GILLO PONTECORVO EN URUGUAY

Buscando una expresión propia

Desde la década del 60 puede decirse que Gillo Pontecorvo supone un ícono para el público americano. Según sus propias palabras, su obra parece ser más apreciada en Latinoamérica (y, paradojalmente, también en los Estados Unidos) antes que en Europa. Nacido en Pisa el 19 de noviembre de 1919, amante de la música y del séptimo arte debió cursar en principio (y por imposición familiar) estudios de química antes de lanzarse de lleno al periodismo y la creación cinematográfica por auténtica vocación personal. El primer paso lo dio en el terreno documental pero posteriormente incursionó en la ficción creativa con El gran camino azul, realización que ya mostraba su preocupación por plasmar problemáticas sociales en la pantalla grande. (Inquietudes que más adelante lo llevaron a registrar las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio nazi en Kapó, además de radiografiar luchas independentistas en Argelia, el colonialismo exacerbado que digitaba gobiernos y explotaba pueblos o los enfrentamientos de la ETA contra el gobierno dictatorial de Franco). Esa misma preocupación parece no haberlo abandonado ya que, al hablar de su obra fílmica en conferencia de prensa, no dudó en señalar que para él era «difícil realizar una diferencia entre la estética y la ideología».

En este sentido, el director de La batalla de Argelia subrayó el compromiso ético de seguir fiel a sus convicciones más allá que algunas realidades políticas (como la España franquista reflejada en Ogro y la muerte de Luis Carrero Blanco a manos de la ETA) han cambiado sustancialmente.

En otro orden de cosas, también llegó la pregunta infaltable sobre su relación con Marlon Brando durante el rodaje de Queimada, actor al que Pontecorvo no vaciló en calificar de «insoportablemente simpático», aunque sin dejar de subrayar su carácter humanitario y su compromiso con diversas causas de justicia social. «En su faceta personal  agregó Pontecorvo  Marlon Brando resulta imprevisible y, a pesar de sus noventa largometrajes filmados, siempre se pone nervioso frente a las cámaras durante el rodaje, a tal punto que olvida la letra del guión». Más allá de puntuales anécdotas, Pontecorvo se mostró particularmente interesado en hablar de América Latina «como un área cinematográfica a explotar». Visualizado como proyecto embrionario, el cineasta  sin embargo  no dejó de proclamar la importancia de que nuestro continente logre una expresión propia que salvaguarde el patrimonio de las identidades culturales. A pesar de dicha regionalización temática, las interrogantes de la prensa lo devolvieron a su continente y algunos indagaron el por qué de un cine que trataba sobre problemáticas en lugares exóticos pero nunca en su país de origen. Al respecto, Pontecorvo confesó la existencia de un proyecto sobre la historia de la Fiat que nunca pudo concretar por razones económicas. De todos modos  agregó el realizador  «tanto en Queimada como en La batalla de Argelia dije cosas que me interesaron».

Frente a preguntas que lo llevaron a opinar sobre la realidad del cine italiano del Siglo XXI, Pontecorvo opinó que «sin llegar al esplendor que supo tener la filmografía itálica en la década del 50, pienso que ahora el cine italiano está saliendo de un largo túnel y comenzando a ver la luz nuevamente». *

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