Firmas nacionales en exclusividad
No se podrán quejar de esa preferencia. Todas las salas de exhibición de las diferentes instituciones de Montevideo hospedan artistas nacionales. Consagrados como referentes históricos o pertenecientes a varias generaciones actuales, los nombres que se pueden ver y estimar (los que inauguraron y los que inaugurarán en estos días) abren un espectro amplio de propuestas uruguayas. Los montajes no se distinguen por un diseño y realización audaces en ningún caso, mientras que los catálogos importantes o sencillos (también su ausencia), incluyen textos que poco contribuyen para alterar el pulso intelectual del lector ocasional. Curiosamente, los vernissages son muy concurridos. El público es capaz de ocupar los amplios espacios del hall de la IMM o el patio del Palacio Santos, el pequeño del Museo del Azulejo, pero difícilmente regresará para observar lo que no pudo ver el primer día. Como es habitual, el vacío se sucede al pleno. Y no es buena señal. Es que, tener el imán diario de un Rembrandt, como sucedió el año pasado en el Museo Nacional de Artes Visuales durante dos meses, es rara avis.
Pedro Figari (Palacio Santos)
La denominada Muestra retrospectiva del doctor Pedro Figari en la ampliada sala que lleva su nombre (planta baja del Ministerio de Relaciones Exteriores) conmemora el décimo aniversario de su fundación. Pensada para incrementar el intercambio internacional, el objetivo de la sala y el patio colonial circundante no ha sido satisfactorio por escasez de personal y de un presupuesto acorde con sus propósitos. Tampoco ayuda la no muy feliz resolución del espacio que necesita paneles móviles y no cortinas, poco aptas para cumplir su función utilitaria, y no es buena la resolución de caballetes empleados en esta oportunidad. La buena intención de funcionarios y colaboradores no basta. El ejercicio de la diplomacia implica dignidad en la actuación y en la difusión del arte nacional en el exterior y atraer muestras de provenientes de países cercanos o lejanos. No hay una política cultural y los auténticos (universales y reconocidos) valores nacionales quedan sepultados, eternamente postergados ante la inercia oficial o mencionados en la retórica oportunista. Es una situación que debe cambiar necesariamente ya que la cultura no es un gasto sino una inversión. Hay que formar un equipo asesor técnico, profesional que instruya y forme a los futuros representantes del país en el exterior sobre lo esencial del arte y la literatura nacionales. Es triste verificar que a menudo, salvo en contadas ocasiones, el Uruguay no tiene embajadores o agregados culturales con los conocimientos mínimos de la realidad cultural que representan. Lo mismo puede decirse del personal extranjero acreditado en Uruguay: pasan unos años, sin preocuparse por el entorno en que viven, sin aportar nada de donde vienen. Ni conocen ni dan a conocer. Ni llevan nada ni dejan nada. Entonces, la relaciones se reducen a la mínima expresión protocolar. Y hay que insistir, hacer el esfuerzo, con crisis o sin ella, por revertir la situación. La imaginación, una vez más, debe ser convocada.
Los veinticinco cartones de Figari, provenientes de museos (Histórico Nacional, Municipal de San José, con obras muy valiosas pero no bien conservadas) y de particulares (menos interesantes, aunque es notable Fantasía de carnaval en Parva Domus), así como documentos originales poco conocidos, tienen su atractivo, aunque el conjunto es desigual. Pero sería suficiente Fantasía, esa inspiradísima, extraña y casi abstracta composición para justificar la visita a la exposición. Pero hay más. Una mirada inteligente podrá encontrar resonancias del primer Mondrian y del suizo Ferdinand Hodler en los cielos figarianos (bandas paralelas de talante minimalista) así como en las severas resoluciones arquitectónicas (Luna de miel), el recuerdo de Van Gogh en las diligencias (que Figari vio en la colección Milo Beretta), o la insólita afinidad, avant-la-lettre, con el expresionismo abstracto, en la pincelada suelta y vibrante de amplios sectores de otros cuadros. La revisión permanente de Figari, es siempre bienvenida, sugeridora de nuevas interpretaciones, atrapa con el poder encantatorio al que se rendía Malraux, que incluso en selecciones y montaje discutibles como aquí, en el Palacio Santos, entrada por la calle Cuareim, que sólo se puede ver hasta el miércoles y vale la pena visitar.
