CHARLY, RADA Y LOS OTROS

Canciones de la buena memoria

Cuando Charly García y Ruben Rada, en el epílogo del concierto, decidieron atacar «Los dinosaurios» ya la multitud en el Teatro de Verano había vivenciado un espectáculo formidable. Después que el negro jefe, acompañado de sus tumbadoras, se metió en ese universo garciano, precisamente el compositor argentino mandó la orden de rapear y llegaron los tremendos «Rap del exilio» y «Rap de las hormigas» para concluir una velada que tuvo por momentos clima de revival, aunque más que nada un noble itinerario por la memoria cancionística de dos compositores mayores y perdurables.

Lo cierto es que Charly García lució espléndido, rodeado de María Gabriela Epumer y su novísima banda con instrumentistas chilenos, y sentado en semicírculo, otorgaron un recital de aplomada belleza, de una sincronicidad sonora avasallante. No faltaron esas canciones que han marcado a sangre y fuego a más de una generación tales como «Pasajera en trance» o «Promesas sobre el bidet» y tampoco faltó una de los mayores logros en plan solista: esa canción con embalaje utópico que viene a ser «Anhedonia». Hubo otras para que el público generara su fervor. Estuvieron las canciones de su más reciente disco Influencia y practicó una impactante versión de «Me tiré por vos» y hasta se atrevió con dos incitantes inéditos.

García, aun con su voz cada vez más debilitada, de todos modos sigue siendo un profesional a todas luces y un individuo del que emana un carisma irresistible. Loco. O, tal vez, una manera de actuar: García es la bola de la ruleta que cae siempre en el lugar indicado para que el público se vuelva su cómplice y a la vez se regocije con un excelente repertorio y su humor mordaz.

Por su parte Ruben Rada arrancó el concierto haciendo un viraje notabilísimo, y puede admitirse que alcanzó a consolidar en el escenario -y en la incidencia del masivo público en las gradas- momentos y climas altamente disfrutables y en particular altamente emotivos. Es Rada. Una medida de la grandeza que se merecía este concierto donde la gente le regaló sus mejores palmas en mucho tiempo.

Y el negro jefe se concentró en desplegar sus clásicos: hits como «Heloísa», la entrañable e insurgente -en el momento en que fuese fundada- «Biafra» o incluso la memorable «Dedos». Hasta que el Trío Fattorusso, el respaldo de lujo de Rada, revivió temas de Opa como «Montevideo» y otros como «Ayer te vi» o «Candombe para Figari», para que la multitud alcanzara una euforia y a la vez una concentración pasmosas.

Hugo Fattorusso cumplió con el maestro Eduardo Mateo: con emoción a flor de piel interpretó en clave íntima «Amigo del alma». Tampoco faltó Lobo Núñez y sus tambores para seguir calentando un ambiente ampliamente satisfecho con un espectáculo en el cual, además, los Fatto se dieron la libertad para improvisar y colorear y enriquecer un concierto de contextura inolvidable. El virtuosismo no es desmesura en estos casos: es pura, neta capacidad creativa.

Dos formas de componer, dos modos de hacer música popular. Un espectáculo demoledor en solvencia, en matices, en riqueza temática, en poética. En música del alma. Impresionante. *

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