"LA PRUEBA", DE DAVID AUBURN, EN EL TEATRO DEL CENTRO

Demostraciones de varios misterios

Escribió: «Si ‘n’ es un número mayor que 2, no hay números enteros ‘a’, ‘b’ y ‘c’ tales que ‘a’ a la ‘n’ potencia, más ‘b’ a la ‘n’ potencia, sea igual a ‘c’ a la ‘n’ potencia. He hallado una demostración verdaderamente maravillosa que no cabe en este margen». Es de lamentar tanto la brevedad del margen del ejemplar de Fermat como su modestia (no publicó ningún libro en vida, y posiblemente más de uno de sus descubrimientos se ha perdido), porque la «maravillosa demostración» de su teorema se ha negado a revelarse durante más de tres siglos. Se cuentan por cientos las falsas demostraciones publicadas, editadas en libro, alguna de las cuales se debió nada menos que a Euler; las hay parcialmente verdaderas, sólo para algunos valores de ‘n’, como la que se debe a la matemática francesa Sophie Germain, que es mencionada por su nombre en la pieza. Al fin, en 1955, dos matemáticos japoneses enunciaron lo que después se llamó la «conjetura Shimura – Taniyama – Weil», que fue un comienzo de demostración y que implicaba, como para acreditar de paso la profundidad del pensamiento de Fermat, que el teorema contenía un avance de siglos en la teoría del espacio, en particular en la noción de «curvas elípticas», concepto que también es mencionado expresamente en «La prueba» y que también demuestra algo en el drama, y que es de muy moderna elaboración. Con la ayuda de computadoras se demostró en 1993 que el teorema de Fermat es verdadero para valores de ‘n’ hasta 4.000.000; pero, pese a innumerables trabajos ulteriores, de extraordinaria complejidad, una demostración completa no ha sido encontrada todavía.

«La prueba», respetuosamente, no pretende contener en su argumento la demostración del teorema de Fermat, sino de otro teorema, que no llega a enunciarse, sobre números primos (números enteros que sólo son divisibles por sí mismos y por la unidad); pero la dosis de fascinación con las matemáticas que suscita el enigmático teorema escrito en el margen de un libro por un matemático marginal, está, sin duda, en la génesis de «La prueba». No es el único de los enigmas y cuestiones que esta obra puede suscitar. En las huellas de «Una mente brillante», «La prueba» alude también a la relación entre el genio y la locura, y aún sugiere un posible vínculo entre las matemáticas y la enajenación, sugestión que mucho hubiera complacido a Klages, que anatematizó en una sola frase a las «altas» finanzas y a las matemáticas «superiores». Todavía, en este mundo en que aparece en las pantallas de la televisión, tanto más misterioso cuanto más visible, el cuadro genético del hombre, «La prueba» alude a la posible transmisión genética de las enfermedades mentales.

No obstante todo este denso telón de fondo, del que se beneficia la obra, «La prueba» es, felizmente, algo mucho más simple. Catherine (Lucía Sommer), de 25 años, ha vivido los últimos 20 años en la compañía de su padre Robert (Antonio Larreta), un matemático genial, muerto en los abismos de la locura, que ha dejado un sinnúmero de cuadernos con anotaciones que su discípulo Harold (Mario Ferreira) quiere examinar, en la piadosa hipótesis de que pueden contener alguna valiosa contribución, fruto de alguno de sus intervalos lúcidos. La acción comienza poco después del entierro: Catherine ve, en medio de algo que participa del sueño, de la evocación y de la alucinación, a su padre que le habla, asegurando de paso que está muerto, pese a lo que comparten una botella de champagne que no desaparece con el fantasma; Acude Claire (Roxana Blanco) la hija mayor del matemático, una analista de sistemas que sospecha que su hermana está también un poco tocada; sin duda su conducta no es del todo normal, como lo parecen probar una asaz impulsiva denuncia policial seguida de una agresión ulterior a los mismos policías que ha convocado. Entre los disparates que contienen los papeles póstumos de Robert, aparece un cuaderno con la extraordinaria y lúcida demostración del teorema: Catherine se atribuye la autoría; la letra es muy similar a la del matemático, pero eso puede ser fruto de la herencia o del trato… ¿Es un genio o una impostora? Poco a poco la verdad se va revelando en escena, mediante visiones retrospectivas.

La obra, escrita por un dramaturgo novel que apenas llega a los 30 años, obtuvo recientemente los premios Pulitzer y Tony, y es un éxito de público en el mundo; pero no llegamos a ver en ella sino una anécdota muy simple contada con una sorprendente habilidad. Tanto el padre como la hija conocen la verdad; Harold y Claire han de conocerla paso a paso; la pieza tiene algo de thriller y todo está en descubrir quién demostró el teorema, así como los detectives investigan quién cometió el crimen; hay también algo de melodrama sentimental, con una muy emocionante escena en la segunda parte, donde se revelan a la vez los enigmas pendientes y los varios sentimientos que unen y separan a los protagonistas, que antes fueron apenas esbozados y aun puestos a prueba, también ellos, mediante diversos tanteos, muy semejantes a las hipótesis con que los matemáticos organizn sus demostraciones. Resuelta la doble trama, la obra, que acumuló tensiones con una destreza dramática admirable, parece desvanecerse en la anticlimática escena que cierra la pieza; concluidos todos los desarrollos, las aguas parecen serenarse, pero sentimos que nada concluye. Hay un romance y hasta una posible carrera científica que habrán de realizarse; Claire volverá a sus análisis de sistemas; el matemático loco habrá terminado de dar vueltas en su tumba, exorcizado como Drácula, la estaca en su lugar, para no volver al mundo de los vivos.

La puesta en escena de Mario Morgan es perfecta en su sobriedad y elegancia. Morgan hace progresar la obra como la prueba del teorema, paso a paso, sin que nada falte ni sobre, con un ritmo bien escandido y un rendimiento sobresaliente de los actores.

Es inolvidable la creación de Antonio Larreta en los múltiples aspectos de este Rey Lear contemporáneo, solícitamente atendido por su Catherine/Cordelia, que deja ver las magníficas ruinas de una personalidad que aún conserva sus rasgos de humor y sus destellos de lucidez en medio de su patética decadencia. Lucía Sommer estuvo impecable en el papel protagónico, sin duda el más complejo y difícil de todos, con una gama muy variada de expresiones y tonos. Roxana Blanco y Mario Ferreira estuvieron, una vez más, a la altura de sus mejores desempeños, enriqueciendo la acción y el clima con la composición perfecta de sus personajes. *

L A PRUEBA, de David Auburn, versión española de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, con Lucía Sommer, Antonio Larreta, Mario Ferreira y Roxana Blanco. Luces, ambientación sonora y dirección de Mario Morgan. Estreno del 4 de mayo, Teatro del Centro «Carlos Eugenio Scheck».

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