Dos videastas locales
Julia Castagno presenta el video The chicken party-La guerra de los pollos y desde el vamos (la deliberada errónea traducción) anticipa el sarcasmo, la carga irónica que despliega en su proyecto. Contagiada de la obra pionera de Martín Sastre (pertenece al mismo Movimiento Sexy), Castagno arremete contra la desinformación de los noticiarios televisivos, la manipulación de las imágenes de acuerdo a las ideologías imperantes, la incomprensibilidad de los textos. En media docena de monitores, con sus correspondientes audífonos, y durante veinte minutos, se puede seguir la intrepidez del libreto y la filmación (interviene un grupo numeroso de amigos y colegas de la artista) que deja un saldo muy positivo. No es común esta toma de posición decidida frente a los medios, esta lucidez ante los problemas de la realidad inmediata al que sin duda contribuye el talento de Daniel Umpiérrez (escribe desde el catálogo) y el colectivo Movimiento Sexy, el más fermental y removedor dentro del apático panorama nacional. En la Sala Menor del Centro Municipal de Exposiciones, miércoles a domingo de 17.00 a 21.00.
En comparación, Souvenirs, una instalación de video perteneciente a Fernando Sicco, aparenta ser más convencional aunque de mayor fuste técnico, pero una mirada atenta descubre sutilezas en la iconografía empleada. Sicco escribe en el catálogo que Souvenirs es «un producto tributario de viajes», pero opuesto a las excursiones turísticas tipo si es martes debe ser Bélgica. Aquí no hay «insectos felices» que recorren incontables ciudades y países en algunas semanas sino una mirada aguda y compadecida del ser humano en sus diversos registros por interiores (escaleras mecánicas, metro, iglesia) o exteriores (playa, vidrieras), esas multitudes solitarias que intentan, no siempre sin lograrlo, la comunión a través de la religión, la asistencia a espectáculos o encuentros multitudinarios. Un texto claro y breve (por fin!) del curador Fernando Alvarez Cozzi es una buena introducción a la obra de Fernando Sicco, una personalidad de sólida formación que hasta ahora no había tenido la visibilidad necesaria que merece su talento creador.
En el Cabildo de Montevideo, miércoles, jueves, viernes y domingo de 13.30 a 17.30, sábado de 11.00 a 16.30. Hasta el 15 de junio.
Yauguru Bichos & Asociados
Es el título que eligió Gustavo «Maca» Wojciechowski para su múltiple muestra. Más conocido como diseñador gráfico, con recordadas excelencias, Maca también fue curador de exposiciones en un par de oportunidades y dibujante, entre otros oficios.
Ahora exhibe pinturas y pequeñas esculturas, que si por un lado abrevan en la imaginación infantil por otro recorre las artes populares y la obra de JJNúñez. Lo hace con gracia y ocasional toque poético pero un montaje demasiado abierto despoja a los trabajos de la indispensable intimidad que solicitan.
Debió ser más numerosa la sección de diseño gráfico, el fuerte del artista y aquí demasiado avara en ese rubro. Sala Carlos F. Sáez, lunes a viernes de 12.00 a 18.30.
Postales y folletos
Tarjetas postales antiguas recorre la memoria del Montevideo que fue a través de intercambios impresos por correo. El arte-correo nació así, junto con la p
ostal en 1869, y se adoptó en Uruguay en 1875, con imparable difusión internacional que luego, avanzado el siglo XX, adquiriría otras peculiaridades. Son fotografías de una colección particular, agrupadas en veinte temáticas que descubren las insólitas excentricidades de Villa Dolores, cuando todavía existía un lago, los hábitos indumentarios en la playa Pocitos a principios del siglo pasado, la elegancia femenina en el hipódromo de Maroñas, las ordalías para subir a un barco durante el mal tiempo. La muestra es sencilla (quizá hay demasiados textos y escasean las imágenes) sin mayores pretensiones que dar una ojeada (como en los álbumes familiares) al lejano ayer. Junto con el catálogo, se ofrece al visitante un folleto, muy bien presentado y editado, del circuito turístico de la Ciudad Vieja. En el Museo Histórico Nacional, casa de Rivera, martes a viernes de 11.00 a 17.00, sábado de 11.00 a 16.00.
A su vez, el Museo del Azulejo, editó el primer cuaderno con el título Ruta de un azulejo del medioevo español al México del siglo XXI del arquitecto Alejandro Artucio.
En una cuidada edición con buenas fotografías, el director del museo repasa la historia y las adaptaciones del azulejo denominado cartabón, vela, mitad o meia cara en Portugal, desde su aparición en el medioevo español hasta hoy, en países muy diferentes de América Latina y en sus variantes de composición. Es muy encomiable este esfuerzo editorial impulsado por la Asociación de Amigos del Museo del Azulejo, que ya tiene agendados tres cuadernos próximos. Museo del Azulejo, Cavia 3080, martes a domingo de 13.15 a 18.30. *
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