LIBROS

La silla del Aguila

Ni la sorpresiva epidemia de la novedosa neumonía atípica que amenaza emular los devastadores efectos del sida, logra aplacar el intenso impacto de otros males endémicos que renuevan su ofensiva contra la humanidad: la desigualdad social, la miseria, la pobreza y la exclusión.

Este mundo unipolar sacudido por las contradicciones está pariendo un nuevo tiempo de oscurantismos, donde el silencio cómplice reemplazado al debate transformador y la fuerza a la razón.

Durante una reciente visita realizada a nuestro país y en medio de la polémica por sus recientes declaraciones sobre la situación imperante en Cuba, el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago renovó su condena a un orden mundial cada vez más injustamente despiadado.

Sus reflexiones, que poco tienen de novedosas, nos recuerdan que actualmente asistimos -por más que el discurso oficial intente minimizarlo- a una suerte de funeral de la democracia como sistema participativo y representativo de la voluntad de las mayorías. Un ejemplo gráfico de la genuflexión de algunos gobiernos a la voluntad de las potencias, es la reciente visita realizada por el presidente Jorge Batlle a su colega norteamericano George Bush.

El mandatario uruguayo, ignorando la opinión mayoritaria de sus compatriotas a favor de la paz y una solución negociada a los conflictos internacionales, convalidó la agresión norteamericana contra Irak, cediendo al chantaje diplomático de la Casa Blanca.

A cambio de su sumisa actitud, que rompe con una añosa tradición histórica, próximamente se reabrirá el mercado del país del Norte a las carnes uruguayas y proseguirá el flujo de créditos para reconstruir nuestra maltrecha economía bajo las humillantes condiciones impuestas por los organismos multilaterales de crédito.

¿Quién puede racionalmente aventurar que mañana el blanco de las nuevas aventuras militares no sea la propia América latina, si los nuevos gobiernos abandonan la cultura de obsecuencia cultivada por los antecesores?

El poder unipolar está demoliendo las identidades nacionales con la complicidad de muchos gobernantes, que en los eufémicamente denominados países «emergentes» actúan como meros administradores de intereses extraterritoriales económicos, comerciales y financieros. Con más intensidad que en el pasado reciente, la soberanía parece residir básicamente en los grupos de presión y no en la ciudadanía o las organizaciones sociales que legítimamente la representan.

Cuando apenas restan dieciocho meses para el primer turno de las elecciones nacionales que pueden definir un profundo cambio en la conducción económica y social de nuestro país, los partidos de la derecha vernácula comienzan a cerrar filas para intentar  por todos los medios  que no se consume la victoria de las fuerzas progresistas.

Pronto quedarán de lado los rencores históricos y las escaramuzas verbales que suelen salpicar la comidilla política cotidiana, porque el propósito superior es más importante que las rivalidades circunstanciales: derrotar en las urnas los proyectos de cambio. La renovada virulencia responde al temor infundido por las últimas encuestas de opinión, que grafican  con la contundencia de los números  que la mayoría de los uruguayos están hastiados de un modelo fracasado y agotado que ha decepcionado incluso a muchos de sus aliados históricos. El poder  que no repara en colores políticos sino en intereses sectoriales ajenos a los de las mayorías  se prepara para la crucial batalla por su supervivencia, con nuevas y afinadas estrategias de seducción colectiva que puedan maquillar los efectos de una situación de desastre que sepultó las expectativas y esperanzas de miles de uruguayos. En «La silla del Aguila», el célebre escritor mexicano Carlos Fuentes propone un despiadado retrato de la cultura de poder históricamente imperante en su país, denunciando conspiraciones, intrigas palaciegas, mentiras, engaños, fraudes y prácticas de corrupción.

Rompiendo con el formato y las convenciones tradicionales de la novela, el autor construye el cuerpo de su obra mediante el lenguaje epistolar. Sin embargo, la estrategia narrativa seleccionada en nada afecta la comprensión y eventual interpretación de la historia.

Asumiendo un ejercicio de política ficción, Fuentes ambienta este nuevo libro en el año 2020, en un mundo asfixiado por la impunidad del imperialismo que actualmente se está insinuando con despiadado rigor.

La inquieta creatividad del escritor imagina una nada improbable invasión de fuerzas norteamericanas a Colombia, cuyo propósito sería detener a la aún sobreviviente guerrilla y abortar los operativos del narcotráfico.

Definido el previsible escenario planetario, Fuentes incorpora un ingrediente que se transforma en la fuerza motriz de la historia: la actitud contestataria del gobierno mexicano de la época, que condena la intervención militar y resuelve aumentar los precios del petróleo crudo en el mercado internacional.

Estas dos medidas propician una furiosa represalia de los amos del mundo, que cortan las transmisiones de un satélite de comunicaciones con el propósito de dejar aislados a los mexicanos y castigar el pecado de la osadía.

En esas circunstancias y al silenciarse los teléfonos, los faxes y otros medios para emitir mensajes, los protagonistas deben recurrir al diálogo epistolar.

En esas peculiares circunstancias, el escritor va edificando pacientemente el tumultuoso escenario de una visceral confrontación por la conquista del poder. El relato es rico en personajes, que constituyen la compleja fauna que rodea al gobierno, los incondicionales adherentes, obsecuentes adulones, desinteresados colaboradores y, naturalmente, los secretos y pérfidos conspiradores. Mixturando la intriga política con el romance y hasta con el sexo, el autor desliza su pluma puerta adentro del palacio de gobierno, donde una auténtica jauría se devora mutuamente a espaldas de un presidente honesto e idealista.

