JOAN MANUEL SERRAT FUE DUEÑO Y SEÑOR DEL ESCENARIO ERIGIDO EN EL VELODROMO MUNICIPAL

Un catalán que apasiona a multitudes

Un esqueleto de caños tubulares para sostener escenario, equipos, músicos y cantante era el único rastro material que daba cuenta de la comunión de sentimientos que existe entre el cantautor catalán y el público, que desbordó el recinto deportivo. «Gracias por invitarnos a pasar y gracias por invertir esta noche de vuestras vidas junto a nosotros», manifestó Serrat al comenzar el recital. Con ello se metió a todos en el alma y en el bolsillo.

Ese imponente escenario con una estructura apropiada para un espectáculo masivo de rock no fue obstáculo para que el cantante hiciera un recital por momentos de corte intimista, transmitiendo sentimientos con honda naturalidad, hasta emocionar a todos. La calidez, la simpatía, son perfiles muy naturales de Serrat, que éste maneja con habilidad en cada tema que hace, algunos coreados por los presentes.

Pero Serrat necesita también de la palabra. Las circunstancias históricas y sociales de nuestro tiempo parecen exigírselo. La palabra que sugiere, que ironiza, que desentraña, que impulsa, salen de su boca con fluidez. Dirigiéndose directamente al público habla con la dimensión que tienen los poetas auténticos, como sus compatriotas Lorca, Machado o Hernández. Por momentos usa la fina prosa que hizo la fama de los escritores del llamado Siglo de Oro español, como lo fueron Azorín o Gabriel Miró. Esa es otra forma de comunicación que tiene con sus seguidores.

Las canciones

Presentó varios temas de su último CD, Versos en la boca. En cada uno de ellos volvemos a encontrar al Serrat sensible, prolijo, con un alto vuelo poético, cargado de ricas metáforas. Esto lo encontramos en las canciones «La bella y el metro», «Los recuerdos», «De cuando estuve loco».

Tampoco faltaron los temas que se hicieron famosos hace varias décadas. «Ponerle música a verso ajenos ha sido una constante en mi vida», confesó en un momento del recital y allí dejó caer sobre los asistentes «Defensa de la alegría» de Mario Benedetti y «Llantos y coplas para Don Diego» de Antonio Machado. Este sería el comienzo del intercalamiento de temas viejos y otros más recientes que ya han adquirido el título de clásicos.

Fueron dos horas y diez minutos de buen decir y cantar, en los que corrieron muchas veces el escalofrío y la emoción cuando de la garganta de Serrat salieron los versos cantados de «No hago otra cosa que pensar en ti, «Mediterráneo», «Penélope», «Fiesta», «Lucía», «Los fantasmas del Roxy», «Pueblo blanco»,»Hoy puede ser un gran día», que compiten con «Cantares», uno de los puntos más altos del recital, coreado por un público que estaba, a esa altura, eufórico. En muchos de esos temas existe una gran carga de nostalgia, porque Serrat es un nostálgico, un sentimiento que no es patrimonio exclusivo del tango y de los tangueros.

No faltó una hermosa canción en catalán sobre un bandolero del siglo XVIII: «Esos tipos al menos se tapaban la cara (para robar), tenían el decoro de hacerlo; los de ahora lo hacen en forma descubierta. Antes, los pueblos hasta les hacían canciones; ahora los insultan desde un graffiti en la pared», ironizó.

No hubo alusiones políticas. Si alguien las esperaba se quedó con las ganas, a esa altura parecía no valer la pena, en esa noche brillante, luminosa y estrellada que parecía haberse adherido a la fiesta.

Tampoco faltaron los toques de humor, en especial para presentar a sus músicos. Estuvieron los guiños picarescos a esa multitud de feligreses, y los gritos de muchas damas, jóvenes y también maduras, quienes le gritaron, en gran parte de la noche, ídolo, te amo, soy tuya, a un seductor que hace rato entró en la madurez.

Se hizo acompañar por una excelente banda musical, de cinco competentes músicos, que cuenta con la dirección y el piano de Ricardo Miralles, uno de los arregladores más prestigiosos del mundo, quien colaboró en las primeras grabaciones de Joan Manuel Serrat, desde el disco dedicado a Antonio Machado hasta «El sur también existe», y luego acompañó en varias oportunidades al cantante Alberto Cortez.

Un par de veces intentó irse, pero no le fue fácil. No pudieron sus impulsos ni se lo permitió la multitud de feligreses. Luego de varios bises, nadie estaba dispuesto a moverse y nuevamente aparecía Serrat, llamaba a los músicos y arrancaba con otra canción. Pero a esa altura los artistas estaban demasiado cansados: habían hecho un recital generoso en tiempo, cantidad y calidad; con más de cuarenta canciones, lo habían dejado todo arriba del escenario. Nadie podía sentirse defraudado. *

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