LIBROS

Años interesantes: una vida en el siglo XX

Desde tiempos inmemoriales, los científicos e investigadores han disentido intensamente en torno al momento en que el Hombre imprimió su primera huella en la Tierra. Existe, en efecto, un prolongado período sin escritura que no es posible cuantificar con precisión: la prehistoria.

Aunque las hoy aún supervivientes pinturas rupestres aportaron muchas de las claves para medir el tiempo, fueron realmente los primeros signos grafológicos los que iluminaron los otrora oscuros senderos del conocimiento.

Partiendo de la nunca negada premisa de que a la historia siempre la escriben los triunfadores, las sucesivas generaciones debieron asistir a un auténtico carnaval dialéctico de recurrentes falacias.

Es claro que la única herramienta idónea para demoler tanto silencio es la investigación, que, al igual que en el estudio de las ciencias exactas, consiste en desarrollar intensas pesquisas en procura de la verdad. Sin embargo, como el ser humano es subjetivo por antonomasia, en muchos aspectos el pasado sigue constituyendo un enigma.

Nadie niega que el conocimiento empírico es un pilar esencial de la arquitectura del saber. Sin embargo, por obvios motivos cronológicos o temporales, la aproximación al conocimiento de la historia sólo se logra hurgando en el pasado, en libros, documentos y eventuales testimonios.

La construcción del presente es  en tales circunstancias  la suma de la interpretación de nuestras lecturas, investigaciones, reflexiones y discernimientos individuales, sometidos ulteriormente al insoslayable examen de la razón.

Empero, como la historia no es naturalmente una disciplina rígida e inflexible, la emoción tiene también un rol preponderante en ese complejo proceso de maduración intelectual que abarca toda nuestra existencia.

En plena era tecnológica e informática, la revolución mediática comporta toda una transformación cultural que cuestiona muchas de nuestras concepciones de la realidad.

Cuando todos suponíamos que el aluvión comunicacional contemporáneo contribuiría a democratizar la información otrora reservada a las elites, el monopolio de los grandes intereses económicos, financieros y corporativos sumió paradójicamente a la humanidad en una nueva era de oscurantismo.

El testimonio más elocuente de este fenómeno lo experimentamos recientemente durante la guerra de agresión perpetrada por los Estados Unidos contra Irak.

Las imágenes que el milagro de los satélites instaló en los receptores de televisión de nuestros hogares, fueron una grotesca y despiadada representación de la mentira oficial institucionalizada.

Mientras observábamos con estupor como la histórica Bagdad era bombardeada y demolida, casi nunca pudimos evaluar la magnitud de la tragedia que afectó a la población civil.

En esas circunstancias, para quienes balconeamos el conflicto a miles de kilómetros de distancia, la guerra fue como una suerte de superproducción bélica elaborada en los faraónicos estudios de la mítica «fábrica de sueños» de Hollywood.

Tenemos fundados motivos para temer que la ausencia de testimonios independientes acerca de ese conflicto salvaje e irracional, sea registrado  en el futuro  como una campaña militar destinada a liberar a un país del autoritarismo y no, como realmente fue: una aventura imperialista de apropiación territorial y económica.

Si nadie se propone registrar lo que realmente sucedió para el cabal conocimiento de las nuevas generaciones, la consecuencia será la impunidad de los crímenes perpetrados por la prepotencia, un flagelo que desgraciadamente bien conocemos los uruguayos.

En «Años interesantes: una vida en el siglo XX», el historiador angloaustríaco Eric Hobsbawm construye su minuciosa autobiografía, que es naturalmente un fragmento inseparable de la historia del turbulento siglo pasado.

Con 85 años de edad, el célebre investigador ha sido un testigo privilegiado del ser y el devenir de la humanidad contemporánea.

Su vasta producción ensayística y literaria constituye una herramienta capital para la interpretación de muchos de los fenómenos políticos y sociales de nuestro tiempo.

Sus libros son un material de consulta insoslayable para estudiantes, docentes y sus propios colegas. De su obra, aguda, osada y a menudo irreverente con el poder, cabe destacar, particularmente, «Rebeldes primitivos», «La era de la revolución 1789- 1848″, «La era del capital 1848-1875″, «Historia del siglo XX», «Entrevista sobre el siglo», «Trabajadores: estudios de la historia de la clase obrera», «El mundo del trabajo: estudios históricos sobre la formación evolución de la clase obrera», «Gente poco corriente», «Los ecos de la Marsellesa», «Revolucionarios», «Bandidos», «Política para una izquierda racional», «A la zaga: decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX» e «Industria e imperio: historia de Gran Bretaña desde 1750 has nuestros días».

Apelando a su prodigiosa memoria, los apuntes registrados en varios de sus diarios personales y su propia experiencia, el autor narra su peripecia personal, en una mixtura entre la biografía, la novela y el ensayo reflexivo.

Hobsbawm, que nació realmente en Alejandría, Egipto, evoca los difusos recuerdos de su infancia en Viena, cuando los históricos esplendores de la capital del derrotado imperio austrohúngaro habían sido reemplazados por los humeantes escombros de la Primera Guerra Mundial. Ese país dividido entre católicos y marxistas cuya identidad era por entonces un mero espejismo, sería años después arrasada por las tropas de Hitler.

Situándonos en la década del veinte del siglo pasado, el escritor define a esta nación como paisaje geográfico plurinacional, con fuertes conflictos sociales y una identidad hecha añicos por la barbarie bélica.

