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El paraíso en la otra esquina

La globalización se ha apropiado de las rutinas humanas contemporáneas, arrasando despiadadamente las identidades nacionales, sociales y culturales.

Los experimentos neoliberales practicados por los tecnócratas de turno en el vasto laboratorio de los países subdesarrollados, han incrementado los niveles de dependencia económica, miseria y exclusión.

Basta que los agentes del capital financiero internacional se despierten con el humor extraviado y la bolsa de Nueva York opere a la baja, para las economías de países distantes a miles de kilómetros se desplomen como un frágil castillo de naipes.

En los primeros meses del año hemos observado con indisimulado estupor, que la ilegítima deuda externa uruguaya  fruto de la estafa y el saqueo  está siendo negociada en el mercado como si se tratara de un mero producto de consumo.

La situación ya no sólo se limita a la actitud obsecuente que asume el gobierno con los organismos multilaterales de crédito para obtener refinanciaciones, plazos diferidos y «fondos frescos». También particulares que han comprando las inmorales obligaciones contraídas durante más de cuatro decenios a intereses usurarios, participan del reparto del botín.

Mientras por estos lares se consuma un nuevo contrato feudal de apropiación que comprometerá el futuro de varias generaciones, en Medio Oriente los perros de la guerra están perpetrando un nuevo baño de sangre, aniquilando a civiles  mujeres y niños  cuyo único pecado involuntario es haber nacido en una tierra con ricos yacimientos petrolíferos.

Ambos fenómenos, aparentemente independientes entre sí, tienen, sin embargo, un origen común: el imperialismo económico que está instaurando un nuevo proyecto de hegemonía planetaria unipolar.

La democracia, invocada falazmente por el discurso unívoco del poder que gobierna monopólicamente la información, es nuevamente mancillada por la prepotencia.

Este trillado vocablo, que supuestamente simboliza el espíritu de la representatividad, la pluralidad y la tolerancia ideológica, se transforma, entonces, en un mero eufemismo dialéctico.

No obstante, los recurrentes profetas del desastre deberían recordar las lecciones de la historia y asumir que sus victorias de hoy pueden ser las derrotas del mañana.

La experiencia humana corrobora, en forma absolutamente incontrastable, que el autoritarismo y la prepotencia  tarde o temprano  siempre tuvieron su funeral.

Así sucedió en el pasado con otras civilizaciones otrora poderosas que pretendieron aherrojar la voluntad humana: el imperio romano, las monarquías europeas que anexaron territorios de ultramar y luego fueron expulsadas por las epopeyas independentistas, el imperio turco otomano, el nazismo y el fascismo, entre otras tantas expresiones de barbarie.

En el devenir del tiempo, rebeldía siempre demolió a la resignación, incluso en aquellos casos en que el orden cumpulsivamente establecido se inspiraba en presuntos mandatos divinos.

Toda la aventura humana, aún antes de la era cristiana, se ha construido en torno a la concepción del Bien y el Mal, en un recurrente discurso inspirado en el engaño y la mentira.

Incluso, en nombre de Dios o de la «pureza étnica», se han perpetrado inenarrables masacres que registra con estupor la memoria colectiva.

La evolución histórica parecería confirmar  aunque pueda parecer descabellado  que para acceder al paraíso prometido por los cultores del dogma, es indispensable transitar inicialmente por los territorios de un infierno terrenal.

El concepto de paraíso, incluido naturalmente en la mayoría de los textos y escrituras religiosas, ha sido inmoralmente manipulado para preservar intacta la arquitectura del poder.

Para esos falsos profetas del pasado y el presente, el único modo de alcanzar un estadio existencial que trascienda a la muerte, sería mantener una conducta que no viole ni cuestione las inmutables reglas del sistema.

Sin embargo, felizmente, la historia se ha nutrido de personajes que desafiaron al discurso oficial de turno y se alzaron contra los proyectos de dominación, los convencionalismos sociales y la moral dominante, que a menudo es insólitamente inmoral.

En «El paraíso en la otra esquina», el laureado escritor peruano Mario Vargas Llosa construye un vasto friso novelesco, que apunta a rescatar el siempre indomeñable espíritu de emancipación.

El narrador incaico, nacido en Arequipa en 1936, ha desarrollado un prolongado itinerario creativo que le ha situado entre los plumas más representativas de la literatura latinoamericana.Pese a las contradicciones ideológicas que le colocaron en el ojo de la tormenta particularmente durante su frustrada carrera política, sigue siendo igualmente un referente cultural insoslayable.

De su vasta producción cabe destacar, particularmente, el libro de relatos «Los jefes» y las novelas «La ciudad y los perros», Conversación en la Catedral», «Pantaleón y las visitadoras», La tía Julia y el escribidor», «La guerra del fin del mundo», «El hablador», «Elogio de la madrastra», «Los cuadernos de don Rigoberto», «La fiesta del chivo» y «La verdad de las mentiras».

En esta nueva obra, Vargas Llosa concibe una épica literaria que recorre  a través de personajes reales y ficticios  los turbulentos escenarios del siglo XIX.

El autor narra dos historias paralelas distantes en el tiempo casi medio siglo: la de Flora Tristán, una socialista utópica que pretendió transformar la sociedad de su época mediante una revolución sin sangre y su nieto, el controvertido pintor francés Paul Gauguin.

Ambos personajes reales  en las antípodas en más de un aspecto  representan, no obstante, dos expresiones inequívocas de rechazo a un sistema opresivo y despiadado.

