"LOS CALICES VACIOS", DE JUDY VERAMENDI, EN EL ESPACIO CERVANTES

Más prosas en una copa vacía

De un modo semejante, la reiteración de la vida y muerte de Delmira Agustini nada tiene que ver con el arte de sus poemas y mucho con los dos balazos del revólver de Reyes. Incontables «comunicadores» nos han convencido de que toda muerte accidental o criminal es una tragedia, postulado que es un absoluto contrasentido.

Solicitamos hace un tiempo, desde esta página, una moratoria de diez años para la vida Delmira Agustini: sugeríamos implícitamente el examen de sus versos, en vez de investigar y discutir, como se ha hecho, si los padres de la poeta practicaban el sexo oral, el sexo anal o el coitus interruptus… La vida de un escritor puede ser triste o feliz; a menudo es calamitosa; si hay un secreto en el que vale la pena ahondar y un enigma por descifrar, está en su obra. Movidos por este impulso de piedad, releímos las poesías completas de Agustini: esta lectura nos convence de lo injustificable de los reciclajes de su pasión y sus interminables exhumaciones. No conocemos votos en minoría, como el presente, respecto del arte de Agustini; después de tantas autopsias, duele poner en duda sus méritos. Sentimos, sin razón, que vilipendiamos sus cenizas.

«Los cálices vacíos» es el título de uno de sus libros, y casi una definición de la autora. No encontramos en los poemas de Agustini nada de lo que sus habiógrafos dicen ver: fantasía, sensibilidad, calor, pasión, sensualidad, sexo. Vemos un cáliz vacío, un desierto interior, una flor marchita. Peor aun, nos abruma algo que llamaríamos, a falta de mejor expresión, una molesta retórica de la vida: una afectación permamente, que parece incrustada en la intimidad de la mujer, y que en el fondo es una radical incapacidad de vivir. Sus poemas no son ni tristes ni melancólicos: son huecos. Su imagen recurrente es la estatua de un mármol: «mi alma, una/ Suprema estatua», «fría de delirios» (sic), con una «desnudez que asusta» (sic), estatuas cuyo corazón, a pesar de la dificultad, «muerdo soñando». Es sólo una ilusión, quizás una piadosa ilusión, que «…llena de vida y sentimiento toma parte en el festín de la vida». En cuanto a los poemas mismos, es claro que la escritora no tenía canto y que casi no tenía conversación: oímos a una mujer hambrienta de importancia que divaga, gesticula y se agita. Hemos leído, bajo plumas ilustres, frases sobre su originalidad: encontramos en sus versos, más que nada, rastros de Darío, de Amado Nervo, de Baudelaire, quizás de Gérard de Nerval y aún de «El conde de Montecristo», un sadismo a lo Lautréamont. En cuanto a las imágenes y metáforas, no encontramos ninguna verdaderamente original abunda el oximoron («llamas en el mármol») y más de una imagen es lamentable, como el lecho blanco como «espuma de vicio», el velo de nata (sic) de la Luna, prometida del Misterio (sic), la llave de oro que gira en la cerradura. ¿Será posible el análisis y quizás la reivindicación de la poeta en sus versos, olvidando o soslayando de una vez las circunstancias de su vida?

Judy Veramendi es una escritora norteamericana que ha hecho un estudio sobre Agustini y ha escrito esta obra que en nada aporta al canon de la vida de la escritora; intercaló en la acción, con poca fortuna, algunos poemas, en una forma que nos recordó el filme en que Gardel, ante la amada muerta, entrecierra los ojos y canta «Tus ojos se cerraron/ y el mundo sigue andando». Están los padres opresivos (Cristina Morán, Hugo Blandamuro), de los cuales quizás la poeta (aquí Verónica Caissiols), quiso huir mediante el matrimonio, el siempre maltratado Reyes (Sergio Pereyra), cuyo estilo de hacer el amor sugiere las maniobras de un camionero tratando de atracar su rodado en marcha atrás, Manuel Ugarte (Alvaro Pozzolo), cuya intimidad física con Agustini, que Veramendi afirma, no tiene fundamento, el infaltable André Giot de Badet y una María Eugenia Vaz Ferreira (Alessandra Moncalvo) que parece, quién diría, Audrey Hepburn en las escenas finales de «My fair lady». La dirección de Elena Zuasti es todo lo artística y cuidadosa que era de esperar; es admirable, pero no alcanza. *

LOS CALICES VACIOS, de Judy Veramendi, con Verónica Cayssiols, Cristina Morán, Marcelo Ricci, Alessandra Moncalvo, Sergio Pereira, Hugo Blandamuro y Alvaro Pozzolo. Escenografía de José Camarda y Alberto de Horta, vestuario de Cristina Cruzado, luces de Eduardo Guerrero, música de Elbio Rodríguez Barilari, dirección de Elena Zuasti. Estreno del 22 de marzo, Espacio Cervantes.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje