Pintura rusa en museos de San Petersburgo
La extensa historia de la pintura rusa se divide en dos grandes períodos, uno bizantino desde sus orígenes en el siglo X hasta principios del siglo XVIII y otro occidental. Un pasaje de brusca renovación, que no tuvo ningún otro país, impuesto por la reforma de Pedro el Grande al descubrir el arte barroco francés en su visita a París. La ciudad construida sobre pilotes en la zona pantanosa de la desembocadura del río Neva, a orillas del Báltico, se convirtió en la capital de Rusia y pasó a ser, por los arquitectos occidentales, una de las más hermosas del mundo y el centro cultural por excelencia de la nación. Con la revolución bolchevique de 1917, se llamará Leningrado a partir de 1924 y luego del derrumbe de la URSS, en 1991, volverá al nombre original.
Aunque la enorme fama del megamuseo del Ermitage puede opacar cualquier otra institución, el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo posee obras importantes de artistas nacionales.
En el video que se proyectará el próximo fin de semana (sábado y domingo a las 16.30 y 17.45 horas, con entrada gratuita) en el Museo Nacional de Artes Visuales del Parque Rodó, se conocerán obras de Mijail Vrubel (1856-1910), Ilya Repin (1844-1930), Mijail Nesterov (1860-1912), Marc Chagall (1887-1985) y Liubov Popova (1889-1924).
No es la primera vez que se accede al conocimiento del arte ruso en Montevideo. En 1945, en la sede de la Comisión Nacional de Bellas Artes, al costado derecho del Teatro Solís, los veteranos memoriosos recordarán la colección Paula de Köningsberg con una soberbia representación de iconos bizantinos originales provenientes de Novgorod, Pskov, Vladimir, donde figuraba, nada menos, que Andrei Rublev, el maestro indiscutido, difundido por la excelente versión cinematográfica de Andrei Tarkovsky. Más adelante una agradable selección de Marc Chagall recaló en el mismo museo donde ahora se exhibirán los videos integrados al ciclo Para comprender la pintura, un análisis de obras pictóricas existentes en los principales museos del mundo.
Serafín de seis alas de Vrubel es una pintura muy representativa de un talento plural (fue diseñador de escenarios para óperas y ballets, escultor, lingüista) casado con una cantante de ópera, amigo de Tolstoy, Musorgsky, Borodin y Rimsky Korsakov, a quienes retrató, y admirado por Picasso cuando expuso en París. Murió loco y ciego a los 54 años y dejó una obra simbolista de visionario místico que ancló en los iconos y el folclore rusos tanto como en el impresionismo francés.
Repin fue el pintor más famoso en su época. Formó parte del grupo Los Ambulantes, pintores que se oponían a la academia y que en 1870 se unieron en la creencia de un arte humanista y social, haciendo exposiciones itinerantes por diversos lugares. El grupo se disolvió en 1923 y fue un anticipo del Realismo Socialista al cual Repin aceptó. La enorme tela Los cosacos ilustra cabalmente su orientación hacia el género histórico y patriótico, un realismo a la manera de Gogol, que acaso hoy no despierte el mismo entusiasmo ni los elogios prodigados por Dostoievsky.
La toma del velo de Nesterov, pintada en 1887, una procesión solemne de monjas, se inscribe en el contexto de la cultura rusa en la búsqueda de su tradición perdida (exaltó a Alejandro Nevsky, el zar héroe y guerrero medieval inmortalizado por Serguei Eisenstein en el cine) aunque se dejó influenciar por los románticos alemanes y los impresionistas franceses.
Chagall es el más conocido y estimado por el público occidental, aunque no fue un creador de primera línea. En El paseo (1917), de la mejor época, se autorretrata con su novia teniendo como marco Vitebsk, la ciudad natal, luego de absorber el cubismo, para crear un mundo de mágica fantasía en uno de los cuadros más felices con su canto a la vida y a la felicidad.
Popova integró la vanguardia rusa y murió a los 35 años. Partió del cubismo de Picasso y Braque (Retrato de un filósofo así lo evidencia), se incorporó al grupo de los grandes maestros que revolucionaron el arte (Tatlin y Vesnin), y bajo la influencia de Malevich, Exeter y Klunis, previa asimilación del futurismo italiano, llegó posteriormente al suprematismo y al constructivismo. Su mejor producción se sitúa en la década del veinte, en sus incursiones por el fotomontaje, la tipografía renovadora y los decorados teatrales para Meyerhold. Enseñó en la célebre Vutemas, un instituto similar a la Bauhaus alemana.*
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