Patria en el exilio, exilio en la patria
En toda vida siempre hay un punto de inflexión que modifica radicalmente el destino. Ese momento crucial y sus eventuales secuelas, constituirán luego la materia prima que alimentará nuestras más íntimas reflexiones.
Sin embargo, lo más inquietante siempre será la evocación de las pérdidas, lo que ya no podremos recuperar porque fue barrido por las tormentas de la historia y la iniquidad.
Una de los interrogantes que nos apremia a la luz de los últimos acontecimientos, no parece tener respuesta: ¿cómo restañar las heridas de los familiares de los desaparecidos durante la dictadura?
La prisión del ex canciller del gobierno autoritario Juan Carlos Blanco y su posterior excarcelación provisoria concretada la pasada semana, despertaron adormecidas pasiones.
Mientras el discurso oficial reivindica la vergonzosa Ley de Caducidad que perdonó a los asesinos uniformados, la sociedad renueva sus reclamos de verdad. Es claro que las fracturas de la memoria histórica vuelven a flagelar al cuerpo social, realimentando algunas de las más cruciales controversias del pasado.
A casi treinta años de la ruptura institucional y dieciocho de la instalación del primer gobierno de posdictadura, los conflictos no parecen estar ciertamente agotados.
En este como en otros casos, la máquina mató al inventor. Es la propia impunidad la que impide hoy probar cuándo fue realmente asesinada la maestra Elena Quinteros y saber cuál fue el destino de sus restos.
Como los autores materiales del crimen no están obligados a declarar al amparo de esa norma espuria y escandalosa, para esclarecer el caso judicial faltará nada menos que la prueba.
No basta naturalmente con los detalles minuciosamente registrados en el informe final de la hoy disuelta Comisión para la Paz, ya que dicho documento carece ciertamente de valor jurídico y para nada compromete a los jueces a actuar en función de su letra y espíritu.
Cómo escapar entonces a los laberintos de la memoria parece ser el gran dilema que enfrentan hoy los uruguayos, confrontados nuevamente al pérfido flagelo de la mentira y el encubrimiento.
La reconciliación nacional hoy bastante lejana pese a quien pese no se construye compulsivamente. Las nuevas generaciones merecen un país transparente, en el que, como lo exige la tan invocada Constitución, todos seamos iguales ante la Ley.
Aunque no pasen por los estrados judiciales ni paguen por las atrocidades cometidas, la historia juzgará a quienes arrasaron hace tres decenios con la democracia y pulverizaron un estilo de vida que siempre identificó al Uruguay contemporáneo.
El desafío será no olvidar y permanecer en actitud vigilante, para evitar que los siempre redivivos fantasmas de la intolerancia intenten nuevamente escamotearnos el futuro.
En «Patria en el exilio, exilio en la patria», el escritor alemán Ernesto Kroch, radicado desde más de sesenta años en nuestro país, recorre los paisajes de su memoria para evocar los tormentos de los campos de concentración en su país natal y la persecución de la dictadura militar uruguaya, que lo condenó hace más de dos decenios a un segundo y compulsivo exilio.
Protagonista como tantos de sus compatriotas de la diáspora por el «pecado» de luchar contra el fascismo y proceder de una familia de origen judío, el autor debió asumir una auténtica épica de supervivencia.
Nacido en 1917 en Breslau por entonces Alemania , Kroch fue, desde muy joven, un hombre fuertemente comprometido con la causa de la justicia social y la clase obrera.
El relato de su vida que resulta ciertamente conmovedor es, en más de un sentido, un testimonio del heroísmo enfrentado a la barbarie que ha recorrido los territorios de la historia del sangriento siglo XX.
Jugando con el tiempo y el espacio, el narrador evoca inicialmente su huida de Uruguay en 1982, cuando las tenazas de la dictadura comenzaban a cerrarse sobre él. Su intensa militancia gremial en el sindicato metalúrgico y en el Partido Comunista que seguía operando en la clandestinidad, lo exponían por entonces a las represalias del gobierno autoritario.
Estando en San Pablo, el protagonista afrontaba una decisión crucial: regresar a Montevideo para ser detenido, torturado y confinado o emprender el retorno a su Alemania natal, de la que fue expulsado a fines de los años treinta por los nazis.
A los 65 años de edad, debía iniciar una nueva vida lejos de la patria de adopción que le brindó hospitalidad como un uruguayo más, luego de más de cuarenta años de residencia y de haber fundado una familia. Nuevamente experimentaba, luego de mucho tiempo, la indescriptible angustia de la pérdida y el desencuentro.
El autor acude luego a los anaqueles de su memoria, para exhumar los momentos más cruciales de su azarosa existencia. Retorna imaginariamente a su tierra natal, cuando en 1934, poco después del ascenso de Hitler al poder, fue detenido con sólo 17 años de edad por la Gestapo.
El Ernesto Kroch adolescente asumía los riesgos de sus actividades clandestinas antifascistas. Para él se iniciaba una prolongada odisea, que pondría a prueba su entereza física y espiritual en la cárcel y luego en el campo de concentración de Lichtemburg.
Para humanizar su relato, el autor evoca algunos momentos de su infancia, su familia y su entorno social, en una Alemania asfixiada por la crisis económica, la desocupación y la agitación social. Ese fue, precisamente, el caldo de cultivo del crecimiento y desarrollo de la pesadilla nazi.
El protagonista de esta historia real desarrolló una rápida experiencia de maduración, cuando ingresó en 1932 como aprendiz en una fábrica de locomotoras. Ese medio laboral le puso en contacto con la clase obrera, sus demandas, penurias y necesidades.
