La voz rebelde del jazz
Militante de los derechos de los negros, Simone participó activamente en las manifestaciones que marcaron Estados Unidos a mediados de los años 60.
Nina Simone, cuyo verdadero nombre era Eunice Waymon, nació el 21 de febrero de 1933 en Tryon, Carolina del Norte.
De una sensibilidad a flor de piel, de carácter a veces violento, Nina recordaba que había sufrido el racismo y la injusticia, lo que la llevó a desafiar toda su vida el «poder blanco». En 1992, en una entrevista a la revista Jeune Afrique, expresó su admiración por el dirigente negro Louis Farrakhan: «Es un gran hombre que trata de agrupar a todos los negros bajo la misma bandera», dijo.
En agosto de 1995, un tribunal francés la condenó a ocho meses de detención condicional por haber herido con una pistola de perdigones a un adolescente que jugaba con sus amigos en un jardín vecino al suyo porque le molestaba el ruido que hacían los muchachos.
Al igual que otras grandes figuras de la música negra de su generación, músicos de blues y pioneros del rock, como Chuck Berry, Nina Simone fue víctima al principio de su carrera de administradores poco escrupolosos. En su juventud firmó contratos desfavorables que lamentó durante años.
Por ejemplo, en 1987, cuando la canción «My Baby Just Cares For Me» volvió a ser un éxito al ser utilizada para una campaña publicitaria de la firma Chanel, la cantante no recibió prácticamente ningún ingreso suplementario, dado que había cedido los derechos años antes por una suma fija. Por eso se negaba a cantarla en los escenarios, para pesar del público de la época, que no comprendía por qué no interpretaba el tema que triunfaba en la radio.
Como Ray Charles, del que es en cierta manera el equivalente femenino, Nina Simone tuvo siempre una gran popularidad en Europa y residía en Francia desde hace diez años. Y como él, destacaba en el arte de la interpretación y era capaz de transmitir la misma emoción cada vez que retomaba un tema mil veces interpretado, como su versión de «Ne me quitte pas» de Jacques Brel («I Put A Spell On You», en la versión en inglés) o el célebre «Don’t Let Me Be Misunderstood», modelo de dramaturgia escénica.
Y su público, como ocurría también con Ray Charles, le perdonaba que se limitara a veces a un «servicio mínimo» en el escenario. Nina Simone, que siempre tuvo miedo de ser explotada, no respondía en general a los bis y sus admiradores lamentaban que escatimara tanto su tiempo.
En agosto de 2000, invitada al prestigioso festival Jazz In Marciac, en el sur de Francia, multiplicó las exigencias a los organizadores, pidiendo entre otras cosas un helicóptero y una limusina de la que precisó incluso la marca.
Tras ello, su concierto fue caótico. Modificó la letra de las canciones y lanzó discursos exaltados, expresando sucesivamente su apego al movimiento de los derechos cívicos y su admiración por Martin Luther King ante el público desconcertado. Pero un blues interpretado con el alma o un clásico de jazz con toda su pasión de diva bastaron luego para que todo lo demás quedara opacado por el brillo de su talento. *
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