Al orden por el desorden
En un primer plano alude a la hipocresía: todos los personajes y particularmente Johann (¿o Anselmo?), son Tartufo. La pieza muestra, con gran fuerza, la conducta que es sólo apariencia y representación; los hombres que viven para el exterior, para un espectáculo cuyos espectadores pueden ser ellos mismos. Aquí el egoísmo y hasta el crimen se visten de arte, del mismo modo que las guerras se hacen siempre en nombre de la paz. Rovner nos invita a la sinceridad, pero ante todo a desconfiar de nosotros mismos, a erradicar de nuestras vidas la ilusión. Hace suyo el pensamiento de La Rochefoucauld, de que ganaríamos con mostrarnos tal como realmente somos, sin afeites. Así, la lección de «Concierto de aniversario» es eterna como la comedia: una vez que termina nos hemos reído, hemos dudado, pero nos miramos en un espejo y ya no somos los mismos.
También puede verse la obra desde otros ángulos menos nietzscheanos. «Concierto de aniversario» es, seguramente, una condena del fanatismo, que es dejar de pensar: y siempre la invitación a dejar de pensar se cubre y enmascara con los más nobles motivos. Así oímos que es la hora de apoyar al país, y que debemos cerrar filas detrás de nuestros gobernantes, porque cualquier susurro de la verdad podría alarmar a nuestros prestamistas. A través de sus terribles personajes, «Concierto de aniversario» muestra la fragilidad de la especie humana, ese andar a tientas rico en pasos en falso, hijos del error. Cuando dejamos de pensar, de velar, como predicó Jesucristo, la pasión, que es como decir el crimen, toma las riendas.
Patricia Yosi hace en «Concierto de Aniversario» su segundo trabajo de dirección. Se ha aplicado a su tarea con entusiasmo y amor al detalle: sin duda la obra le ha suscitado toda una marea anímica, le ha despertado potencias latentes, se ha integrado a su vida. Lo primero que hay que decir es que el espíritu múltiple de Rovner, su vigoroso instinto dramático, su facilidad y felicidad para armar situaciones míticas está presente en la puesta en escena y la obra se instala, con todos sus significados y su extraña potencia, en la sala 2 del Circular. Quizás le falte a Patricia la perfección en el armado y resolución de escenas, y en la conquista del claroscuro, ese arte de colocar las luces y las sombras en su justo lugar;quizás también su voluntad de perfección le haya inducido a potenciar más allá de lo lógico algunos detalles, como la frase del Himno a la alegría» de Beethoven, que en el espectáculo son muchas y sobresalen del conjunto.
Es posible que le haya sido imposible, por amor a su creación, sacrificar uno o varios de sus múltiples hallazgos escénicos en pro de una mejor arquitectura; pero el todo marca una clara superación en relación a «Monogamia». con un movimiento escénico más fluido y armonioso.
En la interpretación hubiéramos preferido una mayor atención al difícil arte del acabado, de la fusión de estilos: sintetizar las varias voces de los varios instrumentos, como en el «Cuarteto» de Beethoven.
Es descollante la interpretación de Walter Reyno, que dio a la perfección el casi imposible personaje donde confluyen todas las antinomias imaginables con una sonrisa ausente en los labios. Ernesto Laiño, un actor que admiramos, tuvo a su cargo un personaje muy difícil, Wilhelm, un déspota en segundo grado, un irónico burócrata que manda matar con una palabra: su personaje fue convincente, sombrío y a la vez trágicamente superficial. El resto del elenco (Alvarez, Lasarte, Fernández) tuvo un buen desempeño. El arte es largo; es una larga paciencia; tampoco hay que amarlo con demasiado énfasis. En boca de Sócrates, pensar parece siempre un juego. *
CONCIERTO DE ANIVERSARIO – CUARTETO, de Eduardo Rovner, por el teatro Circular. Dirección de Patricia Yosi, esceografía y vestuario de Osvaldo Reyno, ambientación sonora de Fernando Condon, luces de Alejandro Piastra, coreografía de Cristina Martínez. Con Walter Reyno, Ernesto Laiño, Enrique Alvarez, Javier Lasarte, Pablo Grimoldi, Chela Fernández.
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