Atchugarry a la Bienal de Venecia
En un informe elevado al nuevo ministro de Educación y Cultura, la Comisión Nacional de Artes Visuales comunicó que por falta de presupuesto era imposible cumplir con la selección nacional a la Bienal de Venecia a inaugurarse el próximo 15 de junio, además de la refacción del pabellón uruguayo (es uno de los pocos países del mundo que tiene pabellón propio), el envío de obras y del propio artista, así como el mantenimiento durante tres meses del cuidador.
El doctor Leonardo Guzmán designó como enviado uruguayo al escultor Pablo Atchugarry, hermano del ministro de Economía. La implicancia resulta obvia y aunque el artista (con museo propio desde 1999, en Lecco, Italia, y una obra en el jardín de esculturas del Edificio Libertad) haya resuelto correr con todos los gastos, incluido el catálogo, resultará difícil convencer de esas beneméritas intenciones a los suspicaces compatriotas. Ya se comprometió (sin comunicados a la prensa, los rumores circulan con rapidez ) la asistencia a la inauguración véneta de Mercedes Menafra, lo que supone, de verificarse, la movilización de ciertos fondos extras, esos que además abultan el presupuesto del Estado con los agregados civiles especiales en las embajadas de Buenos Aires o Roma, en su mayoría funcionarios poco idóneos: el sueldo anual de uno ellos, podría financiar a varios artistas valiosos que representen con dignidad el arte uruguayo en las bienales.
Recortar los gastos a la cultura es criminal; recuperarla significa varias décadas de empecinado esfuerzo colectivo. Lamentablemente, el arte nacional no figura en el horizonte del presidente Batlle (hubo un intento de ocupación del local del ministerio de Educación de la calle San José que no se efectivizó al anularse medidas injustas al desempeño de actividades docentes), mientras se despilfarra el dinero en contratos muy cuestionables y al margen de cualquier profesionalismo. La cultura uruguaya, municipal y nacional, se desliza hacia un seguro despeñadero y nadie (autoridades y creadores) parece advertir su lenta, perversa desaparición.
En Irak no se resguardaron los museos y bibliotecas sino los pozos petrolíferos; en Uruguay se atienden los bancos y no los bienes culturales (Sodre, Solís, museos y salas de exposiciones oficiales en la indigencia absoluta). La oscuridad al mediodía, diría Koestler. *
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