UN OSO ROJO

Tiempo de revancha

También es, por cierto, una sólida realización, radiografía de la violencia nuestra de cada jornada, plasmada a través de un estilo despojado y brutal.

El argumento es sencillo y Caetano logra, en apretada síntesis inicial, plantear el tema de un «peso pesado» que, luego de un atraco fallido, es liberado de la cárcel tras siete años de reclusión. Este punto de partida en la historia muestra que todavía quedan algunas cuentas por saldar y una relación a restablecer con su pequeña hija. Pero las cosas no resultarán tan fáciles y ese retorno –precisamente– será la carta argumental que Caetano juegue a las mil maravillas para dar muestra de un estilo sólido y cautivante.

El primer mérito de Un oso rojo es otorgarle al relato un inquietante tinte de realidad que, sin trasladarse al corte documentalista, logra sin embargo una atmósfera de crónica roja inusual en el cine argentino (a no ser por Trapero con su obra El bonaerense). Este realismo provocador bien puede ser uno de los ases que el director de Bolivia intercala en el filme, logrando cautivar a la audiencia desde el vamos. Luego, el periplo de «El Oso», el ex recluso que vuelve a cobrar una deuda y recomponer algunas cosas, se complica con alguna traición, la nueva pareja de su mujer y el recelo de su pequeña hija. No hay mucho más que lo señalado en esta breve paráfrasis, pero Caetano brinda en cada escena un posible dato que ilumina estados de conducta y sentimientos. En el mejor estilo del «duro» que esconde la ternura bajo las cicatrices, el perfil psicológico del personaje interpretado por el excelente actor Julio Chávez es delineado en dos o tres pinceladas y así, prácticamente, se resuelve toda la puesta en escena de la obra.

Con diálogos cortantes, tomas breves y algunas explosiones aisladas de violencias diversas, este oso de peluche color sangre va adquiriendo un valor emblemático y frontal. A pesar de su aparente sencillez, la película va más allá del homenaje cinéfilo que Caetano pretende en primera instancia (sobre todo en el desenlace) y coloca este título en una de las mejores producciones rioplatenses de los últimos tiempos. (Algo que el último Festival de La Habana pareció interpretar muy bien al otorgarle un merecido Premio Especial del Jurado). En resumen, este «western urbano» –como lo ha llenado alguna prensa especializada– cumple con creces los cometidos del buen cine. Es una suerte de regreso mítico de un Ulises brutal a una ciudad deshumanizada donde, a pesar de toda la sangre derramada, puede haber un espacio para el simple amor; también es un pequeño abanico de contrastes que golpea, descubre datos de un mundo terrible (que circula a la vuelta de la esquina) e interpela al espectador. Vale la pena aceptar el reto. *

Un oso rojo. (Argentina 2002). Dirigida por Israel Adrián Caetano. Producida por Lita Stantic. Guión: Israel Adrián Caetano y Graciela Speranza. Fotografía: Jorge Guillermo Behnisch. Edición: Santiago Ricci. Con Julio Chávez, Soledad Villamil, Luis Machín y Enrique Liporace.

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