El humor como mecanismo de defensa
Nacido en Alaska, de madre argentina y padre estadounidense, residente en San Francisco, Buenos Aires, Montevideo y Nueva York; el periplo de Kevin Johansen es tan particular como su música.
De adolescente, en los años ochenta, fue parte de una banda de rock –Instrucción Cívica– que tuvo su pequeño cuarto de hora. Luego partió a Nueva York, para volver a Buenos Aires en 2000, como un cantautor basado en el humor, que evita encerrarse en un género musical.
Sus segundo disco Sur o no sur, recientemente editado, profundiza la veta del primero The nada, donde el humor se mezcla con la sutileza y con el tono cool y distanciado, en canciones que mezclan el inglés y el español desprejuiciadamente.
«El humor tiene eso, es como un velo interesante para decir cosas profundas, densas o importantes. Me interesa por ese lado y porque te permite alejarte de ti mismo, distanciarte. Es como un mecanismo de defensa en situaciones traumáticas o difíciles», dice Johansen
–¿Te planteas como compositor el ser humorístico?
–No, me sale y lo disfruto. El humor es un aspecto más de la vida para mí, que está intrínseco en la música. A veces el humor es visto como algo superficial y creo que eso es una gran mentira. El humor permite abrir el abanico de posibilidades, no ser tan unidimensional. A mí me aburre mucho cuando un artista es sólo «para arriba» o sólo «dark», salvo que sean realmente auténticos.
–¿Pensás a priori qué canción va en inglés y cuál en español o te surgen naturalmente al momento de componer?
–En este ultimo disco estaba, al principio, un poco preocupado en cuanto a eso, a qué porcentaje de canciones grabar en uno u otro idioma. Pero finalmente no me importó, grabé temas recientes y otros que tienen más de trece años.
–¿Cuál de tus nacionalidades te tira más?
–Creo que me siento más argentino. Viví diez años en Nueva York –desde el 90 hasta 2000– y llegó un momento en el que me di cuenta que todos mis amigos eran argentinos o uruguayos y casi ningún yanqui. Me cayó la ficha de eso al séptimo año de estar allá. Yo volví a Estados Unidos a los 25, buscando al «norteamericanito» que había quedado allá a los doce años, cuando me vine.
Pero tomo esa dicotomía con gusto. Los yanquis me dicen que tengo lo mejor de ambos mundos, es una visión optimista de las cosas, muy yanqui por otra parte.
–Muchos te deben haber dicho que encontraste un muy mal momento para volver a Buenos Aires.
–Claro, «qué hacés acá», me decían todos. Ensayé muchas respuestas, desde decir que había venido a triunfar, hasta que era agente de la CIA, pero ninguna conformó. Hablando en serio, el primer año fue duro, más que nada por la transición, pero después salió el disco, tuvo muy buena recepción y pude tocar y trabajar bien.
–Hoy también sería un mal momento para estar en Estados Unidos.
–Después de lo de las Torres, y conociendo a mucha gente amiga que lo padeció de cerca, te digo que Buenos Aires es un mejor lugar para vivir.
–Tu música tiene conexión con la música uruguaya, ¿estás de acuerdo?
–Sí, creo que es algo inconsciente. Yo viví acá entre los doce y los trece años. Mi primer maestro de guitarra lo tuve acá en el año 1977. El me enseñó milongas y me mostró la música de Zitarrosa. También fui a ver murgas. Todo eso quedó subliminalmente.
–¿Te sentís solo musicalmente, o pensás que hay propuestas parecidas a la tuya?
–Tengo coetáneos con los que trabajé de adolescente como Axel Kryeger, Fernando Samalea, Alejandro Terán, que si bien hacen cosas muy diferentes a lo mío creo que hay algo en común.
Todos tenemos el gusto por lo popular sin que sea populachero ni tampoco elitista. También, en los últimos tiempos, me he hecho muy amigo de Jorge Drexler, con quien comparto cosas como la ironía, la sutileza y el gusto por componer.
Yo creo que ahora hay un abanico más amplio en los compositores, incluso en Buenos Aires que siempre fue mucho más cerrado, más apegado a los géneros. *
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