SOBRE EL MAESTRO OTEIZA

In Memoriam

Jorge de Oteiza fue mi maestro. Es fácil enunciarlo, pero la realidad parece ser mucho más compleja. Para dejar constancia de ésta que puede parecer simple relación maestro-alumno deberé recurrir a algo que se asemeja a esas paradojas a que nos acostumbra el budismo zen.

Ante todo porque Oteiza, puedo decirlo, fue mi maestro antes de serlo en persona, por sus obras.

Era el año 1957 y concurría a la Escuela de Bellas Artes y formé parte del tradicional grupo de viaje estudiantil a la IV Bienal de San Pablo en la que se le adjudicó el Premio de Escultura a Oteiza (Morandi y Ben Nicholson obtuvieron los otros dos premios). Mi lógica atracción por la obra pictórica de Nicholson (me estaba formando en un taller de pintura) se vio vigorosamente contrarrestada por las obras escultóricas de Oteiza.

Me dediqué a estudiar y dibujar una a una y desde distintos puntos de vista las 29 esculturas que conformaban su envío. Si bien en la II Bienal en 1953 con motivo de la retrospectiva de Henry Moore había hecho lo mismo también y pese a que ya venía con un prestigio internacional este escultor Oteiza, completamente desconocido, me tocó en lo más profundo.

En 1960 Oteiza viene a Montevideo con motivo de su presentación al llamado a concurso internacional para el monumento a José Batlle y Ordóñez. Quiere el destino que se alojara en el centro de Montevideo a dos cuadras de mi casa .Temprano por la mañana iba a desayunar a un café de la calle Yi y allí me las ingeniaba para mantener con él reiteradas conversaciones que tenían que ver con su obra y más particularmente con su nada convencional proyecto para el concurso (que contaba con la colaboración del arquitecto Puig) que trascendía lo monumental escultórico tradicional para asumir un carácter arquitectónico urbanístico. Incluía un centro cultural de investigaciones estéticas y otro destinado a biblioteca y estudios sociopolíticos y estaba destinado a insertarse en la rambla a la altura de las canteras del Parque Rodó.

Al año siguiente, al presentarme al concurso de la beca Municipal «Carlos María Herrera» para egresados de la Escuela de Bellas Artes que tenía por finalidad el perfeccionamiento docente en Europa, presenté como referente a Oteiza en el País Vasco, lo que resultó un tanto atípico ya que habitualmente la meta era París (Amalia Nieto que estaba en el jurado me recomendó que igualmente no dejara de ir a la capital francesa). Así es que elegí como destino Irún que de todas maneras estaba a un paso de la frontera con Francia. Una vez que me fue adjudicada la beca decidí encaminarme a Irún. En el interín Oteiza había abandonado la escultura. Al parecer esta decisión, inusitada en alguien que había recibido el gran premio de escultura en un evento de resonancia internacional, tuvo como detonante la circunstancia de que su proyecto, pese haber sido declarado ganador del concurso de Montevideo, infelizmente nunca se llevó a cabo su realización.

Ignorando esta situación atravesé el océano (en aquella época significaban l5 días en barco) para encontrarme con el que iba a ser mi maestro para descubrir con perplejidad al llegar, que el mismo me manifiesta haber renunciado a serlo de la misma forma en que había renunciado a la escultura. Una situación digna de un relato budista para un novato recién egresado de sus estudios de arte que convierte su viaje en una peripecia iniciática.

Para empeorar las cosas, el pretendido discípulo viene precisamente del mismo lugar y país en el que había naufragado el más ambicioso proyecto de su hipotético maestro. Aquí es donde se produce la intermediación de Itziar, esposa de Oteiza, que con gran calidez afectiva fue decisiva para que Oteiza aceptara mi permanencia en Irún (aunque sospecho que también los l3 años vividos por Oteiza en América tuvieron su parte en este proceso). También me favoreció la oportunidad de Itziar de ofrecerme hospedaje en su casa no obstante no encontrarse en una situación holgada económicamente (dependían en buena medida de la renta del alquiler del taller que ya no necesitaba).

