El legado del escultor Jorge Oteiza
Tenía una personalidad compleja y contradictoria. Era un bólido al caminar (se daba vuelta y preguntaba quién lo empujaba), comunicativo y espontáneo, entusiasta y desencantado, tierno e irascible, conversador mordaz y jupiterino, convincente y decidido en su estética, errático ideológicamente. Interesado por el mundo y sus habitantes, recorrió América del Sur donde vivió algunos años en Colombia, Argentina y Uruguay, removiendo en cada lugar, la siesta provinciana. Con un caudal imaginativo, teórico y práctico, partió de la vanguardia histórica y anticipó muchas soluciones del minimalismo.
Era demoledor en sus apreciaciones, incluso sobre sí mismo. Cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias, en 1988, comentó con ironía que se trataba de «un premio a un cadáver». Tenía 80 años y había abandonado el oficio de escultor. Pero sobre todo era implacable con la cultura y los artistas españoles: «Superficial y aburrida es la historia de nuestros escritores, la visión de nuestros investigadores, la preparación de nuestros artistas y de nuestros políticos y educadores. Pero sí tengo que reconocer ahora que más nos hemos preocupado de durar que de vivir», escribió en ese encrespado, desordenado libro titulado Quousque Tandem!, ensayo de interpretación del alma vasca, publicado en 1963. Con vocabulario disparado contra todo y contra todos, Oteiza no podía integrar grupos artísticos ni cosechar muchos amigos, aunque los tuvo y fieles durante toda su larga existencia.
Nacido en 1908 en Orio, Guipúzcoa, se interesó en sus años mozos, por la persona y la obra del escultor Alberto Sánchez (el mismo que influyera en Eduardo Díaz Yepes) y del rumano Brancusi (hay piezas que documentan sin discusión esa dependencia), y poco a poco fue atraído por el racionalismo en arte enfrentando al surrealismo que predominaba entre sus compañeros de Madrid y Barcelona (Millares, Tapies, para citar algunos). Entre 1935 y 1948 se dedica a la escultura de talante expresionista, incursionando por la cerámica en Colombia y Argentina, viviendo con precariedad. Regresa A Bilbao en 1948 y es a partir de esa fecha y en solamente una década, hasta 1959, cuando desarma su taller de escultura y abandona la práctica de escultor investigador (aunque realizará encargos aislados: en 1977 Retrato de un gudari armado llamado Odiseo para el hall central de la Caja de Ahorros Provincial de Guipúzcoa, San Sebastián).
La renovación artística producida en la España franquista en la década del cincuenta, donde se abren, tímidamente, las puertas del turismo y la comunicación intelectual, con Francia especialmente, posibilitó la aparición de los movimientos Dau al Set (Barcelona), El Paso (Madrid), Parpallò y Equipo 57 en Valencia, referentes ineludibles de la entrada en la contemporaneidad. Trabajó, en 1951, para la nueva basílica de Aránzazu y durante dos años, con una serie de esculturas de carácter expresionista cuando su orientación empieza a tomar otros rumbos, los definitivos y definitorios de su estilo. Partiendo del constructivismo de Malevich, de las enseñanzas de la Bauhaus y de las oquedades de Henry Moore, oponiéndose a la invasora marea del informalismo, Oteiza inicia el proceso de despojamiento formal de la escultura que será reconocido con el Gran Premio de Escultura en la IV Bienal de San Pablo, 1957. En esa actitud experimental, logra fundar la estética del «vacío», «del espacio desocupado», a la manera de los dólmenes de su tierra, que condensa en Caja Metafísica, obra de la fase final del período y de la escultura de Oteiza. Se sitúa en la corriente de Carl André y Sol LeWitt. Quizá uno de los factores determinantes para no continuar como escultor haya sido la desilusión que tuvo en Montevideo cuando luego de haber ganado el concurso del Monumento a Batlle y Ordóñez en las canteras del Parque Rodó, le fue escamoteada la realización, que le ocasionó disgustos incontables, pérdidas económicas, polémicas y protestas a nivel internacional. Había competido con 74 equipos de 27 países junto con el joven arquitecto Roberto Puig y era un proyecto formidable de escultura-arquitectura desenvolviendo la estética del vacío, algo inaceptable para las mentalidades bienpensantes del gobierno epocal. Sin duda, el gran Chillida, muerto hace poco, no hubiera sido el mismo sin la influencia de su rival Oteiza. Publicó, además, varios libros de ensayo y poesía. *
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