Una esquina peligrosa
Pero en esta obra nada es simple y la primera historia se duplica como en un espejo: el actor uruguayo que ha de encarnar a Bora es de origen croata; descubre que el protagonista le es semejante; se atormenta con la similitud del drama que ha de representar con recuerdos de su familia, que discute con su madre (Susana Anselmi). Todo es, como dice un personaje, «… ficción sobre ficción. Una historia dentro de otra historia». Nuestro viejo conocido, el «teatro dentro del teatro».
Como escribió Yeats, el hombre es «mera complejidad», pensamiento que en su previa versión de Montaigne es «… un tema maravillosamente vano, diverso y ondulante». El drama de Peveroni cumple con sobrada amplitud esta definición de la humanidad. No hay un protagonista, del que se sabe poco muy poco más de que es un demente; está su sombra, que es un actor uruguayo. El matemático Bora Parzic repite gravemente que «hay una sola forma de cruzar este río», frase que va y viene como el tema de una sonata, sugiriendo algún paralelismo, continuidad o desarrollo que no llega a verse en toda la obra. Pero Peveroni no sólo duplica al personaje principal, sino que instala un tercer espejo, el camarógrafo y sus lentes. Todo está visto a la distancia, y sí podemos encontrar, directamente dichos o reflejados, los grandes temas de la guerra, el racismo, la emigración, el terror, la muerte, la relación entre la ciencia y la locura, nada parece del todo presente, vivo, inmediato. Son demasiados temas para una sola obra y demasiados espejos, lentes y refracciones. El autor paga el tributo del dramaturgo novel: hay un exceso de ideas, de las que no se decide a sacrificar a ninguna, pero sin desarrollar del todo a ninguna, al punto que la acción parece congelarse en el mismo momento en que se plantea cada escena. La ambición de Peveroni planea muy por encima de todas las miserias humanas, pero también supera a los medios de que el escritor dispone, o por lo menos a los medios que ha asignado a esta empresa.
Como suele ocurrir, la ausencia de un adecuado desarrollo aparece envuelta en un lenguaje lírico y personalísimo, con no poca retórica, que transparenta más, que recubre la endeblez de la trama; y, como también suele ocurrir, hay fragmentos que no sólo no parecen pertenecer al autor sino que tampoco se incorporan claramente a la obra. Así, por ejemplo, hay una página de «El puente sobre el río Drina» de Ivo Andric (Premio Nobel 1961) que prácticamente se reproduce sin más constancia del origen que un agradecimiento al pie del libreto; y los sofisticados diálogos de la doctora Helena y Parzic, elusivos y alusivos, que suenan irresistiblemente a Milan Kundera, concuerdan mal con los diálogos directos y realistas de los jóvenes, y concuerdan peor con la fiesta de bodas, que suena a Kusturica. Es posible que en la mente del autor todas estas puntas y cabos se unan en un todo armónico; pero el efecto que se comunica al espectador es de extrañeza, disonancia y arbitrariedad.
La dirección de María Dodera da el ritmo nervioso y enérgico que requiere el libreto; la interpretación es muy solvente, con especial destaque en los trabajos de Iván Solarich, que lleva el peso mayor de la obra, Lucía Arbondo, Sergio Mautone y Susana Anselmi. *
SARAJEVO ESQUINA MONTEVIDEO, de Gabriel Peveroni, por la Agrupación teatral Trenes y Lunas, con Iván Solarich, Susana Anselmi, Lucía Arbondo, Sergio Mautone, Damián Barrera, Cristina Sartori, Maite Burgueño, Damiana Orué, Damián Coalla y Alvaro Domínguez. Escenografía y luces de Pablo Caballero, música original de Exilio Psíquico, dirección general de María Dodera. Estreno del 26 de abril, en Puerto Luna, Julio Herrera y Obes 1239, tel. 9027411.
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