Recurriendo a la ironía y el desenfado, Carlos Fuentes describe el ardiente romance postal de una veterana operadora política y prostituta de lujo que conoce todos los resortes del poder, que desafía a un joven ambicioso a escalar hasta llegar a la silla del águila a cambio de un lugar de privilegio en su codiciada alcoba. La mujer aconseja cuidadosamente al aspirante a presidente, advirtiéndole en torno a los riesgos y los espinosos territorios que tendrá que transitar para ceñirse en su pecho la banda tricolor.

«Hemos vivido con los ojos pelones, sin saber que hacer con la democracia. De los aztecas al PRI, con esa pelota nunca hemos jugado». Esta frase sintetiza el pensamiento de un veterano caudillo político, que reflexiona sobre el presente nutriéndose de la experiencia de la historia de su país. Como si se tratara de una pieza de teatro dividida en numerosos actos, el autor presenta a los personajes de la compleja trama, que en ciertos tramos de la novela asume un trazo de sainete.

Sin abandonar el formado epistolar, Carlos Fuentes presenta sucesivamente al poderoso, corrupto y alcahuete jefe de gabinete, al calculador secretario de gobernación, al romántico consejero áulico apodado sugestivamente Séneca (en alusión al inmolado estoico de los tiempos del demente emperador romano Nerón), al pragmático ministro de Hacienda, al severo secretario de Defensa y al implacable jefe de policía.

El despiadado tinglado armado por Fuentes no se agota en estas criaturas ficcionales. También emergen a escena un anciano político que es un símbolo de la historia política de su país, un ex mandatario que retorna del exilio con el propósito de apropiarse nuevamente del poder y un genuflexo presidente d
el congreso que debe más favores de los que está en condiciones de pagar.

El escritor sazona su relato con frases, definiciones y sentencias que definen los entretelones de la cultura del poder según las circunstancias. Mientras el consejero se lamenta por las graves consecuencias de las medidas que generaron el enfrentamiento con los Estados Unidos pero admite la ética y la valentía del presidente, el ministro de Hacienda recomienda mantener una «economía sana», austeridad y responsabilidad en el gasto, una inflación controlada y bajos salarios. Sin embargo, contrariamente a la actitud miope y contumaz de quienes nos gobiernan por estos sureños lares, admite que «la pobreza es una mala inversión». Con un explícito propósito testimonial, el autor mexicano describe el entorno del presidente como un escenario prostituido por el autoritarismo y la inmoralidad, que define en dos sugestivas frases pronunciadas en secreto por sendos interlocutores gubernamentales: «donde dimos democracia perdimos autoridad» y «la corrupción lubrica al sistema».

Mientras todos conspiran, el bien intencionado jefe de Estado permanece en la jaula de cristal de su palacio, rodeado de adulones, enemigos y divorciado las desventuras de su pueblo.

Con una prosa gráfica, contundente y por momentos sarcástica, Carlos Fuentes construye una ficción política posible en un período histórico distante en el tiempo.

En ese contexto, reproduce todos los vicios de la idiosincrasia y la clase política de su país, que ciertamente no difieren de la fauna de otros países latinoamericanos.

A medida que el lector avanza a través del tortuoso laberinto de esta historia no tan ficticia, va descubriendo muchos ejemplares de una fauna bien conocida en nuestro país.

En esta novela de mordaz trazo crítico, asumen protagonismo los adulones y alcahuetes del poder, los obsecuentes, los resignados, los grises burócratas, los intrigantes, los ambiciosos, los inescrupulosos, los corruptos, los ladrones de guante blanco y hasta quienes no reparan en cometer un asesinato con tal de concretar sus espurios propósitos.

Muy pocos ejemplares de este «zoológico» humano se salvan de la implacable pluma del escritor, que entierra en el fango hasta a aquellos personajes que inicialmente parecían inocentes y bien inspirados.

«La silla del Aguila» es una despiadada radiografía del poder, los abundantes vicios y escasas virtudes, narrada por Carlos Fuentes con acento crítico y discurso de sesgo claramente testimonial.

Aún en aquella situaciones más dramáticas, el autor descomprime la tensión mediante un lenguaje coloquial de humor sardónico, que apunta a desnudar los entretelones de un mundo oculto que convive paralelamente con la sociedad.

Fuentes denuncia que -en su país- existen no una sino numerosas repúblicas satélites del poder central, que se nutren de intereses sectoriales, políticos, económicos, sociales y de la ancestral soberanía de los «caciques» regionales.

En este libro, que es sin dudas una de sus obras más valiosas, el novelista mexicano convocar a reflexionar también acerca de la doble moral, la traición, la lealtad, el pragmatismo, los idealismos e incluso la indispensable supervivencia de las utopías.

«La silla del Aguila» es una novela de ficción, pero también un fuerte alegato testimonial que excede a los marcos históricos referenciales del país de su autor. En efecto, muchos de los personajes y las hipotéticas situaciones nacidas del genio creativo de Carlos Fuentes son habituales en nuestro otrora paradigmático Uruguay. *

(Editorial Alfaguara)

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