ARTE

La muerte de Manuel Espínola Gómez

Su enorme estampa física se imponía, incorporándose con naturalidad al paisaje urbano montevideano. El teatro, los conciertos, el cine, el fútbol y las exposiciones, claro, lo tuvieron como un asiduo concurrente. Fue el último representante de la bohemia en los desaparecidos cafés de la ciudad, a los que, empecinado, seguía concurriendo, aunque no tenían nada que ver con los de antes. En tiempos recientes se lo podía ver de tarde, en San José y Yaguarón, con su infaltable gorra, desaliñado en el vestir, solitario y pensativo, haciendo anotaciones o en esporádicos diálogos con colegas o críticos.

Desde su radicación en Montevideo, en 1949, dejando atrás Solís de Mataojo, Lavalleja, donde nació el 5 de julio de 1921, Espínola Gómez (más conocido en el ambiente artístico por “Manolo” o “el Peludo”), su talento autodidacto inició un camino de afirmación pictórica que sus envíos a salones municipales y nacionales habían suscitado enorme interés. Circo al mediodía, 1938, su primer trabajo vangoghiano premiado dos años después en el Salón Municipal de Artes Plásticas, es el punto de arranque de una producción que, si no numerosa, fue constante y renovada, con algún período de inactividad por su militancia política. Su autodidactismo eludió los pasajes académicos y de entrada, con su admiración hacia Carlos F. Saéz (con el ese nombre formará un grupo de efímera existencia en 1949, con Solari, Barcala y Ventayol) recorrió con fervorosa delectación la materia pictórica, trabajada con sensualidad y erotismo, sin abandonar jamás el óleo (nunca aceptó el acrílico) y la marca Lefranc, su preferida.

Personalidad compleja, fuertemente individualista, con una rebeldía innata que recogía un talante romántico, estuvo en varias oportunidades en el ojo de la tormenta. En 1954 mandó al Salón Nacional de Bellas Artes, la tela Sifón, imagen expresionista de un inodoro, que escandalizó por su temática a las mentalidades bienpensantes de la época sin que se advirtiera el extraordinario impacto inventivo del artista apelando exclusivamente al blanco y negro. En 1985 decoró barrocamente el Palacio Estévez con un hasta hoy polémico diseño y pintó el Gasómetro en homenaje a Alfredo de Simone, otro pintor de su predilección. Sus exposiciones llamaron la atención por la singularidad del montaje entre caprichoso y prepotente y el enmarcado, fuera de los cánones establecidos, así como los textos que incluía en el catálogo, de farragosa lectura. Deslumbró como dibujante en sus retratos en grafito y crayola (1972) y luego con sus ejercicios polifocalistas (1975).

Mientras, iba elaborando una obra importante, vasta y variada, generalmente pensada en series (que fue revisitada, sin la intrepidez necesaria, en junio-julio de 2000 en el Subte Municipal), Espínola Gómez se comprometió gremial y políticamente (fue autor del logotipo para el PIT-CNT, 1967), con una militancia inusual para un pintor de su categoría, viajó en numerosas oportunidades por el mundo, incluyendo Cuba y las repúblicas socialistas, actuó de jurado y fue asesor artístico oficial y privado. Mantuvo una audición radial durante largos meses, escribió y dio conferencias, redactó reglamentos y diseñó atriles para presentar cuadros. En todos los casos dejó un saludable empeño inconformista, con opiniones sorprendentes, rara vez compartibles, y una defensa inquebrantable hacia los pintores nacionales, opacando la importancia de maestros del siglo XX como Picasso o Matisse.

Dejó una obra que, en su mayor parte, forma parte de su propia colección. Vivió en condiciones precarias en una casa de la calle Paraguay destinada a sede de un museo monográfico, un propósito que por diversas razones, no se concretó, hasta que su deteriorada salud lo obligó a residir en el hotel Cervantes, en otros tiempos visitado por Borges o Bioy Casares. Quizá en un futuro no muy lejano sea posible, para las generaciones venideras, visitar esa casa y admirar a un pintor que osciló entre la figuración naturalista del comienzo, la figuración expresionista de los últimos años y una amplia gama de la abstracción entre ambos períodos. Pocas veces el acto de pintar (y de dibujar) tuvo en el arte nacional la vigorosa vitalidad que le inyectó Manuel Espínola Gómez que también supo ser un hombre y amigo excepcional, entrañable, huraño, desconfiado y locuaz, tierno y agresivo, celoso de su intimidad que preservó sin concesiones. En diferentes videos, uno de ellos filmado por Ximena Oyanedel, una amiga que supo cuidarlo hasta los últimos momentos, quedaron registrados la figura y las ideas de este gigante de la plástica nacional. *

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