Así es como pude pasar en forma gradual a colaborar en el bullente y polémico activismo cultural de conferencias y artículos periodísticos. Por supuesto, mi formación se mostraba insuficiente ante el fuego cruzado de una multitud de disciplinas que iban más allá de las artes plásticas, lingüística, literatura, cine, antropología, arqueología (con recorridos por los monumentos prehistóricos tal como puede verse en la fotografía en que estamos bajo un dolmen). Disciplinas a las que jamás había soñado abordar en Europa cuando asumí la responsabilidad de la Beca y que para Oteiza nutrían con total naturalidad sus actividades tendientes a la creación en el País Vasco de un Centro Internacional de Estética Comparada.

Proyecto que de alguna manera intentaba desarrollar y llevando hasta las últimas consecuencias lo que ya estaba en germen en que había presentado para la ciudad de Montevideo. En cierta medida toda febril etapa quedó resumida en el libro que publicara en l963 «Â¡Quosque tandem!» cuyo título significativamente polémico es el comienzo de la famosa arenga de Cicerón («Hasta cuando Catilina abusarás de nuestra paciencia»). La pauta de la gravitante incidencia que tuvo en la trayectoria de Oteiza su proyecto montevideano la pude comprobar una vez más con motivo de recibir su libro con una larga dedicatoria de dos páginas donde sigue aludiendo a esa experiencia. Este libro para mí revive y resume los momentos más fecundos para mi formación que significaron una drástica reorientación de mis puntos de vista creativos.

Este drástico cambio de expectativas fue sin duda la primera manifestación de la maestría que ejerció Oteiza sobre mi formación.

Es cierto que le debo mucho sobre los aspectos formales, ya que fue decisivo para ayudarme a encontrar mi propio lenguaje. Pero su su maestría fue de una escala mucho más allá de la enseñanza formal o de oficio. Encontré una valoración del lugar acordado a la reflexión y la investigación en el proceso creador y la confirmación de lo que Torres García había predicado en nuestro medio. A no discriminar entre la teoría y la práctica del arte y creer en la fecunda interacción entre ambas. Sin esa incidencia de Oteiza no creo que hubiera llegado durante toda mi vida a desplegar con tal naturalidad tantas y tan diversas actividades plásticas, teóricas, prácticas, docentes y lo que es más importante a sentirlas todas formando parte de un mismo núcleo creativo. Actitud que también me mantuvo con independecia de galerías y marchantes y que tal vez sea el mejor ejemplo que subliminalmente me reportó Oteiza.

En estos días al leer una entrevista a uno de los más grandes arquitectos españoles contemporáneos como Rafael Moneo se me hace claro que mi relación maestro-alumno con Oteiza no fue una excepción. Moneo reconoce claramente la deuda que tiene con Oteiza en particular el proyecto de El Kursal de San Sebastián que «de una forma bastante secreta rinde homenaje a Oteiza» y la califica también, según sus propios términos, como «maestro distante  lo quiera o no». Ante manifestaciones de este tipo uno se da cuenta también que su concepción de la desocupación del espacio va más allá del concepto de su escultura o de su monumentalismo. Uno pasa a descubrir que es resultado de una actitud, un modo de vida y por lo mismo también emblema su manera de ser maestro en ausencia, sin ninguna pretensión voluntarista de serlo. Esa actitud de asombro metafísico al borde mismo de lo religioso lo manifiesta el mismo Oteiza en 1976 con ejemplar honestidad a un
entrevistador polaco para la revista «Polityka» de Varsovia: «Yo he trabajado con una orientación racionalista, pero procedo de una educación religiosa por el catolicismo tradicional de mi País Vasco. En países como el suyo y en artistas no jóvenes como yo, esto se comprende fácilmente. Yo entré en crisis personal de mis ideas religiosas coincidiendo con mi acercamiento al marxismo y mi total entrega a la escultura. Lógicamente traspasé toda mi carga sentimental de lo religioso al arte, quiero decirle que me enfrenté con el arte exigiéndole todo aquello que metafísicamente podía considerar antes humanamente resuelto por la religión».

Paradójicamente para un creador que permaneció ignorado la mayor parte de su vida, hoy los informativos televisivos saturados con dramáticas imágenes de la primera guerra del tercer milenio y en el mismo momento de la caída de Bagdad, nos traen la noticia de su desaparición a los 96 años y lo que es paradójico, se hacen lugar para mostrar a sus espectadores una reseña de sus principales obras. Paradoja si, pero congruente con alguien que escribió en uno de sus poemas titulado «La Apuesta» estas cuatro estrofas: Has empezado a morir aquí cerca de nosotros/ seguir a Marx/ seguir a Don Quijote/ seguir a Julio Verne. *

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