Por entonces, por la influencia de su entorno, el joven comenzó su proceso de concientización ideológica. Leyó a Marx, comenzó a comprender los fundamentos teóricos del pensamiento comunista y se integró prematuramente a los movimientos de izquierda que aspiraban a fundar una nueva sociedad.
Sin embargo, la irrupción del nazismo inauguró la pesadilla. Kroch evoca con indisimulado estupor, el comienzo de la caza de brujas contra judíos, comunistas, obreros y toda voz opositora al autoritarismo.
Renunciando a todo propósito discursivo pero afirmando su acento testimonial, el autor reconstruye algunos episodios cruciales del proceso de consolidación del nazismo, como la terrible «Noche de los cuchillos largos», una despiadada purga interna que fortaleció aún más el poder de Hitler y sus secuaces.
El escritor recuerda con emoción sus osadas actividades proselitistas contra el régimen, la edición de diarios clandestinos, las pegatinas nocturnas y los códigos obreros para evadir a los guardias y evitar ser detenido y condenado por conspiración.
Mientras el gobierno desarrollaba a la industria armamentista y se preparaba para la guerra de expansión imperialista en Europa, el joven seguía enriqueciendo su aprendizaje al calor de la lucha y el compromiso social.
Su primera experiencia de reclusión tras ser detenido por la Gestapo, transcurrió en una prisión, donde inicialmente no recibía visitas ni se le permitía ingresar libros que le permitieran mantener contacto con el mundo exterior. Kroch reflexionaba para que la soledad no consumiera sus fuerzas ni su cordura.
El narrador recuerda que tras una auténtica maratón de interrogatorios en los que fue sometido a malos tratos, un proceso judicial pareció clausurar definitivamente el suplicio. Sin embargo, el tormento recién comenzaba.
En 1936, el joven obrero fue trasladado al campo de concentración de Lichtembur
g, custodiado naturalmente por los dementes uniformes negros de los SS.
El autor conmueve a sus lectores con la contundente crudeza de su relato, al recordar la tortura y la humillación padecida en ese lugar de espanto, donde sobrevivir era bastante más que una quimera.
Kroch narra que los presos eran clasificados por razones étnicas o ideológicas y sometidos a los peores vejámenes por parte de sus alienados carceleros.
Un año después, el joven recuperó su libertad ambulatoria, pero debió pagar un precio muy alto: fue separado de su familia y deportado. En lo sucesivo y hasta la expiración de su permiso de residencia, viviría en un Kibbutz en Yugoslavia, donde trabajó, amó y finalmente leyó «El capital».
A fines de 1938, mientras Europa se precipitaba a la hoguera de una guerra de exterminio que consumiría la vida de millones de inocentes, el autor llegó finalmente a nuestro Uruguay, que sería su patria de adopción.
Ernesto Kroch confiesa que inicialmente su adaptación fue compleja. De todos modos, logró obtener un puesto de trabajo en el ferrocarril, servicio que explotaban los ingleses y el Estado.
Por entonces, nuestro país era una nación de cultura europeísta, hospitalaria y solidaria, gobernada por los partidos tradicionales. Había trabajo y pobreza con dignidad. A diferencia de lo que insólitamente sucede hoy, más de sesenta años después, no se padecía hambre.
El relato se impregna de trágica angustia, cuando el escritor recuerda sus infructuosos esfuerzos para lograr que sus padres que aún permanecían en Alemania escaparan de un terrible destino.
En rápidos pantallazos históricos, Ernesto Kroch reconstruye acontecimientos cruciales que sin dudas le conmovieron: la explosión del acorazado alemán Graf Spee y el día de la caída de Berlín, cuando el diario El Día izó las banderas de Estados Unidos, Inglaterra y Francia y se negó a enarbolar el pabellón de la Unión Soviética. El hoy desaparecido matutino colorado anticipaba la Guerra Fría.
Toda la vida del autor fue una experiencia de militancia por la dignidad tanto en el sindicato metalúrgico como en el Partido Comunista, lo que le restaba tiempo para dedicar a su familia.
Promediando la década del cincuenta, se agotaba el modelo exportador y comenzaba a aflorar el fantasma de la pobreza. El mito de la Suiza de América había sido demolido por la realidad.
Ernesto Kroch vivió con intensidad los turbulentos años sesenta, la dureza del pachecato, la agudización de las contradicciones sociales, la guerrilla y la dictadura.
Aunque los viajes le permitieron rescatar algunos fragmentos de su pasado, su corazón siempre permanecía en nuestro Uruguay.
Confiesa haber participado activamente en la huelga general que siguió al golpe de Estado y la resistencia al autoritarismo.
Aunque permaneció preso por un tiempo, su peor pesadilla fue realmente el confinamiento de su hijo en el Penal de Libertad.
Como si se tratara de un capricho del destino, en 1982 emigró nuevamente a Alemania, a donde permaneció trabajando en organizaciones de derechos humanos hasta el final de la dictadura. Luego, emprendió el retorno a su querido Uruguay.
«Patria en el exilio, exilio en la patria» es una crónica personal impregnada de realismo, que desnuda con singular crudeza la barbarie del autoritarismo fascista en dos continentes y en tiempos históricos diferentes.
Ernesto Kroch no se detiene en la mera reconstrucción de su propia experiencia autobiográfica. Por el contrario, exhuma algunos de los acontecimientos cruciales del siglo XX, denunciando sin eufemismos la intolerancia racial, ideológica y cultural padecida por millones de inocentes que fueron víctimas de la violencia.
Su testimonio del miedo y el exilio es el espejo de otras tragedias individuales y colectivas, que deben permanecer vivas en nuestra memoria.
(Ediciones de la Banda Oriental)
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