciones, en la Galería Cristinerose/José Bienvenu de Nueva York. Es un epítome de varias obras realizadas en los últimos cinco años. La curadora Patricia Bentancur distribuyó la obra con acierto (aunque sin disimular la espectacularidad escenográfica), en varios niveles. A la entrada, un muestrario de los materiales utilizados por el artista (marcos de diapositivas, papel aluminio de cocina, planchas de acrílico y cerámica, resmas de papel blanco). Luego la gran sala donde, antes de entrar, una alfombra indica que hay que descalzarse para entrar (otro gesto oriental), y recorrer una enorme superficie cubierta de papeles blancos entre los cuales se distribuyen pilas de papeles blancos incisos, con leves desdoblamientos, dispuestas en damero o de manera oblicua, como pedestales o esculturas minimalistas, que sin duda recogen la herencia constructivista y suprematista rusas. También se puede mirar desde el primer piso esa oceánica blancura y asimilarla a la catástrofe del romántico Caspar David Friedrich que sugería cerrar el ojo corporal para ver con el ojo espiritual y dar a conocer lo que se vio en la oscuridad, en una permanente construcción/deconstrucción, de los objetos, del mundo, de la civilización, de los modos de ver.

La íntima proximidad a que obliga otro sector, El Silicon Braille, Miopía global, Micro, macro, marco, Esperando que aclare, ALCAlino, nombres lo suficientemente significativos de cinco pequeñas instalaciones de pequeñísimos objetos del tamaño de una diapositiva (existen los marcos con sombras proyectadas, la presencia de la ausencia) es una experiencia alucinante, de un refinamiento y una sutileza embriagadora, de un humor elegante y mordaz como una página cualquiera de Pierre Michon, el mayor escritor francés de hoy. En el pasaje de una a otra instalación se van deslizando, con delicada referencialidad, a la incomunicación de los medios tecnotrónicos, a la redundancia y manipulación informativas, a la ceguera crítica para ver y estimar.

La muestra, impactante y envolvente, apela, sin embargo, a la intimidad y al recogimiento, a la pausada reflexión. Se complementa con una excelente documentación (fotos ampliadas, videos) y el catálogo, bien diseñado, tiene tres textos que ayudan (algo insólito en el medio) al visitante para comprender la obra de Marco Maggi y disfrutarla mejor. *

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