EL CINE DE KRZYSZTOF ZANUSSI

Una retrospectiva presentada por su autor

En los días previos Zanussi dictó dos clases magistrales en la Escuela de Cine del Uruguay (miércoles 14 y jueves 15), fue recibido como visitante ilustre por el intendente Municipal de Montevideo, Arq. Mariano Arana, y objeto de un reconocimiento por parte de las autoridades de la Universidad Católica.

Para una generación de aficionados al cine autoral, los filmes de Zanussi se asocian a una postura alerta ante la vida y los dilemas éticos, que por provenir de un país por entonces en el área del socialismo real, llamaron poderosamente la atención por su crítica implícita al autoritarismo que, por ese entonces, atravesaban también esos espectadores uruguayos. Con un lenguaje cinematográfico sutil, el cineasta cuestionaba los pensamientos cerrados y únicos, y esa habría de ser durante más de treinta años una de las características de su cine.

Es sin duda una de las personalidades más significativas del cine polaco de las últimas cuatro décadas, y un testigo atento y lúcido de las transformaciones sufridas por su país durante ese período. Cuestionador impenitente, enemigo de todas las simplificaciones, filósofo tanto como (y a veces antes que) cineasta, sus películas suelen proponer temas de debate en torno a cuestiones diversas, sobre las que invita a reflexionar aunque no llegue a aportar respuestas definitivas, quizás porque esas respuestas serían un enfrentamiento al poder dominante.

Esa perforación en capas profundas del ser humano en un mundo intransferiblemente actual, con predominio de personajes que son científicos, intelectuales, investigadores, fue su marca de autor, que promueve, escribe y realiza sus filmes, cada uno de los cuales renueva al anterior.

Lo más llamativo empero es su fuerza cinematográfica, la rigurosa selección de personajes y escenas, momentos, motivos visuales o sonoros, que amplían la discusión que cada film promueve con el espectador, en un estilo casi coloquial. Por la trama de esas películas se filtran aspectos reales de su país, a nivel cultural, social, económico y político. Integrante de una tercera generación de cineastas polacos, su influencia fue reconocida por Kieslowski y Agnieszka Holland, quizás sus discípulos. Su permanencia autoral se confirma a lo largo de su filmografía: un disidente bajo el socialismo, un intelectual impregnado de la larga tradición católica de Polonia, sus preocupaciones éticas y morales que han continuado después con una persistente actitud crítica hacia aspectos objetables de la sociedad polaca del pos-socialismo.

El ciclo que la Cinemateca presenta desde el domingo abarca desde Vida familiar, donde el retorno a la casa familiar implica la idea de que no es fácil librarse del pasado, hasta su último filme, La vida como una enfermedad mortal sexualmente transmisible, sobre la certeza de la muerte que provoca en el protagonista la negación y la espera de una fuerza espiritual.

Otros filmes incluyen la temprana culminación de una obra maestra, Iluminación, ya a comienzos de los años 70, reflexión sobre el significado último de la vida, Balance de un matrimonio joven que evoluciona del naturalismo a la poesía y lo surreal, un intermedio poco memorable con Asesinato en Catamount, el retorno a la densidad humana con Camouflage donde directamente se discute la ética, el compromiso, la integridad y el arribismo en una suerte de existencialismo cristiano. Los siguientes filmes afirman esa línea de creación: Espiral contrapone la frivolidad y el arribismo con las interrogantes del protagonista ante una enfermedad terminal. Por primera vez retrocede a los tiempos de la segunda guerra en Los caminos de la noche. Y desde comienzos de los ochenta, Constante o El factor constante alude a la corrupción y a una búsqueda a través de la ciencia, la religión, el trabajo y el amor, algo poco frecuente en el cine de los países socialistas.

En Contrato de matrimonio el fracaso de los personajes es resultado del conformismo y el bienestar.

Con los tiempos de cierre momentáneo con Jaruselsky, y censura más estricta sobre el cine, a comienzos de los ochenta, Imperativo transita los límites imprecisos entre razón y locura, De un país lejano, es una hagiografía sobre Juan Pablo II, el papa polaco a quien Zanussi estima, y vuelve al pasado de la inmediata posguerra con El año del sol quieto.

Luego cayó el Muro y la mayoría de sus filmes pasaron a ser hechos para la televisión: El último círculo propone de nuevo un conflicto de pareja, El alma canta deja entrever la mano invisible del destino, El encanto desenfrenado utiliza a otro científico idealista tentado por la corrupción, que también se da en estos nuevos tiempos sin socialismo.

Y, su nueva y más reciente culminación, La vida como una enfermedad mortal donde el espíritu y la ética se sobreimprimen a la certeza de la muerte. *

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