Pese a ser por entonces un niño, el relator  nacido en una familia relativamente acomodada de extracción judía  recuerda como se maquillaban los efectos de la catástrofe económica para guardan las apariencias y el rango social.

La prematura muerte de su padre y luego de su madre, transformó al joven Eric en un huérfano, que fue amparado por otros familiares que se hicieron cargo de su tutela y manutención.

El escritor recuerda los primeros años de su agitada adolescencia en Berlín, que en tiempo de la malograda República de Weimar luchaba por consolidar una estabilidad institucional perdurable.

Sin embargo, en la primera mitad de la década del treinta, la polarización y atomización social y política allanarían el camino para el ascenso al poder del Partido Nacional Socialista Alemán encabezado por Adolf Hitler.

Por entonces, a raíz del hundimiento de la economía mundial, Alemania padecía una terrible crisis, que se traducía en hiperinflación, pobreza y el desempleo de casi la mitad de su fuerza laboral.

A juicio del historiador, el ascenso de Hitler por la vía de las urnas fue el fruto de errores estratégicos de las fuerzas progresistas, que, en medio de una situación de desencanto colectivo y confrontación, no percibieron con certeza cuál era el verdadero enemigo.

A raíz de la creciente hostilidad contra los judíos, Eric Hobsbawm emigró a Inglaterra, patria natal de su padre. Allí, junto a sus familiares de origen anglosajón, inició el período más crucial de su educación, al ingresar a la Universidad de Cambridge.

Por entonces, la cultura victoriana convivía con una fuerte efervescencia ideológica que inmediatamente impactó al joven estudiante.

El ensayista revela que esa emblemática casa de estudios  de la que egresaban más gobernantes que profesionales  era un centro de reclutamiento del Pa
rtido Comunista y de agentes secretos que cumplían misiones para la Unión Soviética.

El autor evoca que su proceso de formación, concientización y posterior ingreso a las filas del partido, coincidió con un período muy turbulento pautado por el baño de sangre de la Guerra Civil Española y una Europa en estado de tensión por el avance de los extremismos de ultraderecha.

Confiesa, íntimamente, que la violencia genocida de los nazis impidió en esos tiempos visualizar con claridad los atropellos del autoritarismo estalinista.

Con indisimulado estupor, el minucioso cronista reconstruye los bombarderos a Londres y otras ciudades inglesas y su alistamiento en el ejército inglés. No obstante, admite que su experiencia de guerra fue nula, porque su misión se limitó a meras tareas de apoyo sin traslados territoriales.

Sin embargo, sus años en las fuerzas armadas británicas constituyeron igualmente una experiencia de aprendizaje, porque tomó contacto con todas los estratos sociales. Advirtió que también en ese ámbito se reproducían las desigualdades.

Sin abandonar el tono autobiográfico de su relato, Eric Hobsbawm analiza, con el rigor del historiador, los años posteriores a la segunda gran conflagración del siglo pasado y la inauguración de la denominada Guerra Fría.

Esos años, en la segunda mitad de la década del cuarenta, coincidieron con sus primeras incursiones en la docencia y su fugaz actividad radial en la BBC de Londres.

Recuerda que recién en ese momento, advirtió los primeros síntomas de intolerancia con los comunistas en los países occidentales, para quienes se comenzaron a cerrar todas las puertas.

En ese contexto, analiza los hitos fundamentales de esa auténtica caza de brujas, que en Estados Unidos tuvo la bárbara expresión con las listas negras del macartismo. La guerra de Corea también contribuyó a ese visceral sentimiento anticomunista.

Sin renunciar a la narración de sus vivencias personales y sus afectos, el autor despunta su pasión por la interpretación de la historia contemporánea. En ese contexto, recuerda el período estalinista y su legado y la ruptura de la URSS con Yugoslavia, en lo que marcó una fuerte contradicción entre dos modelos de socialismo antagónicos.

Eric Hobsbawm consagra los últimos capítulos de su libro a un profundo análisis de los últimos cuarenta años del siglo XX, poniendo particular énfasis en la fermental década del sesenta.

En ese marco, destaca su experiencia en contacto con el idealista Mayo Francés, su pasión por las luchas guerrilleras en América latina, su admiración por la revolución cubana y la épica del «Che» Guevara, sus críticas a la guerra de Vietnam y el impacto que le provocó la invasión soviética a Checoslovaquia.

El ensayista analiza  con acento grave y desencantado  la crisis y posterior desintegración de la Unión Soviética, sugiriendo, más allá de comentarios y disensos, que la caída de esa potencia eliminó el equilibrio de la bipolaridad y abortó muchos procesos de cambio en el mundo.

«Años interesantes: una vida en el siglo XX» es un libro que excede a los meros parámetros de la biografía y la peripecia individual, para erigirse en un contundente ensayo sobre un tiempo histórico de turbulencias, odios, violencia y profundos cambios políticos, sociales e incluso culturales.

En muchos pasajes de esta obra sin dudas insoslayable, Eric Hobsbawm asume un acento crítico y hasta autocrítico sobre su evolución ideológica, aunque reafirma su compromiso con los ideales de cambio y la indispensable vigencia de las utopías.

«No abandonemos las armas, ni siquiera en los momentos más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo», expresa el célebre historiador a modo de reflexión final.

(Editorial Planeta/Crítica)

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