Días de santos
Cuando en noches de insomnio escuchamos muy tarde las radios, siempre, de golpe, aparecen ellos. Tipos gritando a todo trapo que curan todos los males. Con acento brasileño prometen el oro y el moro. Asuntos de fe, que le dicen.
La memoria nunca duerme, se rechifla y nos lleva a sus laberintos en el viejo Montevideo, cuando las creencias eran algo serio. Aquellos vecinos tenían confianza en los llamados «días de santos». Los días 7 de cada mes, por la Villa de la Unión, tranvías, cachilas y a patacón bajaban por la arbolada Comercio hasta una capilla chiquita donde, allá por el cuarenta, los esperaba un santo que antes había copado la capital porteña: San Cayetano. Allí los laburantes le prendían cartucho a las plegarias milagreras. En esos viejos almanaques, los días 11 te llevaban por el entonces despoblado Camino de Las Instrucciones. Un fuerte culto a una pequeña figura que había en la gruta, la Virgencita de Lourdes que, según la tradición, se apareció en la campiña francesa. Contaban que ella protegía a los campesinos de «la resistencia» en su lucha contra los nazis. Era habitual ver a los creyentes llegar al desolado predio con botellas y damajuanas, porque decían que el agua de esos terrenos tenía poderes curativos. Los días 12 empezó una tradición en la querida La Comercial, en Inca y Pagola, San Pancracio con apenas un par de vendedores de velas en la puerta, las que ofrecían «a voluntad».
Los viernes, un rito que inexorablemente se cumplía en la Ciudad Vieja, por la zona del bajo, en Solís y Cerrito, unas señoras con mantillas bajaban despacio la escalinata que conducía al popular «Señor de la Paciencia». Una cripta donde resonaban con solemnidad los rezos por la salud de los familiares. Un rasgo característico de ese sitio eran las escrituras con pedidos, que cubrían las amarillentas y húmedas paredes.
Cada 28 se alborotaba la añeja Cuñapirú a la altura de Martín C. Martínez. Villa Muñoz y Goes visitaban al llamado «abogado de las causas imposibles», San Judas Tadeo. También era un ambiente subterráneo y sólo iluminado por titilantes velas. La gente dejaba comestibles para agradecer, y al otro día, de mañanita, se formaba una gran cola de necesitados que recibías bolsas y paquetes.
Fue la sana espiritualidad de esa gente de antaño. «Días de santos» le decían y los vecinos de la vieja capital les dieron toda la fuerza de su fervor popular.
Los esperamos sábados y domingos a las 19.00 horas en 1410 AM LIBRE, con el auspicio de la IMM. *
Coordinación: Angel Luis Grene.
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