Trabajando dos relatos simultáneos, como si se tratara de novelas independientes entre sí, el narrador va construyendo pacientemente la peripecia vital de estos dos rebeldes con causa.

Flora era una mujer comprometida con la justifica social, que luchó, en plena revolución industrial, contra la despiadada explotación de una clase obrera aún resignada a servir a su patrón como si se tratara de un señor feudal.

De nacionalidad francesa pero con ancestros paternos peruanos, esta fémina que aspiraba a fundar la Unión Obrera como vanguardia de su revolución pacífica, padeció traumáticas experiencias en su infancia y juventud.

Abandonada durante su niñez por su acaudalado padre, debió resignarse a soportar privaciones y fue virtualmente «vendida» por su madre a un rústico capitalista.

Su experiencia matrimonial con ese hombre ordinario y despiadado resultó realmente pesadillesca. Nunca conoció el amor, ya que fue reiteradamente vejada por su marido, para quien siempre fue apenas un objeto de placer.

Extenuada y asqueada por la humillación, fugó junto a sus hijos, exponiéndose nuevamente a la miseria y a querellas judiciales por la tenencia de los pequeños.

Forjada en la fragua de la lucha cotidiana, desarrolló un espíritu independiente que le indujo a liderar una movimiento tendiente a revertir la injusticia, dignificar la vida de los obreros ultrajados por el capital y mejorar la condición de la mujer, que por entonces era una mera figura decorativa en el paisaje social. Odiaba profundamente el matrimonio y el sexo, a los que consideraba expresiones de sometimiento y moderna esclavitud.

Paul Gauguin  que heredó el espíritu rebelde de su abuela materna  fue un auténtico revolucionario del arte, que rompió con los convencionalismos y los lenguajes estéticos de la época.

Para huir a la «contaminación» de una sociedad frívola, pacata y conservadora,
se exilió en Tahití, donde desarrolló su más importante período creativo.

Sus fuentes de inspiración fueron la naturaleza virtualmente incontaminada de la distante región de Oceanía, la libertina cultura maorí y el sexo, que desarrolló sin prejuicios ni limitaciones.

Pincelando con elocuente lenguaje dos ambientes distantes en el tiempo y el espacio, Mario Vargas Llosa va construyendo las epopeyas individuales de sus dos personajes, ambos seres indomeñables en busca de una imposible redención.

El novelista transita raudamente los escenarios históricos de un tiempo de radicales cambios, utopías y sueños, algunos de los cuales se proyectarían luego al siglo XX.

Nutriéndose abundantemente del pasado y la materia prima de la realidad, Vargas Llosa describe la odisea de Flora Tristán  una suerte de feminista en pleno siglo XIX  que recorre infructuosamente numerosas ciudades y localidades francesas, pregonando su proyecto social.

Luchando contra sus permanentes quebrantos de salud, esta mujer transita permanentemente de la euforia al desencanto, cuando advierte la indiferencia de los obreros oprimidos, el rechazo de la privilegiada burguesía y la excomunión de la Iglesia, que cultiva en el espíritu de los fieles la semilla de la resignación. Todo su itinerario es una experiencia tortuosa, que el escritor documenta con descarnada crudeza, cuando denuncia las infrahumanas condiciones de trabajo de los obreros, que laboran veinte horas diarias en insalubres talleres para engordar las fortunas de sus patrones.

No menos contundente es la peripecia existencial de Gauguin, virtualmente «expulsado» por una civilización corrupta, frívola y conservadora, que no perdona el pecado capital de la transgresión.

Aunque no olvida sus tiempos de burgués adaptado y su enfermiza amistad con el atribulado pintor suicida Vincent Van Gogh, el espíritu emancipado del artista renace en la paradisíaca isla polinésica, donde encuentra su gran fuente de inspiración en el sexo y el amor libre.

Sin embargo, toda su experiencia es una pesadilla. Agobiado por una enfermedad incurable que parece anticipar un trágico desenlace, la droga y el alcohol, padece miseria, soledad y privaciones.

Mentalmente perturbado, viejo, decadente y rechazado por sus propios compatriotas, para el célebre pintor Tahití es una suerte de espejismo, más próximo al infierno que el paraíso tan añorado.

Entre la crónica, el relato y el testimonio, Mario Vargas Llosa construye un despiadado fresco histórico y existencial, que retrata con lenguaje contundente a una época tan apasionantemente fermental como crudamente intolerante.

El autor pasea su pluma por múltiples territorios geográficos, documentando el pasado de una Francia contradictoria que había barrido de un plumazo los grandes postulados de la revolución, la subyugante belleza de Tahití y su cultura ancestral corrompida por la civilización y un Perú ensangrentado por las luchas fratricidas.

El novelista trabaja con el tiempo y el espacio, entretejiendo con singular sabiduría los personajes y las situaciones. En ese contexto, reconstruye los escenarios de un tiempo histórico poblado de incertidumbres, vertiginosos cambios y contradicciones.

Paralelamente, Mario Vargas Llosa explora la intimidad de sus personajes, desnudando  a menudo hasta con crudeza  sus fragilidades físicas y emocionales, sus culpas, creencias, prejuicios, obsesiones y hasta sus conductas inmorales.

«El paraíso en la otra esquina»corrobora que este mundo es «un valle de lágrimas», pero también una inagotable fuente de utopías que sólo es posible construir con rebeldía e intransferible espíritu emancipador. *

 

(Editorial Alfaguara)

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