"Aquel viejo jazz"
Allá por la década del 30, el tango era el rey en el Montevideo de casas bajas. Pero, de a poquito, llegaban otros ritmos que empezaban a hacer roncha.
La muchachada del dos por cuatro vichaba de reojo esa «música foránea», al decir de algún recalcitrante que escribía en «Cancionera».
Por el reo Puerto Rico, al lado de la vía de Avellaneda y en el mítico «Tajos y Puñaladas», por la calle Criollos de El Prado, nadie daba un vintén por eso llamado jazz.
Esa música comenzó a entrar por el lado de los bolsillos gordos. En el Club Uruguay se realizaban «veladas bailables» que le decían para disfrutar del ritmo sincopado. En sus salones, primero con vitrolas y luego con entusiastas músicos, el swing empezó a pegar fuerte. La ciudad quería dejar de ser «el tontovideo» como lo había bautizado tiempo atrás el dandy Roberto De Las Carreras.
Y esa gente después de hacer fondo blanco con el champagne terminaba a los saltos con otro ritmo que se las traía, el charleston. Noveleras chicas de «la sociedad» escandalizaban a sus rancias abuelas. Cortonas polleritas, collares de varias vueltas y a sacudir sus melenitas de oro que enloquecían hasta a los melancólicos poetas tangueros.
Allí están, las manos en las rodillas, abrir y cerrar las piernas, saltos hacia adelante y un poquitín hacia atrás. No dejes de mover las caderas.
Como mostraban los biógrafos, la locura de la Quinta Avenida ahora desembarcó en aquella apacible ciudad. Desde la radio muchos programas difundían el buen jazz. En la noche de los jueves por la Centenario Broadcasting escuchábamos al gran Duke Ellington. En la 32, radio El Aguila, el crítico Saúl Sempol difundía la rítmica novedad.
Se popularizaron nombres como Fletcher Henderson y Chick Weeb. Copaba un pícaro morenito que tocaba la trompeta como los dioses, Louis Armstrong. El amigazo Santiago Luz, fanático de Benny Goodman, armó un trío y se ganaba unos pesos en su pasión por el jazz.
Cuando recalaba con nuestra barra de Bella Vista siempre traía su clarinete. Nos entusiasmaba mientras bebía armoniosamente un buen tinto.
Por esos días llegó al Urquiza «un ángel de ébano», Jospehine Baker.
Todos esos ritmos y hasta un tango en francés con la diosa negra que reía y embrujó a los montevideanos.
Al pasar los años, las colas para ver las cintas de Fred Astaire y Ginger Rogers fueron la confirmación de que esa música había llegado para quedarse por siempre.
Jazz y un buen tango ¿por qué no? latiendo en el cuore de aquella vieja Montevideo.
Los esperamos sábados y domingos, a las 19.00 horas en 1410 AM LIBRE.
Compartí tu opinión con toda la comunidad