De la pintura a la fotografía y escultura
Hace pocos meses en Viena, París y por último en Francfort, Alemania, clausuradas hace pocos días, un grupo de más de medio centenar de artistas jóvenes irrumpió en importantes galerías con el retorno a la pintura figurativa con el denominado realismo radical, o «la escuela visual de Franckfort». Lieber Maler, male mir…Radikaler Realismus nach Picabia (Querido pintor, pintame… Realismo radical después de Picabia) fue el curioso emblema de una de esas muestras. La otra, más objetiva, se llamó simplemente (o no tanto en la pronunciación que quita el aliento) Deutschemalereizweitausenddrei (Pintura alemana de 2003). Como todos los retornos, además de la polémica suscitada entre críticos de importantes publicaciones, con enfrentados argumentos a favor y en contra, las novedades son pocas. Sin duda, hay un operativo comercial respaldado por galerías ansiosas de recuperar el mercado perdido y un talante reaccionario, conservador de los lenguajes establecidos y aceptados, vuelve a predominar. «Postura rebelde de un arte sin asperezas», «¿Una pintura reaccionaria?», «La generación sin ambiciones», «Búsqueda de una seguridad perdida», fueron algunas de las conclusiones a que llegaron los críticos en diarios y revistas importantes de la República Federal de Alemania (Der Spiegel, Süddeutsche Zeitung, Franfurter Allgemeine Zeitung y Die Welt). La generación treintañera alemana parece ignorar a Bill Viola, el genial videasta estadounidense, que hace poco hizo una formidable retrospectiva en ese país y que ahora acapara la atención del público y los especialistas desde la resonante muestra que realiza en el Museo J. Paul Getty de Los Angeles. Para mencionar una de las glorias indiscutibles del arte al comienzo del tercer milenio.
Pero como sucede, incluso en Montevideo, los jóvenes no son afectos a visitar las exposiciones (ni siquiera asistieron a los videos de Viola en el Parque Rodó y, de paso, tampoco los críticos) y ponen de manifiesto un empinado desdén por estar informados o carecen de la mínima curiosidad por saber de los otros, si son diferentes.
Cultivan su propio jardín, indiferentes al mundanal ruido estético.
Katusha Sánchez (Librería La Lupa)
Desde hace varias décadas Katusha Sánchez está vinculada al ambiente artístico montevideano. Amiga de pintores, viajó a Europa en 1966 visitando, durante dos años, museos de numerosos países. Más tarde regresa, en el 69, para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París mientras sigue cursos de grabado en Barcelona. Prosigue, más adelante en Montevideo, en el Club de Grabado estudiando con Rimer Cardillo y Leonilda González y dibujo con Guillermo Fernández. Empezó con la literatura y desembocó en el dibujo de tendencia abstracta, indiferente a la visión figurativa y de denuncia que caracterizó la década del 70, el «dibujazo». Adherida al informalismo y a la abstracción, influida por Hilda López, trató de exorcizar sus demonios interiores con una sensibilidad muy auténtica. Así realizó varias exposiciones unipersonales de dibujo (Galería Contemporánea, Cinemateca).
Ahora, luego de cierta ausencia, vuelve con pinturas recientes. Silenciosamente, sin invitaciones, ni vernissages ni catálogo, en la pequeña y simpática galería de la librería La Lupa (calle Bacacay) reúne nueve cuadros agrupados en tres sectores, no bien iluminados. La lectura puede hacerse de dos maneras y es una experiencia incitante partir del comienzo o reanudar el camino desde el final, con dos interpretaciones posibles y opuestas. Subiendo, a la salida de la escalera de caracol, una tela fuertemente gestual, de ocres intensos, encrespados y dramáticos, de gran movilidad en la pincelada suelta y enérgica, denuncia la agitación emotiva que orienta la expresión plástica. Poco a poco, los ocres van desapareciendo, se suavizan, dominan los grises y los blancos hasta diluirse en una despojada visualidad. Katusha Sánchez no llega a la suprema desnudez monocromática de Robert Morris (una variante del blanco sobre blanco de Malevich), pero insinúa una similar actitud meditativa sobre la disolución del acto de pintar donde sólo se advierte, con dificultad perceptual, la leve movilidad de la pincelada que acaricia la tela (como los impresionistas) en un sereno, enternecido adiós a un modo de entender la pintura o quizá, a la pintura misma.
Daniel Amaral (Galería Latina)
Rochense de 1951, con estudios con Carlos Tonelli y en la Escuela de Bellas Artes de París, Daniel Amaral Oyarbide, pintor y docente, con varias exposiciones individuales en distintos departamentos del país y participación en numerosas colectivas, es la primera vez que expone en Montevideo. Demuestra un dominio seguro de los recursos técnicos, un sensible tratamiento de la materia, con sus dosis de acentuada sensualidad y refinamiento en el color para instaurar una propuesta que no parece bien distribuida en su presentación. Si el punto de partida de la muestra titulada Ilusión de un principio, entre cruzamiento de estructuras matemáticas y mitologías religiosas y personales, es un cuadro enorme abstracto, casi una tela preparada para ser intervenida, no se comprende que se privilegie en medio de la sala el último de la serie donde se multiplican los elementos figurativos, sin el pasaje de los elementos intermedios. Sin embargo, si el montaje no potencia la comprensión de la obra, cada una de ellas tiene la suficiente sugestión poética como para atraer al visitante. Las más liberadas de elementos figurativos o narrativos (Los ojos que no ven, Melancolía, Problema 47 de Euclides) son las que habilitan el misterio de la creatividad, aunque una distribución más incisiva conformaría, con los cuadros Operaciones fundamentales, Aves de Cafarnaún, El lugar de la luz, entre otros, una sucesión pictórica de mayor riqueza comunicativa.
Carmen Brugnini (Instituto Goethe)
Fue conocida, decenios atrás, por el nombre de Carmen Fort y se distinguió en el campo del diseño. Al retomar su apellido paterno se presenta como escultora. Son piezas de pequeño formato, muchas de las cuales parecen proyectos, en una diversidad de materiales (hierro, madera, metal, piedra, tejido de alambre) que se asemejan a un muestrario de posibilidades técnicas con una orientación abstracta. Son esculturas cuidadosamente realizadas que flaquean en el ensamble de elementos diferentes y reminiscentes de épocas pretéritas. La corrección sin el auxilio de la inspiración.
Roberto Fernández (Espacio Cultural MEC)
En el V Salón Municipal de Artes Visuales, 1999, Roberto Fernández Ibáñez recibió uno de los primeros premios por una obra fotográfica a la que incorporaba pequeños poemas o haikú. Luego continuó en esa senda de económicos recursos operativos y actualmente despliega en Las estaciones todo su arsenal expresivo. Por momentos, en un solo caso, casi se aproxima a Hiroshige, pero a menudo, en esta ocasión, las palabras suelen ser redundantes de la imagen y en cierta medida se incomodan. De cualquier manera hay un artista valioso que no ceja en la investigación auténtica. *
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